En Colombia cambiar de gobierno no es exactamente un proceso político. Es más bien una disciplina emocional. Una mezcla entre esperanza irresponsable, pánico preventivo, cadenas de WhatsApp, análisis de taxi y gente que de un día para otro descubre que siempre supo exactamente lo que iba a pasar.
Aquí nadie cambia de gobierno con calma. Aquí un presidente se va y el país se divide en tres grupos bastante definidos: los que creen que ahora sí se arregla todo, los que creen que ahora sí se acaba todo, y los que ya entendieron hace rato que en Colombia nada se arregla del todo ni se acaba del todo, sino que simplemente cambia de eslogan.
Porque esa es la verdad incómoda del país: nosotros no elegimos tanto un gobierno como un nuevo tono para la misma novela. Cambia el discurso. Cambia la foto oficial. Cambia el peinado del gabinete. Cambia el tipo de palabras que se repiten en las entrevistas. Pero el colombiano de a pie sigue haciendo lo mismo de siempre: mirando el precio del huevo, renegando de los trancones, desconfiando de todo y tratando de no volverse un experto en macroeconomía por accidente.
Eso sí, el cambio de gobierno en Colombia tiene su ritual. Primero viene la luna de miel. Ese momento hermoso y ligeramente ingenuo en que media nación siente que por fin llegó alguien que sí. Que sí entiende. Que sí conecta. Que sí sabe. Que sí va a poner orden, justicia, dignidad, progreso y, si alcanza, unas cuantas vías sin huecos.
Luego viene la etapa más colombiana de todas: la desilusión administrada. Porque aquí uno no se decepciona de golpe. Aquí uno va soltando la ilusión por cuotas. Primero con una frase rara. Luego con un nombramiento sospechoso. Después con una reforma incomprensible. Más tarde con una explicación técnica que nadie entendió pero todos reenviaron. Y finalmente con esa conclusión tan nuestra, tan madura y tan triste: “al final son todos lo mismo, pero con distinto acento”.
Y ahí arranca el deporte nacional: opinar. Porque si hay algo que un cambio de gobierno activa en Colombia no es la institucionalidad. Es la opinología. El país entero se convierte en panelista. El señor del edificio, la tía del grupo familiar, el taxista, el que vende tintos, el primo que nunca termina una carrera pero tiene teorías sólidas sobre geopolítica, todos. De repente nadie habla de fútbol, de tusa ni de recetas de air fryer. Ahora todos son constitucionalistas, politólogos y estrategas fiscales con base en intuición, rabia y dos titulares mal leídos.
Eso sí: en Colombia la gente no cambia de opinión, cambia de bando emocional según la factura del mercado. Porque esa es otra verdad elegante del sistema: el ciudadano promedio puede soportar debates filosóficos, crisis diplomáticas, discursos eternos y escándalos reciclables. Lo que no perdona es que le suban la gasolina, le toquen el bolsillo o le desordenen la idea que tenía de lo que costaba vivir. Ahí sí se acaba la poesía del cambio. Y no importa de qué lado esté uno. El fenómeno es idéntico. Cuando gana el candidato que a uno le gusta, eso se llama“mandato popular”. Cuando gana el que no, eso se llama “catástrofe nacional”. Aquí la objetividad dura exactamente hasta que cierran las urnas.
Lo más simpático del cambio de gobierno en Colombia es esa habilidad que tenemos para actuar sorprendidos por cosas que hacen parte del manual. Como si cada cuatro años descubriéramos que la política tiene egos, cuotas, improvisación, contradicciones, promesas infladas y funcionarios que hablan mucho más bonito de lo que ejecutan.
También me parece entrañable esa costumbre nacional de pedir cambios profundos, pero ojalá sin que nos toquen nada importante. Queremos transformación, sí, pero sin sustos. Queremos reforma, pero que no incomode. Queremos orden, pero no a las malas. Queremos resultados rápidos, pero en paz. Queremos una cosa nueva que se sienta igualita a la vieja mientras nos convenza de que ahora sí.
Somos un país difícil de complacer. Por eso cada cambio de gobierno en Colombia termina pareciéndose menos a una transición institucional y más a una terapia grupal mal coordinada. Unos llegan ilusionados, otros llegan asustados, otros llegan a cobrar cuentas, y casi todos terminan peleando en redes con una intensidad que no usan ni para defender la pensión.
Mientras tanto, el país real sigue ahí. El de la fila, el trámite, el recibo, la inseguridad, el rebusque, la informalidad, el taxímetro, el aguacero en hora pico y la gente que madruga sin importar quién salga en la foto del despacho presidencial. Ese país es el más serio de todos. Porque no trina tanto, pero aguanta todo.
Y tal vez por eso en Colombia el humor político es tan necesario. Porque si uno se toma cada cambio de gobierno con solemnidad absoluta, no llega vivo al siguiente. Aquí toca reírse un poco. No por irresponsabilidad, sino por salud mental. Reírse del discurso, del exceso de esperanza, del exceso de miedo, de la rapidez con que unos pasan de mesías a desastre y de la velocidad con que otros descubren principios justo cuando pierden contratos.
La política colombiana tiene algo de feria, algo de misa y algo de reality show. Y el ciudadano, mientras tanto, va aprendiendo una sabiduría silenciosa: ningún gobierno dura para siempre, pero el recibo sí llega puntual.
Así que, para sobrevivir a un cambio de gobierno en Colombia, propongo estas medidas básicas: no creer que ahora sí todo se resolvió, no creer que mañana se acaba el país,no reenviar cadenas con música tenebrosa, no citar a Churchill sin haberlo leído, y no pelear con familiares por políticos que probablemente no saben que uno existe. Lo demás se irá viendo, como casi todo en esta tierra.
Porque en Colombia los gobiernos cambian, los discursos se renuevan, los ministerios se reacomodan y el país se reindigna por temporadas. Lo que no cambia nunca es esa mezcla tan nuestra de esperanza, desconfianza y mamadera de gallo. Y quizá sea mejor así. Porque si este país además de todo perdiera el sentido del humor, ahí sí nos tocaba pedir asilo pero emocional.



