

Nicasio no era un hombre común; estaba condenado a la grandeza y a la ruina. Criado en el seno de una familia numerosa en una ciudad intermedia, desarrolló desde muy chico una gran afición por la lectura. Sin saberlo, su maestro de historia universal en la escuela le había despertado una profunda veneración por la historia antigua. Era un hombre de contextura media y piel color bronce, la cual hacía resaltar el par de pepas verdes que llevaba por ojos que hacían juego con una bien cuidada cabellera larga; su estatura era envidiable y poseía una nariz protuberante que recordaba al viejo poema de Francisco de Quevedo: “Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa…”
Siempre enseñó en los mejores colegios de la capital, por lo que se convirtió en un afamado erudito. Era consultado habitualmente no solo por sus antiguos discípulos, sino incluso por los miembros de la academia de historia y alguno que otro investigador académico despistado. Sin embargo, fue tanto el conocimiento que almacenó, que este se convirtió en su refugio y, finalmente, en su perdición; con el paso del tiempo, perdió la cordura.
Recuerdo haberlo encontrado en una calle, deambulando y citando frases incoherentes, a pesar de haber sido el maestro admirado que marcó a generaciones. Ya entrado en años, cuando había perdido totalmente la razón, su figura lucía deteriorada, bastante maltrecha y ciertamente olvidada. Dicen los pocos que lo reconocieron que terminó sus días en el frío de una acera, esperando con delirio a Atenea. Sin embargo, la diosa nunca llegó; de haberlo hecho, la lucidez habría regresado a él con el último aliento.



