
Solía acostarse con la esperanza, el deseo y la ilusión. Ellos eran sus tres compañeros de viaje cuando la noche iniciaba su largo recorrido. Flor Alba siempre fue una niña soñadora. Soñaba incluso durante el día. Soñaba con un mejor futuro, con un destino más justo. A veces se quedaba mirando a lo lejos, con la mirada dulce e inocente de una pequeña que, sin darse cuenta, se perdía en sus propias fantasías.
Soñaba en medio de la incertidumbre que la rodeaba. Soñaba mientras jugaba en las precarias condiciones en que vivía y con los pocos elementos que tenía a su alcance, imaginaba y construía majestuosos palacios. Su inocencia le permitía creer en un país más equitativo, en una sociedad donde todos tuvieran las mismas oportunidades y donde ella, algún día, llegaría a ser una gran líder.
La realidad era otra. Vivía en un barrio marginal de la ciudad. Había llegado con sus padres, huyendo de una violencia que no les pertenecía, de un desarraigo obligado y forzado. Llegaron con unos pocos trastos y algunos ahorros que su padre había escondido sigilosamente en el fondo de su morral de viaje.
Corrían los últimos años de la década de los setenta. En los sectores periféricos de la ciudad, algunos terreros, urbanizadores piratas en complicidad con políticos de turno, hacían negocio con la necesidad de vivienda de las familias recién llegadas. Seducidos por falsas promesas y esperanzados en conseguir un pedazo de tierra donde levantar un techo, muchos compraban lotes en las laderas de los Altos de Cazucá. Les ofrecían terrenos con servicios e infraestructura que nunca llegaban. La ilusión de tener una vivienda propia terminaba convertida en una lucha diaria por conseguir agua, electricidad, transporte y unas condiciones mínimas para vivir. Y, cuando llegaban las elecciones, aquellas familias volvían a encontrarse con quienes les habían vendido sus promesas. El voto, muchas veces, terminaba siendo el precio de aquella ilusión.
Pero ella seguía soñando. Soñaba con tener hijos, con luchar por lo justo, con ser feliz. La esperanza, el deseo y la ilusión continuaban alimentando sus sueños. En ellos encontraba una realidad distinta: veía cumplidos sus anhelos y se aferraba a la posibilidad de alcanzar un futuro más digno.
Pasaron los años. Flor Alba llegó a los treinta y seguía siendo la misma soñadora de siempre. La diferencia era que ahora sus sueños tenían los pies puestos sobre la tierra. Hablaba de ellos a toda hora: en las reuniones del barrio, en las conversaciones con sus vecinos, mientras caminaba por las calles polvorientas o mientras compartía un café con alguna de sus vecinas. Al principio, la gente la escuchaba con cierta incredulidad. Algunos sonreían, otros movían la cabeza y no faltaban quienes la consideraban una ingenua. «Ahí viene la soñadora de Cazucá», decían cuando la veían llegar. Ella no se molestaba. Tampoco se detenía a explicar demasiado. Seguía hablando de sus proyectos, de las necesidades del barrio y de las cosas que podían cambiar si todos se lo proponían.
Poco a poco, sin buscarlo y casi sin darse cuenta, comenzó a convertirse en una líder natural. Los vecinos empezaron a consultarla, a acompañarla y a participar en sus iniciativas. Lo que antes parecían fantasías comenzó a tomar forma: una gestión aquí, una reunión allá, una pequeña conquista que abría la puerta a otra mayor.
Seguía soñando despierta, pero ya no imaginaba palacios imposibles. Soñaba con una escuela para los niños, con calles dignas, con agua en las casas y oportunidades para quienes habían llegado al barrio cargando apenas sus pertenencias y sus esperanzas.
Había aprendido que soñar no era vivir de ilusiones, sino encontrar la manera de convertirlas en realidad. Y, por supuesto, sus tres compañeros seguían a su lado. La Esperanza le señalaba el camino, el Deseo le daba razones para continuar y la Ilusión se encargaba de recordarle que todavía quedaba mucho por hacer.
Flor Alba llegó a la política sin renunciar a sus sueños ni a sus inseparables compañeros. Algunos todavía la llamaban «la soñadora de Cazucá». Ella sonreía. Había aprendido que en política abundaban los soñadores, aunque no todos soñaban con cambiar el país; algunos, más prácticos, soñaban con quedarse con él.
Nunca consiguió que todos sus sueños se hicieran realidad, pero tampoco permitió que la realidad se los arrebatara. Siguió soñando con los pies en la tierra y la mirada puesta en el horizonte. Decía que todavía quedaba mucho por hacer y que los sueños, cuando se comparten, dejan de ser fantasías para convertirse en proyectos.
Y así siguió, acompañada por la esperanza, el deseo y la ilusión. Ella sabía que la vida podía ser muy dura, que la realidad a veces se empeñaba en desmentirla y que hasta los sueños podrían salir lastimados. Pero también sabía algo que muchos habían olvidado: hay quienes pasan la vida esperando que los sueños se hagan realidad, y hay quienes se levantan cada mañana para hacerlos posibles.
Autor: Koco Liévano



