
Dicen que la prudencia es el puente entre la razón y la acción, ese punto de equilibrio que nos permite pensar antes de actuar y no dejarnos llevar por los impulsos. Prudencio Perdomo parecía haber nacido con esa virtud incorporada. Vivió siempre en La Salina, Casanare, el pueblo que lo vio nacer, donde poco más de mil habitantes bastaban para que nadie fuera del todo desconocido y ningún secreto tuviera garantizada una larga vida.
Prudencio era un hombre mesurado, de pocas precipitaciones y muchas reflexiones. Antes de hablar de alguien, procuraba averiguar si lo que había escuchado era cierto y si, después de comprobarlo, no encontraba nada bueno ni útil que decir, prefería guardar silencio. En un pueblo donde el voz a voz era casi una institución. Aquella costumbre lo convirtió en un hombre confiable. No faltaba quien acudiera a él para contarle sus penas, pedirle consejo o confiarle algún secreto. Prudencio escuchaba, asentía y guardaba la información bajo siete llaves. Jamás traicionó una confidencia. En La Salina, donde la discreción no siempre abundaba, aquello era casi un milagro.
Tampoco perdía los estribos con facilidad. Cuando, al calor de unas cervezas, los ánimos comenzaban a calentarse y una conversación amenazaba con terminar a gritos, respiraba hondo, contaba hasta tres y respondía con firmeza, pero sin agresividad.Mientras otros golpeaban la mesa para imponer sus argumentos, Prudencio parecía convencido de que la razón no necesitaba levantar la voz. Y si la discusión se salía de cauce, simplemente se retiraba. No tenía ninguna intención de ganar una pelea que podría evitar.
Prudencio Perdomo era un buen hombre: empático, prudente y considerado. De esos que hacen falta en cualquier pueblo.
Pero hasta el hombre más prudente puede perder el juicio. A Prudencio le ocurrió cuando conoció a Fortunata, una mujer de sonrisa fácil y mirada capaz de desarmar cualquier argumento. Al principio fueron saludos, luego conversaciones y, finalmente, unas coincidencias que él provocaba con calculada frecuencia. Pronto comenzó a gastar en flores, chocolates y perfumes. El mismo hombre que examinaba tres veces una factura antes de pagarla empezó a comprar regalos sin preguntar el precio.
Sus amigos intentaron hacerlo entrar en razón. Él, que siempre escuchaba antes de opinar, ahora interrumpía, discutía y se molestaba con quien osara cuestionar su romance. Había perdido el tacto, el juicio y, poco a poco, hasta el sentido del ridículo.
—El amor no espera —repetía, como si acabara de descubrir una verdad universal.
Un día, Fortunata le comentó que necesitaba llevar un cilindro de gas hasta una finca cercana. Prudencio, siempre dispuesto a complacerla, se ofreció a transportarlo en su moto y llevarla como acompañante. Nunca había cargado semejante peso en dos ruedas, pero ella le sonrió y, como ya venía siendo costumbre, la prudencia salió por la ventana antes de que él encendiera el motor.
Cuando los vecinos lo vieron partir, intentaron advertirle del peligro. Él apenas levantó una mano y respondió:
—Tranquilos. Yo sé lo que hago.
Y aceleró.
En una curva del camino, un gato negro se atravesó de repente. Prudencio frenó bruscamente, perdió el control de la moto y, en cuestión de segundos, la máquina estalló. Prudencio y Fortunata volaron por los aires, abrazados, como una jugada del destino para que ni la muerte pudiera separarlos. El cilindro, por su parte, cumplió su último servicio con una eficacia devastadora. El gato desapareció entre los matorrales, sin conceder declaraciones.
Cuando en La Salina lamentaron la muerte de Prudencio, todos coincidieron en que se había ido el hombre más prudente del pueblo. Tantos años de sensatez, cuentas bien hechas y decisiones meditadas habían terminado de la manera más inesperada.
—¡Quién lo creyera! —comentó un paisano—. Toda una vida cuidándose de los peligros para terminar muriéndose por amor.
—Por amor, no —replicó otro—. Por no calcular y saber frenar a tiempo.
Así terminó Prudencio Perdomo, el hombre que siempre pensó tres veces antes de actuar y que, el día que se enamoró, no pensó en nada.
Autor: Koco Lievano



