La eliminación de Colombia del Mundial no siempre duele igual, pero siempre encuentra la manera de caerle a uno donde es. No importa la generación. No importa el técnico. No importa si el equipo venía jugando bonito, feo, regular, heroico o sospechosamente bien. Tampoco importa si uno juró no ilusionarse tanto esta vez. Colombia siempre encuentra una forma elegante, artesanal y profundamente criolla de recordarle al hincha que la esperanza, aquí, nunca viene con garantía.
Porque una cosa es perder. Y otra muy distinta es quedar eliminado siendo Colombia. Eso ya tiene una estética propia. Nosotros no quedamos por fuera como los países serios. No. Nosotros salimos con épica, con teoría, con “si ese balón entra”, “con era gol de Yepes o de Davinson”, “si no nos anulan eso”, “si hubiéramos hecho los cambios antes”.La eliminación colombiana nunca es un resultado: es un relato.Y qué relato.
Porque en Colombia el fútbol no se pierde en la cancha. Se pierde también en la sobremesa, en el grupo de WhatsApp, en el análisis de esquina, en el “yo lo dije”, en el “ese técnico se demoró”, en el “nos faltó jerarquía”, en el “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, frase que ya debería estar bordada en el escudo nacional.
Lo curioso es que el hincha colombiano ya tiene entrenamiento emocional de sobra para esto. Aquí uno se ilusiona sabiendo perfectamente que lo pueden dejar botado en cualquier momento. Somos una potencia en fe irresponsable. Nos basta una buena victoria, una rueda de prensa decente y una tabla medio amable para empezar a hacer cuentas que solo terminan bien en nuestra cabeza.
El colombiano no se ilusiona porque sea ingenuo. Se ilusiona porque no ha aprendido a hacer otra cosa. Y ahí está la grandeza y la enfermedad. Porque ver a Colombia en un Mundial, activa algo muy raro. Por un tiempo uno vuelve a creer que sí. Que tenemos nómina. Que hay carácter. Que hay proceso. Que el grupo está unido. Que se nota la mano del técnico. Que la defensa respondió. Que los muchachos están comprometidos. Que ahora sí dejamos de ser promesa y nos volvimos realidad.
Y ahí mismo, por supuesto, aparece la vida a decirnos: calma, campeón.
La eliminación de Colombia no es solo futbolística. También es una experiencia pedagógica. Nos recuerda que el entusiasmo desmedido es bonito, pero tiene efectos secundarios. Nos enseña que uno puede hacer cuentas durante tres semanas para terminar eliminado por un rebote, un penalti, un gol que no llegó o una combinación de resultados tan absurda que parece diseñada por un enemigo personal.Y sin embargo, ahí seguimos. Porque hay algo casi admirable en el hincha colombiano: su capacidad para reincidir sin perder del todo el sentido del humor. Nos eliminan y hacemos duelo, sí. Pero también hacemos memes. Nos da rabia, claro. Pero además filosofamos “perder es ganar un poco”. Nos frustramos, pero no tardamos mucho en encontrar a un primo, un taxista o un señor en panadería que explique con autoridad total lo que salió mal. Eso también es patria. Porque si algo tiene la eliminación de Colombia es que democratiza el análisis. De repente todos saben de presión alta, de retroceso defensivo, de gestión emocional del grupo y de lectura de partido. Todo el país se convierte en técnico interino con doctorado en “yo habría hecho otra cosa”. Y uno escucha a cada personaje hablar con semejante seguridad que casi dan ganas de darles la Selección y ver cuánto tardan en arruinarla peor.
Lo más duro no es solo quedar por fuera. Lo más duro es esa sensación de que con Colombia uno nunca termina de saber si faltó poco o si, en el fondo, seguimos maquillando bastante bien las mismas carencias de siempre.
Porque esa también es una especialidad nacional: perder y dejar la sensación de que casi. Que estuvimos ahí. Que por momentos. Que si no fuera por. Colombia ha perfeccionado el arte de la eliminación esperanzadora, que es una de las formas más sofisticadas del sufrimiento. Porque cuando un equipo es malísimo, uno se resigna. Pero cuando parece que sí… ahí sí duele con interés compuesto.
Y claro, también está la dimensión emocional del asunto. Porque Colombia no juega solo fútbol. Juega identidad. Juega alivio. Juega esa posibilidad de sentir que por noventa minutos el país se pone de acuerdo en algo que no sea discutir quién tiene la culpa. Cuando la Selección avanza, no solo gana un equipo: se afloja un poco esta tensión crónica de vivir aquí. Por eso cuando la eliminan, no se pierde únicamente un torneo. Se cae una pequeña tregua nacional. Y Volvemos a ser nosotros.Con nuestras peleas. Con nuestro cinismo. Con el tráfico. Con la cuenta del mercado. Con el recibo. Con el gobierno.Qué pereza.
Pero tampoco nos pongamos dramáticos. La eliminación de Colombia también tiene algo útil: nos devuelve al lugar real que ocupamos en el universo. Nos baja del delirio. Nos recuerda que el fútbol, por más que nos desordene el alma, sigue siendo fútbol. Y que uno no puede entregarle toda la estabilidad emocional a once tipos, un cuerpo técnico y una federación que a veces parece tomar decisiones con ayuda de una ruleta.
Ahora, lo peor viene después, lo más colombiano de todo: esa costumbre casi litúrgica de premiar el fracaso con un “gracias muchachos por hacernos soñar”. Como si soñar fuera un título, como si quedar por fuera nos diera una medalla emocional, porque en Colombia no solo toleramos el fracaso: le hacemos homenaje.
Así que sí, Colombia quedó eliminada. Otra vez. Como tantas veces. Con dolor, con rabia, con teorías y con esa mezcla tan nuestra de indignación y cariño. Y al final, como siempre, terminamos refugiados en la frase nacional que vuelve decorosa cualquier derrota: “nos faltó cinco centavos pa’l peso.”



