
El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) es una condición que puede llevar a una persona a experimentar pensamientos repetitivos e intrusivos y a sentir la necesidad de realizar determinados actos una y otra vez para aliviar la ansiedad que estos le producen. No basta con cerrar la puerta: hay que comprobarlo, volver a comprobarlo y, si es necesario, asegurarse de que ya se comprobó. No se trata simplemente de querer que todo esté en su sitio; es una lucha constante contra aquello que la mente no consigue dejar pasar.
Que me perdonen mis amigas y amigos psicólogos. No pretendo saber más que ellos ni mucho menos hacer un diagnóstico. Solo quiero darle un poco de contexto a este relato, que no es más que eso: un relato.
Porque esa era la cruda realidad de Ariel Leira, cuyo nombre y apellido ya permitían intuir parte de su drama. Seguramente su obsesión venía de familia. Tal vez su padre o su madre tuvieron que comprobar y corroborar una y otra vez el nombre con el que sería bautizado. (Léase al derecho y al revés, una y otra vez).
Ariel era oriundo de Holguín, la ciudad de los parques, una de las localidades más importantes del oriente cubano. Allí vivió durante su niñez y parte de su adolescencia. Uno de sus primeros episodios obsesivos ocurrió cuando subió a la Loma de la Cruz, sitio emblemático de la ciudad. Tuvo que comprobar cuatro veces —dos subiendo y dos bajando— que la escalera que conduce a la cima tenía exactamente 480 escalones.
Holguín tenía una intensa vida cultural y el béisbol ocupaba un lugar importante en la vida de sus habitantes. Ariel intentó hacer carrera en la novena local, pero, aunque tenía un brazo envidiable y lanzaba a 98 millas por hora, su obsesión terminó convirtiéndolo en una fábrica de errores. Siempre repetía la misma curva hacia adentro, ignorando las señales que le enviaba el catcher. Una y otra vez hacía el mismo lanzamiento. Los bateadores contrarios ya le habían tomado la medida y lo castigaban con jonrones… ¡y con las bases llenas!
Su familia emigró a La Habana con la esperanza de encontrar un futuro mejor. Pero las cosas en la ciudad de las columnas no resultaron como esperaban. La escasez de los productos más básicos, la falta de comodidades y las restricciones en los servicios fueron haciendo mella en la familia Leira.
A Mariucha la conoció gracias a su obsesión por el orden. Una tarde, al salir de una tienda, descubrió que una bicicleta estaba mal estacionada: la rueda delantera no guardaba la debida alineación con el borde del andén. No pudo seguir de largo. La acomodó, dio unos pasos para comprobar el resultado y volvió a corregirla. En esas estaba cuando apareció su dueña, una mulata de atractiva sonrisa y carácter alegre, que lo sorprendió en plena operación. Lejos de molestarse, Mariucha soltó una carcajada y le preguntó si también sabía enderezar los destinos. Ariel, que no era precisamente un hombre de respuestas rápidas, le explicó con absoluta seriedad que las cosas debían estar en su sitio. Ella encontró divertida aquella manía; él, fascinante aquella sonrisa. Comenzaron a verse, se enamoraron y, contra todo pronóstico, terminaron casándose. Lo que Mariucha no imaginaba era que aquella bicicleta perfectamente alineada sería apenas el primer objeto de una larga lista de desacuerdos.
Al principio, la relación transcurrió con normalidad, pero, con el tiempo, sus obsesiones y exigencias fueron deteriorándose hasta hacerla insostenible.
—¡Que la cama está mal tendida! ¡Que la colcha tiene cuatro arrugas! ¡Que los pantalones de color no pueden estar junto a los blancos! ¡Que todo el calzado debe estar perfectamente alineado! ¡Que la música no puede escucharse por encima del nivel cuatro! Finalmente, Mariucha, cansada de vivir bajo aquel permanente escrutinio, no pudo soportarlo más y lo abandonó.
Llegaron entonces tiempos aún más difíciles para Ariel. La soledad, la escasez y las penurias de cada día terminaron por poner su trastorno frente a situaciones que jamás habría imaginado.
Su rutina diaria comenzaba cuando los cortes de electricidad se adelantaban y no respetaban el horario anunciado. Se despertaba porque el ventilador había dejado de funcionar. Eran las cuatro de la mañana. Todavía estaba oscuro y eso le impedía cumplir algunos de sus rituales: cronometrar el tiempo de la cafetera y revisar que los interruptores hubieran quedado apagados, uno por uno, siguiendo siempre el mismo orden. Su estado de ánimo empezaba a alterarse.
Iba al baño y descubría que no había agua. En ese momento, su obsesión por la limpieza se disparaba. No soportaba comenzar el día sin lavarse las manos varias veces. Pero ¿cómo hacerlo si no había agua y el jabón se había terminado?
Antes de salir, revisaba el poco dinero que debía llevar. Lo contaba una y otra vez para asegurarse de que no le faltara ni un billete. Luego se dirigía a la bodega para reclamar su cuota diaria de alimentos. Al llegar, encontraba una fila interminable. Empujón va, estrujón viene. Su necesidad de guardar distancia y evitar cualquier contacto físico con los demás lo desesperaba.
Cuando finalmente llegaba su turno, el bodeguero, cansado y sudoroso, le revisaba la libreta de abastecimiento con las manos sucias y le entregaba un kilo de arroz.
«¡Nooo! ¡Esa bolsa debe estar infectada y contaminada!», pensaba Ariel.
Lo peor era que, al llegar a casa, seguiría sin tener agua para lavarse las manos.
Era mediodía. Emprendía el regreso, molesto y agotado. Tomaba una guagua, pero, después de unas pocas cuadras, el vehículo ya iba demasiado lleno. La ansiedad ante los tumultos, las apreturas y el obligado contacto con desconocidos volvía a apoderarse de él. No lo soportaba. Se bajaba y decidía caminar hasta su casa bajo el sol inclemente, contando los pasos de cuatro en cuatro y evitando pisar las líneas de la acera. Era su manera de intentar recuperar algo de tranquilidad.
La tarde comenzaba a caer. Al llegar a casa recordaba que tampoco había electricidad y que el refrigerador llevaba horas sin funcionar. El calor era sofocante. Inspeccionaba obsesivamente los ingredientes de la cena. Su TOC le hacía pensar que la carne se había descompuesto por falta de refrigeración y que comerla podría enfermarlo.
Con el orden físico de su mundo hecho trizas, sin agua para lavarse y sin poder confiar siquiera en lo que iba a comer, Ariel terminaba la jornada sentado en el portal, a la luz de una vela.
Al día siguiente decidió salir a caminar. Necesitaba tomar aire y alejarse por un rato de aquella casa donde nada funcionaba como debía. Caminó sin rumbo fijo hasta llegar al Malecón. Se sentó frente al mar y contempló durante un buen rato el movimiento de las olas. Incluso se preguntó cada cuánto tiempo llegaban a la orilla y volvían a retirarse. Allí, al menos, no había interruptores que revisar, objetos que ordenar, cuentas que repetir ni superficies que desinfectar. El horizonte parecía inmenso y, por unos instantes, su mundo dejó de estar fuera de control. Quizá había encontrado algo de tranquilidad. Quizá, por fin, había logrado cumplir uno de sus propósitos. Y mientras miraba el mar, pensó:
«Ya me queda una cosa menos que hacer en la vida».
Autor: Koco Lievano



