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Manolo Zota

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Hay dolores que uno reconoce de inmediato: una tusa, una mala noticia, un recibo inesperado, una rodilla que avisa. Y hay otros más raros, más silenciosos, más difíciles de explicar, como el vacío que deja un Mundial cuando se acaba. El Mundial termina y uno entra en una especie de duelo que no sale en los manuales de salud mental, pero debería. Un luto deportivo, emocional y logístico. De repente se acaba ese mes glorioso en el que la vida tenía un orden perfecto: partidos a toda hora, excusas legítimas para no contestar mensajes, discusiones innecesarias con extraños sobre laterales izquierdos y una sensación general de que cualquier día podía volverse histórico por culpa de un rebote, un penalti o una tragedia arbitral. Y luego, casi sin avisar, se acaba.

Se levanta uno al día siguiente y descubre que el calendario volvió a ser una cosa vulgar. Ya no hay fixture. Ya no hay previas. Ya no hay análisis. Ya no hay mesas redondas con señores discutiendo si el 4-3-3 mutó a 4-2-3-1 en fase defensiva. Ya no hay razón válida para prender el televisor a media mañana y decir con autoridad: “estoy ocupado”. Qué desamparo.

El Mundial, durante un mes, nos salva de la realidad. Y no solo porque hay fútbol. Nos salva porque organiza el caos. Le pone horario a la emoción. Le da sentido al día. Uno ya no vive por obligaciones, vive por partidos. Almuerza distinto. Trabaja distinto. Se irrita distinto. Incluso la geopolítica se vuelve más entretenida cuando depende de si tal selección clasifica o se va llorando en penales.

Después del Mundial, en cambio, toca volver a la vida civil. Y la vida civil, hay que decirlo, tiene muy poco espectáculo. Uno pasa de ver un Croacia-Marruecos a las 9 de la mañana con una intensidad casi religiosa, a responder correos, revisar cuentas, hacer mercado y decidir qué cocinar. O sea, el salto emocional es obsceno. La épica desaparece. El himno se apaga. La mesa de centro vuelve a tener frutas en vez de cerveza y maní. Y uno se siente traicionado por la normalidad. Porque la normalidad, después del Mundial, luce bastante mediocre.

Durante el torneo uno había logrado una existencia superior. Ya tenía opinión sobre Japón, nostalgia por Uruguay, ternura por algún equipo chico y un odio profundo, aunque muy técnico, hacia árbitros de nacionalidades que hace tres semanas ni sabía ubicar en el mapa. El Mundial saca de uno una versión intensa, absurda y deliciosamente desocupada. Nos convierte a todos en expertos transitorios con convicciones permanentes. Y justo cuando uno ya estaba cómodo en ese delirio… se acaba. Entonces viene el luto.

Primero, la negación.Uno dice: “bueno, ya vendrá la liga”, “ahora sigue la Copa”, “igual hay fútbol siempre”. Mentira. Uno sabe perfectamente que no es lo mismo. El Mundial no se reemplaza con un partido cualquiera un domingo a las 6. El Mundial es otra cosa. Es la sensación deque el planeta entero está mirando lo mismo. Es el desorden global legitimado. Es la ceremonia de sufrir por gente que ni conoce mientras uno finge que eso tiene sentido.

Después viene la tristeza funcional.Ya no hay partidos que interrumpan la agenda. Ya no hay discusiones en la panadería sobre un fuera de lugar milimétrico. Ya no hay grupos de WhatsApp revividos solo para mandar memes de un arquero que salió mal. El silencio posmundial es tan doloroso como el que se recibe luego de un divorcio.

Por eso el luto post Mundial no es solo futbolero. Es existencial. Porque el Mundial, en el fondo, no es solo un evento. Es una suspensión temporal de la adultez. Durante un mes el planeta nos permite volver a lo básico: ver, gritar, opinar, exagerar, ilusionarnos, discutir y sufrir. Todo eso que la vida madura intenta moderar, el Mundial lo legitima. Después toca volver a ser persona seria. Y ahí es donde empieza el verdadero dolor.

Volver al trabajo sin fixture.Volver al almuerzo sin previa.Volver al fin de semana sin partido decisivo.Volver a hablar de cosas importantes, que siempre resultan bastante menos entretenidas. Hasta el televisor se ve distinto. Pierde autoridad. Pasa de ser altar a ser electrodoméstico.

Pero tampoco exageremos. El luto post Mundial, como todos los lutos más o menos decentes, también deja algo bueno. Deja recuerdos, frases, goles, rabias, héroes improbables, villanos instantáneos y la sospecha deliciosa de que durante un mes fuimos felices discutiendo cosas completamente inútiles. Y eso, en estos tiempos, ya es bastante. Además, el verdadero hincha sabe que esto también pasará. Que la vida volverá a llenarse de otras ligas, otras eliminatorias, otras frustraciones y otros comentaristas diciendo barbaridades con mucha seguridad. El fútbol, por fortuna, siempre encuentra una manera de volver a interrumpir la vida de la gente seria.

Lo que pasa es que el Mundial tiene otra categoría. No es una visita.Es una invasión sentimental. Y cuando se va, deja la casa emocional patas arriba.Así que sí: existe el luto post Mundial.Y no, no tiene cura inmediata. Se sobrevive como se sobrevive a todo lo demás: guardando memes, repitiendo goles, exagerando recuerdos y fingiendo que uno ya volvió a la normalidad, cuando en el fondo sabe perfectamente que no. Porque después de un Mundial la vida vuelve, sí.Pero vuelve como vuelven los lunes, parcos y aburridos.

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