…quiso curar la tristeza
Luis Alberto se dedicó desde muy joven a tratar de comprender a los demás. Era un amigo fiel, de esos que siempre están presentes en los buenos y en los malos momentos; un tipo servicial, siempre dispuesto a tenderle la mano a quien lo necesitara.
En su consultorio de psicología, intentaba entender la naturaleza humana. Solía llegar hasta el fondo de los problemas de sus pacientes, involucrándose profundamente en sus historias y buscando comprender aquello que muchas veces ni ellos mismos lograban explicar. Por allí pasaron personas de toda clase, desde las más sencillas hasta personajes importantes. Todos acudían a él en busca de orientación y esperaban encontrar una solución a sus problemas.
Así transcurrió gran parte de su vida: siempre receptivo, dispuesto a escuchar y capaz de comprender el dolor ajeno. Fueron muchos los corazones destrozados que ayudó a recomponer, las personalidades agobiadas a las que brindó alivio y las mentes incomprendidas que encontraron en él un poco de paz.
Un día, mientras recorría las calles de la ciudad, Luis Alberto encontró a uno de esos payasos que anunciaban los corrientazos en los restaurantes populares. Estaba sentado en un andén, con la mirada perdida y una tristeza que ni el maquillaje podía disimular.
Consejero por vocación y buena persona por naturaleza, decidió atenderlo allí mismo, en plena calle. Después de escucharlo e intentar levantarle el ánimo sin mucho éxito, recordó una poción que había traído del Tíbet y que, según aseguraba, contenía la clave de la felicidad. Ya la había probado antes y, hasta entonces, los resultados habían sido excelentes. Convencido de que esta vez tampoco fallaría, le dio al payaso unas gotas del misterioso preparado. El efecto fue inmediato: comenzó a reír a carcajadas, cada vez con más fuerza, hasta que cayó al suelo.
Murió de alegría: su corazón era demasiado pequeño para albergar tanta felicidad y no resistió.
…quiso asegurar la suerte
Luis Alberto fue siempre un hombre organizado y metódico en el manejo del dinero. Desde el colegio ahorraba el dinero de sus mesadas y, poco a poco, aprendió a invertirlo. Nunca representó una carga económica para sus padres; estudió Finanzas y Economía en una buena universidad, carrera que logró costear con sus propios recursos.
Gracias a sus habilidades financieras y a su disciplina, escaló rápidamente posiciones en el mundo financiero hasta ocupar importantes cargos directivos. Sin embargo, su interés no se limitaba a las cifras ni a los resultados de los balances. Quería contribuir a que las personas tuvieran una mejor calidad de vida.
Por eso se interesaba en apoyar a las familias que daban sus primeros pasos en el mundo financiero. Aprobaba solicitudes de crédito confiando en la honestidad y la responsabilidad de quienes las presentaban, casi siempre parejas jóvenes que comenzaban a construir una familia y necesitaban un impulso para hacer realidad sus sueños.
Convencido que el dinero bien administrado podía resolver casi cualquier problema, Luis Alberto decidió ayudar a un hombre que le propuso un negocio insólito: vender seguros contra la mala suerte. El proyecto lo sedujo. Al fin y al cabo, si las personas aseguraban sus casas, sus automóviles y sus vidas, ¿por qué no asegurar también su fortuna contra los caprichos del destino?
El negocio fue un éxito hasta que una racha de desgracias afectó simultáneamente a cientos de asegurados. Luis Alberto descubrió demasiado tarde que había diseñado un sistema impecable para un riesgo imposible de calcular. Las reclamaciones se multiplicaron, las reservas se agotaron y su fortuna se esfumó. La mala suerte, que había sido su mejor negocio, terminó por llevarlo a la ruina.
…epílogo
Las desgracias de ambos cambiaron sus vidas. Sin consultorio, sin oficina y sin saber muy bien qué hacer con lo que les quedaba, terminaron convertidos en andariegos. Recorrían las calles observando a la gente. El psicólogo seguía preguntándose qué palabras habrían podido aliviar tantas tristezas. El economista, qué cifras habrían permitido evitar tantas desgracias. Aún creían que, de alguna manera, podían ser útiles. Pero la ciudad seguía de largo, ocupada en sus propios problemas.
Con el tiempo, los dos Luis Alberto acabaron compartiendo el mismo destino. Una mañana cualquiera, frente a un banco, quedaron sentados junto a sus escasas pertenencias, sin dinero, sin respuestas y sin nadie que preguntara por ellos. A su lado, una carretilla parecía esperar su carga. Después de dedicar la vida a buscar soluciones para los demás, habían terminado convertidos en dos problemas que nadie quería resolver.
Autor: Koco Liévano




