

Esta es la historia de dos niños del Malecón que cambiaron las travesuras de la infancia por el peso de la tradición, convirtiéndose en la banda sonora de una Habana que se resiste al olvido. Atrás quedaron los juegos de la infancia: la carretilla, el pañuelo, la suiza, el pon y el trompo. Mientras tanto, el viejo patio de la calle O’Reilly, El Floridita y La Bodeguita del Medio siguen viendo pasar el tiempo en La Habana Vieja. Ciertamente, la ciudad ya no es la misma después de cincuenta años; su cuerpo se nota avejentado, encallecido y curtido, transformando aquella silueta que Alejo Carpentier llamó “la ciudad de las columnas”. La piel expuesta de su arquitectura narra tanto la historia de épocas de un esplendor decadente como el relato mudo de sus habitantes. ¡Qué mezcla de esplendor y nostalgia! A pesar de los años, La Habana se mantiene de pie: admirable, firme y vigorosa, viendo surgir de sus entrañas a herederos altivos, morenos, cultos y alegres.
Entre esos herederos están Usnavy y Yaniel, quienes ya no son aquellos traviesos vejigos que corrían desaforadamente por el muro costero, jugando a la carretilla. Con el tiempo y mucho esmero, ambos se dedicaron a estudiar a grandes maestros de la música cubana como Beny Moré, Miguel Matamoros y Guillermo Portabales. Gracias a esta disciplina, se convirtieron en dos de los soneros más exquisitos de la zona, ideales para acompañar los románticos atardeceres habaneros. A lo largo del Malecón —conocido popularmente como “el sofá más largo del mundo”—, la dupla deleitaba con su arte a transeúntes y entusiastas turistas. En su dinámica musical, Usnavy asumió la primera voz y el guiado de la guitarra; Yaniel, por su parte, desarrolló una asombrosa capacidad para la improvisación, una destreza que pronto le ganó el cariñoso mote de “El Chispa del Choneo”.
Hoy, viejos y cansados de cantar por propinas fugaces, Usnavy y Yaniel contemplan el mismo mar de siempre. Usnavy acaricia su vieja guitarra, que ya tiene más remiendos que la propia Habana Vieja, mientras Yaniel, con la voz cascada, intenta improvisar un verso sobre el problema de la luz. Siguen siendo los reyes del son en “el sofá más largo del mundo”, aunque ahora compiten contra altavoces inalámbricos que reproducen reguetón a todo volumen; un tierno recordatorio de que el tiempo pasa, la música cambia y la nostalgia es lo único que el gobierno aún no les ha podido controlar.



