

Aníbal había nacido en Circasia, pequeña población del norte del departamento del Quindío, conocida como la tierra de los hombres libres. Tal vez fue allí donde nació también su espíritu aventurero y su necesidad de vivir sin ataduras.
Creció en un lugar sencillo, donde nunca faltaron el cariño y los cuidados de su madre, ni el rigor y el carácter de un padre marcado por sus ideales liberales. Al morir éste, la Iglesia le negó el derecho a ser enterrado en el cementerio del pueblo. Por esta razón, un grupo de librepensadores creó el que aún se reconoce como el Cementerio Libre, donde podía ser sepultada cualquier persona, sin importar sus creencias religiosas o políticas.
Todo aquello marcó, de alguna manera, a Aníbal. Desde muy joven solía decir lo que pensaba y actuar en consecuencia. Aunque esa manera de ser le ocasionó más de un contratiempo, nunca renunció a ella. Nunca se casó. Permaneció junto a su madre hasta que, ya octogenaria, murió víctima de aquella cruel y despiadada enfermedad llamada Alzheimer. Fue entonces, convertido ya en un hombre maduro y sin más ataduras, cuando decidió recorrer el país.
Uno de los pasatiempos que había aprendido de su madre era pegar botones y hacer costuras. Nadie pudo afirmar jamás que Aníbal tuviera una camisa o un pantalón roto, o que le faltara algún botón. Cuando cosía, se distraía y, en cada puntada, concentrado y preciso, parecía pensar en el futuro, pero, sobre todo, en la tranquilidad, la paz y la esperanza que podía alcanzar un ser humano al vivir en armonía con sus semejantes.
Al emprender su viaje, con la idea de conocer el país, se hizo una promesa: pegaría en su chaqueta de viaje un botón por cada lugar que conociera. Y así lo hizo. Recorrió buena parte del territorio nacional, siempre pregonando y compartiendo con los contertulios que se animaban a escuchar sus historias su particular idea de la paz y del país que soñaba.
Al llegar a Bogotá, después de muchos años de recorrer el territorio nacional, se encontró con una ciudad hostil, insegura y extraña. Al comienzo fue muy duro. Los años y, especialmente, sus piernas comenzaban a pasarle factura por el largo camino recorrido. Vivía del favor de quienes escuchaban sus historias, especialmente en los parques, adonde acudía con frecuencia, quizá recordando aquella Circasia que había dejado atrás.
Una noche, frente al agobiante frío de Bogotá, se cruzó con un guardia de seguridad. El hombre, después de escuchar sus anécdotas y sus historias, pero, sobre todo, su imaginación y su sueño de un país pacífico, empático y tolerante, no tuvo ningún inconveniente en regalarle un kepis y una vieja chaqueta de su dotación. Antes de despedirse, decidió bautizarlo como el Capitán de la Paz.
No tardó mucho Aníbal en comenzar a coser, uno a uno, los botones que había recogido durante su larga travesía por el país. Desde entonces, aquella vieja chaqueta dejó de ser solamente una prenda de vestir: se convirtió en el mapa de su vida, en el recuerdo de sus caminos y, quizá, en la representación de ese país en paz que siempre había soñado.
Quizá nadie llegó a saber cuántos botones llevaba aquella vieja chaqueta, ni cuántos caminos, abrazos, historias y recuerdos cabían en ella. Y mientras los años fueron haciendo más lento su paso, él continuó cosiendo, puntada tras puntada, como si todavía pudiera unir con hilo aquello que tantas veces había visto separado: los hombres, los pueblos, las ideas. Tal vez por eso, cuando alguien le preguntaba quién era, no necesitaba decir mucho. Bastaba con mirar su chaqueta y escuchar su voz para entender que aquel hombre, que un día salió de Circasia a recorrer Colombia, había terminado convirtiendo su propia vida en un pequeño mapa de botones, con un único destino: la paz.
Con el tiempo, don Aníbal fue desapareciendo lentamente de las calles y de los parques de Bogotá. Un día dejó de estar, y nadie supo con certeza dónde terminó su viaje. Quizá regresó a Circasia; quizá encontró, en algún rincón del país, la paz que tanto había pregonado. Lo cierto es que, cuando alguien pregunta por el Capitán de la Paz, siempre hay quien mira hacia el horizonte y dice que debe andar por ahí, cosiendo sueños, recogiendo historias y dejando, en cada camino, un pequeño botón de esperanza.
A don Aníbal. In memoriam.
Autor: Koco Liévano



