Generic selectors
Coincidencias exactas únicamente
Buscar un título
Buscar contenido
Post Type Selectors

Atardescentes

Calvo o gordo, pero calvo y gordo jamás

Picture of Manolo Zota

Manolo Zota

FECHA:

CATEGORÍA:

Manologos

Hubo una época en la que tener 50 años era prácticamente un anuncio de retiro espiritual. A esa edad los papás de uno ya caminaban como si llevaran décadas negociando con la gravedad, usaban pantaloneta a cuadros sin ironía, se sentaban a ver noticias como si estuvieran vigilando el fin del mundo y tenían una relación bastante seria con la palabra “reumatismo”. Los 50 de antes eran otra cosa.Eran de ancianato. De señor con llavero grande, barriga respetable, camisa metida por dentro y una renuncia bastante madura a cualquier aspiración de frescura.

Hoy no. Hoy la gente cumple 50 y lo primero que hace es abrir Instagram para confirmar que todavía puede usar tenis blancos, camiseta negra, gafas oscuras y una sonrisa de “a mí todavía me da la noche”. Ya nadie quiere envejecer; ahora todos quieren administrar el deterioro con estrategia.

Y ahí empieza la comedia. Porque llegar a cierta edad activa una serie de mecanismos de defensa que no están en los libros de medicina, pero deberían. Uno ve venir los años como quien ve venir una demanda: con nervios, negación y consultas urgentes.

Entonces arrancan las medidas. El que se está quedando calvo se rapa completo y dice que fue por decisión estética. Mentira. Pero una mentira digna. El que se está engordando descubre de repente el ayuno intermitente, el pan de masa madre y una devoción conmovedora por la chía. El que no puede con ninguna de las dos cosas adopta la filosofía más honesta que ha producido la madurez masculina: calvo o gordo, pero calvo y gordo jamás.

Esa frase resume mejor que cualquier tratado el espíritu de supervivencia después de los 50. Porque uno ya entiende que no se puede ganar en todos los frentes. La juventud se fue. El metabolismo traicionó. El pelo empezó a retirarse sin carta de renuncia. La espalda opina. La rodilla comenta. La digestión toma decisiones unilaterales. Entonces toca escoger batallas.

Hay hombres que se entregan al gimnasio con una intensidad tardía que conmueve. A los 52 descubren músculos que no habían saludado desde 1994 y de pronto andan tomándose fotos con camiseta ajustada, mirando al horizonte como si fueran embajadores del colágeno. Uno los ve y entiende que no están entrenando el cuerpo. Están peleando una guerra emocional contra una foto del papá a la misma edad.

Porque ahí está el verdadero trauma: nuestros padres a los 50 parecían nuestros abuelos. Nosotros a los 50 todavía creemos que somos “jóvenes adultos” con una inflamación moderada y un excelente criterio musical.

Y no es del todo mentira. Los 50 de ahora no son los de antes. Hoy se vive más, se cuida más la imagen, se habla de bienestar, de ejercicio, de terapia, de alimentación, de propósito. Antes a los 50 uno ya era oficialmente una autoridad del hogar y un candidato natural a dormir televisión. Hoy a los 50 todavía hay gente pensando en enamorarse, emprender, viajar, reinventarse o abrir TikTok, que ya es una mezcla entre valentía y desesperación.

Pero tampoco exageremos. Una cosa es que los 50 de hoy sean distintos y otra muy distinta fingir que el tiempo no pasó. Porque ahí es donde la dignidad empieza a sufrir. Una cosa es cuidarse. Otra es entrar en una cruzada desesperada por parecer alguien que ya no se es. Y eso se nota. Se nota en el tinte de la barba. En la camisa demasiado apretada. En el jean que está haciendo un trabajo humanitario. En la gorra usada no por estilo sino por pánico. En la actitud sospechosamente juvenil de quien ya debería saber que ciertas palabras no se dicen y ciertos bailes no se intentan sin supervisión médica.

