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De celebrar en el bar a esperar por el VAR

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Manolo Zota

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Manologos

El primer Mundial que recuerdo de verdad es el del 78. Y no voy a entrar en la irracional discusión de si en esa época era mejor el fútbol, lo único que sí sé es que el fútbol se vivía distinto. Más bruto, más ingenuo, más desordenado, más humano. Uno veía los partidos sin aplicaciones, sin alertas, sin estadísticas en tiempo real y sin un ejército de opinadores profesionales explicándole a uno lo que acababa de ver como si el televidente fuera un becario del balón. Antes el Mundial era más simple.

Uno iba al bar, se sentaba con otros veinte cavernícolas futboleros, pedía algo de tomar y se entregaba al partido con una fe ciega que hoy sería considerada irresponsabilidad emocional. Había grito, abrazo, insulto, humo, cerveza tibia, mesa pegajosa y una convicción absoluta de que el árbitro era un bandido o un héroe, según la jugada.

Se gritaba gol sin permiso. Ese detalle, que parece pequeño, en realidad cambia todo. Antes uno celebraba en el acto. El fútbol era reflejo. El gol entraba y el cuerpo reaccionaba antes que la razón. Uno saltaba, abrazaba desconocidos, derramaba media cerveza, daba gracias al cielo de felicidad y, solo después, si acaso, se preguntaba si el defensa estaba adelantado, si hubo falta o si el juez de línea tenía algo en contra del progreso humano. Hoy no. Hoy el gol ya no siempre es gol. Hoy el gol es una solicitud en trámite.

Pasamos de celebrar en el bar a esperar a que el VAR convalide. Y en ese trayecto se nos fue una parte del alma futbolera. Porque sí, el VAR podrá ser justo, podrá corregir errores, podrá dormir tranquilo sabiendo que una uña adelantada no alteró el curso de la historia. Todo eso está muy bien. Lo que pasa es que también convirtió al fútbol en algo un poco menos salvaje y bastante más notariado. Antes el error era tragedia, discusión de esquina y trauma generacional. Hoy es revisión en curso, líneas de colores, pausa incómoda y un señor en cabina diciéndole a otro señor que revise si la vida merece seguir como venía.

No digo que antes todo fuera mejor. Tampoco me voy a poner con el discurso geriátrico de que el pasado olía a gloria y ahora todo es decadencia. No. Antes también había arbitrajes espantosos, canchas miserables, patadas criminales y técnicos que parecían haber armado el once con la asesoría del técnico del equipo contrario. Pero el fútbol tenía algo más lírico. Menos quirúrgico. Menos corregido.

Antes el partido se parecía un poco a un bolero: tenía pausa, intuición, improvisación, error y cierta belleza en el desorden. Ahora se parece más a una hoja de Excel con botines. Hoy todo se mide. Todo se analiza. Todo se traduce en mapas de calor, recuperaciones altas, posesión útil, expectativa de gol, bloque medio, presión tras pérdida y otras expresiones que hacen sentir al hincha como si estuviera viendo un partido narrado por un economista. Ya no basta con decir “ese equipo juega bien”. Ahora toca explicar por qué, con gráficos, algoritmos y una tablet en la mano.

El fútbol se volvió más matemático, más estratégico, más corregido. Más perfecto, si se quiere. Y sin embargo, por momentos también se volvió menos poético. Antes uno no sabía exactamente por qué un equipo ilusionaba. Solo lo sentía. Hoy le explican el modelo. Le explican el patrón. Le explican el sistema. Y al final igual pierden por un rebote imbécil en el minuto 95.

Eso, gracias a Dios, no ha cambiado.

Porque por más tecnología, por más análisis, por más laboratorio táctico, el fútbol sigue teniendo el mal gusto de dejarse arruinar por una tontería. Un resbalón, una mala salida, un rebote absurdo, un defensa que despeja como si estuviera castigando a la pelota por algo personal. Ahí es donde uno recuerda que este deporte, por mucho que quieran volverlo ciencia exacta, sigue dependiendo de humanos. Y los humanos, afortunadamente, siguen siendo una especie muy poco confiable.

También cambió el jugador. O por lo menos cambió el decorado. Antes uno veía futbolistas. Hoy a veces ve marcas personales con contrato deportivo. Ya no solo juegan: comunican, publican, se posicionan, facturan, opinan, hacen contenido y seguramente salen del vestuario pensando en el ángulo de la historia de Instagram. No los culpo. El mundo es otro. Pero uno viene de una época en la que el crack tenía algo de leyenda. De distancia. De misterio. Hoy el crack sube fotos desayunando avena con mensaje motivacional. La épica también perdió privacidad.

Y sin embargo, pese a todo, el Mundial sigue teniendo algo que ninguna tecnología ha podido arruinar por completo. Sigue partiendo el tiempo. Sigue convirtiendo un partido entre países lejanos en un asunto de trascendencia nacional. Sigue logrando que un adulto funcional suspenda responsabilidades para ver a once tipos correr detrás de una pelota y sufrir como si en ello se estuviera definiendo el sentido mismo de la existencia.

Eso no lo cambió ni el VAR ni la táctica moderna ni el capitalismo deportivo. Sigue intacta la superstición. Sigue intacto el grito. Sigue intacta la falsa promesa de que “este si lo ganamos”. Sigue integra la costumbre de opinar con una autoridad completamente injustificada.

Tal vez por eso el Mundial pega distinto cuando uno ya ha visto varios. Porque no solo recuerda goles: recuerda la vida que tenía cuando los gritó. Recuerda la casa, el ruido, la gente, el televisor, la cerveza, la fe intacta y hasta la inocencia de creer que uno entendía algo. Decir que mi primer Mundial fue el del 78 es otra manera de admitir que llevo media vida viendo cómo el fútbol se vuelve más sofisticado mientras el hincha sigue siendo el mismo animal emocional de siempre.

Así que sí, el fútbol de antes era más lírico y el de ahora más matemático. Antes se celebraba en el bar. Ahora se espera al VAR con una dignidad cada vez más difícil de sostener. Antes el gol explotaba. Ahora primero se congela. Antes había más desorden. Ahora hay más precisión. No sé cuál era mejor. Pero sí sé cuál se sentía más libre.

 

Y quizás por eso seguimos viendo el Mundial con la misma devoción de siempre: porque debajo de toda la tecnología, de todas las líneas, de todos los cálculos, de toda la estrategia y de todos los discursos de alta competencia, el fútbol sigue guardando esa vieja capacidad de volvernos irracionales, infantiles, exagerados y maravillosamente poco serios. Y Eso sí no hay var que lo cam

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