El sorteo nos dejó en el Grupo K con Portugal y Uzbekistán. Y uno no sabe si alegrarse o ponerse a rezar.
Porque, bueno, enfrentarse a Portugal es como invitar a cenar a ese primo exitoso que te lo recuerda cada cinco minutos. Ahí están ellos, con su Cristiano de 41 años que todavía corre más que una niña de seis, con su Bruno Fernandes que parece tener un GPS implantado en el pie derecho, y con esa defensa que a veces funciona y a veces… bueno, les metieron dos en Dublín y se fueron a casa con las orejas agachadas
Lo curioso de Portugal es que llegaron al Mundial destrozando a todo el mundo en el Grupo F de las eliminatorias europeas. Veinte goles en seis partidos. Un promedio de más de tres por encuentro. Le clavaron nueve —nueve— a Armenia en la última fecha, con Bruno Fernandes y un tal João Neves que parece salido de una máquina del tiempo, cada uno metiendo tres pepas. Eso sí, sin Cristiano, que andaba suspendido por haberle pegado un manotazo a un irlandés. Resulta que el tipo sigue siendo tan competitivo que hasta las tarjetas rojas lo persiguen.
Pero acá viene lo interesante: Portugal no es invencible. Perdieron con Irlanda. Empataron con Hungría en Lisboa. Y uno los ve jugar y se da cuenta de que están en esa edad incómoda entre la gloria pasada y el futuro incierto. Ronaldo está en su sexto Mundial —sexto—, rompiendo récords como si nada, pero el reloj biológico no perdona. Ganaron la Euro 2016, ganaron la Liga de Naciones en 2019 y parece que volvieron a ganarla en 2025, así que llegan con pergaminos. Pero también llegan con una mochila emocional gigante: Diogo Jota, ese delantero del Liverpool que murió en un accidente de carro en España el año pasado. Todo el equipo dice que juegan por él. Eso los puede hacer más fuertes o más frágiles, depende del día.
Roberto Martínez, su técnico, les cambió el chip. Ya no son ese equipo defensivo y aburrido de Fernando Santos. Ahora tienen el 89.7% de precisión en el pase, dominan el balón, presionan después de perderlo. Son modernos. Pero modernos de esos que a veces se olvidan de que el fútbol también se juega sin el balón.
Y ahí está la grieta por donde Colombia podría colarse.
Luego tenemos a Uzbekistán. Los Lobos Blancos. Los tipos que nunca habían ido a un Mundial y que ahora andan paseándose por ahí como si les debieran algo. Y tal vez sí les debían algo, porque estuvieron cerca en 2006 y en 2014, siempre cayéndose en los repechajes, siempre con esa cara de “casi, casi”. Pero esta vez no. Esta vez llegaron segundos en su grupo de eliminatorias asiáticas, por detrás de Irán, que es una potencia, y por delante de Qatar, que es el actual bicampeón de Asia. Les metieron 3-0 en la última fecha y los mandaron al repechaje. Así, sin anestesia.
Lo primero que hay que decir de Uzbekistán es que no regalan nada. Siete goles en contra en diez partidos de eliminatorias. Siete. Eso no es casualidad, es trabajo. Tienen un portero, Utkir Yusupov, que lloró después de sacarle el 0-0 a Emiratos Árabes Unidos en Abu Dhabi porque sabía que ese punto valía oro. Y tienen un defensor central, Abdukodir Khusanov, que el Manchester City se llevó por 50 millones de euros. Sí, leyeron bien. Un uzbeko en el City. De hecho, es el primer uzbeko en la Premier League. El tipo tiene 20 años y ya defiende con la tranquilidad de un veterano de tres guerras.
Arriba tienen a Eldor Shomurodov, que anda por Turquía y que fue su goleador en las eliminatorias con cinco tantos. No es Haaland, pero sabe dónde está el arco. Y tienen a Abbosbek Fayzullaev, que es el que les da la pausa y el criterio cuando todo se pone feo.
Ah, y contrataron a Fabio Cannavaro como técnico. Sí, el Cannavaro. El que levantó la Copa del Mundo en 2006. El que ganó el Balón de Oro. Botaron al técnico local que los clasificó —pobre Timur Kapadze— y metieron al italiano para que les enseñe cómo se juega un Mundial. Es un movimiento audaz, arriesgado, pero tiene lógica. Uzbekistán no quiere solo ir a sacarse la foto. Quieren competir.
Y acá es donde la cosa se pone interesante para Colombia. Porque sí, Portugal es el coco del grupo, el equipo con nombre y apellido. Pero Uzbekistán es ese rival desconocido que te puede arruinar el Mundial si lo subestimas. Son disciplinados, ordenados, no se descomponen. Y además, están jugando el Mundial de sus vidas. No tienen presión. Todo lo que hagan es ganancia. Mientras que nosotros… bueno, nosotros tenemos que clasificar sí o sí, porque ya pasamos suficiente con lo del 2022.
El partido contra Portugal será en Zapopan, el 23 de junio. Calor, altitud, 1,560 metros sobre el nivel del mar. No es La Paz, pero tampoco es un paseo. Los portugueses han sufrido históricamente en condiciones extremas fuera de Europa. Ahí hay una ventaja. Y contra Uzbekistán, que será el primer partido del grupo si el calendario es amable, no podemos regalarnos. Porque esos tipos no te van a regalar ni una sonrisa.
El Grupo K es un rompecabezas. Está el gigante herido que quiere una última gloria, está el debutante hambriento que no tiene nada que perder, y estamos nosotros, en el medio, tratando de no cagarla como siempre.
Nos tocó lo que nos tocó. Ahora toca jugar.