El problema no está en querer verse bien, está en querer engañar a todo el mundo. Empezando por uno mismo. Porque verse bien a los 50 está perfecto. Verse digno, mejor todavía. Verse cuidado, saludable, vivo, interesante, incluso sexy, maravilloso. El problema empieza cuando uno ya no se está arreglando para sentirse bien, sino para que el espejo firme una declaración falsa.

Y el espejo, hay que decirlo, puede ser cruel pero rara vez miente. Por eso me da risa esa mezcla de narcisismo y pánico con la que muchos enfrentamos esta etapa. Nos hacemos tratamientos, nos metemos al gym, nos compramos cremas con nombres científicos, dejamos el azúcar tres días, caminamos más, nos tomamos vitaminas que prometen energía, pelo, memoria, deseo y hasta algo de fe. Todo eso para llegar a una conclusión bastante sencilla: sí, uno puede mejorar bastante… pero el cuerpo ya no firma cheques en blanco.

Y sin embargo, hay algo bonito en todo esto. Que a diferencia de nuestros padres, nosotros no nos resignamos tan rápido. Nos da por cuidarnos. Nos da por vernos mejor. Nos da por seguir sintiendo que la vida no se cerró a los 50, sino que apenas cambió de idioma. Ya no se trata de verse joven. Se trata de verse bien en la edad que toca, con la menor cantidad posible de autoengaño y la mayor cantidad posible de amor propio. Claro que el amor propio a veces también se pasa de entusiasmo y termina comprando camisetas slim fit en una talla emocional. Pero esa ya es otra conversación.

Lo cierto es que envejecer hoy ya no significa volverse invisible, ni declararse vencido, ni aceptar que lo único que queda es hablar de EPS, de triglicéridos y del precio de la papaya. No. Hoy uno puede tener 50, 55 o más y seguir sintiéndose activo, atractivo, curioso, presente. Solo que con un criterio nuevo: ya no se trata de parecer un muchacho. Se trata de no parecer una mentira.

Y ahí sí, perdón por la brutalidad, pero hay que escoger con sabiduría. Porque uno puede aceptar la calvicie con carácter. Puede pelearle a la barriga con disciplina. Puede tener canas con dignidad. Puede entrenar, comer mejor, dormir más, vestirse mejor y caminar con más actitud.

Lo que no debería hacer es declararle una guerra perdida a la realidad. Por eso, al final, la filosofía más honesta del hombre maduro no está en negar la edad, sino en negociar con ella. Con estilo, si se puede. Con humor, que ayuda bastante.

Y con una regla básica que debería enseñarse en los colegios: calvo o gordo, pero calvo y gordo jamás.

[the_ad_group id="1966"]

NUNCA TE PIERDAS UN NÚMERO

Atardescentes Premium

Pronto tendrás la posibilidad de suscribirte a contenido Premium

MENÚ

Noticias

TV

Podcast

Nuestro Equipo

Contacto

CATEGORÍAS

Actualidad

Tecnología

Economía

Cultura

Buen Vivir

Deportes

ENLACES RÁPIDOS

Registro

Ingresar

Recuperar Contraseña

Mi Cuenta

Términos y Condiciones

Política de Privacidad

Descubre el pulso del mundo con Atardescentes, tu destino principal para la cobertura de noticias de última hora. Profundiza en una amplia gama de temas, que van desde acontecimientos locales hasta asuntos globales, política, tecnología, entretenimiento y más. En Atardescentes, ofrecemos artículos de noticias fiables, completos y perspicaces que te empoderan para mantenerte informado y comprometido con los problemas que dan forma a nuestro mundo.

Experimenta una perspectiva fresca sobre las noticias de última hora, análisis que invitan a la reflexión y reportajes en profundidad, todo curado con un compromiso con la precisión y la relevancia. Navega por el cambiante panorama de las noticias sin esfuerzo con Atardescentes, tu fuente de confianza para obtener información oportuna y significativa. Únete a nosotros en un viaje de descubrimiento mientras te traemos las noticias que más importan, ofreciendo una experiencia de lectura dinámica y enriquecedora.

                                                                                                                                                                   DERECHOS RESERVADOS © ATARDESCENTES