

No era un día cualquiera; era un Viernes Santo, a eso de la hora nona. Cipriano la esperaba con ansiedad, esa que surge de un momento a otro frente a la incertidumbre del ahora. Se habían conocido en el atrio de la iglesia de San Francisco un Domingo de Resurrección ya hacía algún tiempo. Él, viudo desde hacía años, esperaba que su vida renaciera aunque fuera en el ocaso de la misma. No quería estar solo; anhelaba sentir el calor de la compañía en las noches frías, allá en el cuarto de la pensión donde vivía, ubicada en lo alto de las faldas de nuestro cerro tutelar.
Ella, de cabello gris plata, altiva, de carácter fuerte y viuda también. Su vida había transcurrido en un pueblo cercano a la capital, en donde había sido sacristán. Por eso, solía venir a las actividades propias de la Semana Santa y no faltaba… nunca. Fue amor a primera vista. Ese domingo tomaron onces en la vieja cafetería, esa que está ubicada en la calle real; hablaron de sus recuerdos y de sus amores y se prometieron un nuevo encuentro: debía ser hoy. Sin embargo, ya cerraban la iglesia y ella aún no llegaba. La angustia se acrecentó mientras comenzaba a caer una pertinaz llovizna. María Luisa no llegó, la cita no se cumplió. Ella lo esperaría en la eternidad. Cipriano no aguantó el frío bogotano y, finalmente, se encontró con ella en el atrio celestial. Brilló para ellos la luz perpetua.





