
En 1998, Nairú y su familia tuvieron que abandonar La Chorrera, en las riberas del río Igara-Paraná, en la Amazonía colombiana, huyendo del conflicto armado. Dejaron atrás su casa, sus cultivos y la tierra donde sus mayores habían sembrado la memoria de su pueblo. Lo acompañaron su mujer, sus cuatro hijos y otras cinco familias huitoto, todas con la misma incertidumbre: encontrar un lugar donde vivir sin miedo.
Después de un largo recorrido a pie y en chalupa, llegaron a Puerto López, Meta. Se instalaron en unos terrenos baldíos y solicitaron ayuda al Gobierno, pero nunca recibieron respuesta. Nairú buscó otras puertas hasta conseguir que una ONG internacional escuchara su situación. Con argumentos claros y una dignidad que no necesitaba levantar la voz, expuso las necesidades de su comunidad. La organización les brindó apoyo económico para adquirir los terrenos que ocupaban. No recuperaron la tierra de sus antepasados, pero encontraron un lugar donde echar nuevas raíces.
Construyeron una gran maloca, refugio y centro de la vida comunitaria, donde se reunieron cerca de treinta integrantes del pueblo huitoto. Allí compartían los alimentos, cultivaban sus tradiciones y transmitían a los niños las historias de sus mayores. Nairú pronto se convirtió en un líder respetado. Su capacidad para escuchar y orientar a las familias le ganó la confianza de todos. Con el tiempo fue reconocido como mamo, guía espiritual encargado de preservar el equilibrio de la comunidad y mantener vivas las enseñanzas ancestrales.
La agricultura les permitió recuperar cierta estabilidad, pero también necesitaban cultivar la memoria. El llamado del maguaré, tambor ritual, convocaba a las familias a reunirse en la maloca, compartir la palabra y participar en danzas como la de la Gran Serpiente, que representa el río Amazonas. Antes de algunos encuentros, Nairú participaba en el ritual del mambe, preparado con hojas de coca, que acompañaba la reflexión y la palabra. Aunque era más joven que otros mamos, asumía su responsabilidad con rigor y se aferraba a las enseñanzas de los mayores. Sin embargo, algo comenzó a cambiar.
De vez en cuando viajaba a la ciudad para comprar herramientas, medicamentos y otros productos que la comunidad no podía obtener de sus cultivos. Allí conoció otras formas de pensar y de vivir. Al principio las escuchó con curiosidad; después empezó a incorporar algunas costumbres y a cuestionar las de su propio pueblo.
El hombre paciente que antes escuchaba hasta el final comenzó a interrumpir a quienes buscaban su consejo. Se volvió irritable e impositivo, menos dispuesto a aceptar opiniones distintas. La comunidad lo notó, pero nadie se atrevió a preguntarle qué le ocurría. Él tampoco encontraba cómo explicarlo.
En realidad, Nairú comenzaba a confundir el conocimiento de otra cultura con la superioridad de la misma. Los prejuicios ajenos se le fueron metiendo en el pensamiento hasta convertirlos en dudas propias. Aquello que siempre había defendido empezó a parecerle insuficiente. ¿Cómo orientar a su pueblo si él mismo ya no sabía qué debía conservar y qué debía cambiar?
El mamo tenía miedo. No de los espíritus ni de los antiguos relatos, sino de haberse extraviado sin abandonar el lugar. Había perdido su tierra por la violencia y ahora corría el riesgo de perder también el vínculo con aquello que lo definía.
Una tarde, mientras permanecía sentado frente a la maloca, un niño de la comunidad se acercó y le preguntó:
—Mamo, ¿por qué los hombres blancos dicen que nuestra manera de vivir es atrasada?
Nairú abrió la boca, pero no encontró las palabras. Buscó en su memoria las enseñanzas de los ancianos, las historias de sus antepasados, las respuestas que tantas veces había dado a otros. Por primera vez, no supo qué responder.
El niño esperó unos segundos y se marchó a jugar.
Nairú lo miró alejarse. Tal vez todavía estaba a tiempo de regresar. No a La Chorrera, que quedaba demasiado lejos, sino a ese lugar más difícil de encontrar donde uno sabe quién es.
*Basado en hechos reales.
Autor: Koco Liévano



