

“Fina estampa, caballero, caballero de fina estampa,,,” como lo describiera la gran Chabuca Granda en aquella canción magistralmente interpretada por María Dolores Pradera. Así se le veía a Leandro al andar, andar. Un hombre de porte tranquilo, siempre impecablemente vestido, de pocas palabras y mirada serena, de esos que parecen llevar por dentro muchas más cosas de las que están dispuestos a contar.
Porque Leandro ha sido siempre un hombre de libros. Fue el menor de varios hermanos, con una diferencia generacional de cinco años respecto al que le seguía. Creció en un hogar conformado por sus padres y sus hermanos, pero especialmente marcado por la presencia de un padre que siempre se destacó por su sensibilidad, su carácter y un cierto gusto por los libros que, de alguna manera, también dejó huella en él. Durante su infancia y adolescencia también fue un gran jugador de fútbol, de aquel fútbol de barrio, de potrero y de calle que hizo a tantos grandes cracks. Corría detrás de un balón, jugaba con entusiasmo y conoció, como tantos muchachos de su generación, la alegría de una cancha improvisada, de una calle convertida en estadio y de un partido que podía durar hasta que la noche obligara a regresar a casa.
Pero había otro mundo que comenzaba a abrirse ante él. Y ese mundo estaba entre las páginas de los libros.
Su afición por la lectura comenzó en el colegio, en las clases de español y literatura, quizá también como una especie de revancha frente a las matemáticas, cuyo interés se le iba desvaneciendo a medida que algunos profesores las utilizaban como castigo. Con los libros sucedía todo lo contrario: allí no había castigos. Había preguntas, historias, personajes, ideas y una libertad que poco a poco fue haciendo suya.
Se destacó especialmente en los centros literarios, aquellos espacios académicos en los que, una vez al mes, los estudiantes tenían la oportunidad de mostrar sus habilidades y compartir sus escritos. Fue allí donde comenzó a descubrir que no solamente le gustaba leer: también tenía algo que decir.
Empezó entonces a devorar a los grandes autores y a escribir ensayos, reflexiones y pensamientos sobre la vida y sobre cuanto ocurría a su alrededor. Tal vez fue ese el comienzo de una de sus grandes pasiones. O quizá fue el descubrimiento de un refugio. Porque Leandro no era simplemente un lector. Era un lector persistente, casi obsesivo. Leía en las madrugadas, en las tardes y en las noches. Leía en sus ratos libres y, cuando no los tenía, también. Leía en su estudio y en su alcoba; en el parque, durante un viaje, en una sala de espera o en cualquier lugar donde pudiera abrir un libro.
Leía mientras otros conversaban.Leía mientras otros dormían.Leía mientras el mundo seguía pasando y de alguna manera, parecía estar bien con eso. Los libros terminaron convirtiéndose en una compañía permanente. No porque huyera de las personas, aunque era un hombre más bien callado e introvertido, sino porque en ellos encontraba una forma distinta de conversar: una conversación sin interrupciones, sin prisas y, sobre todo, sin necesidad de explicar demasiado.
Era un hombre de pocas palabras, pero no de pocas ideas. Observaba mucho. Escuchaba. Pensaba antes de hablar. Y cuando finalmente daba su opinión, solía hacerlo con una claridad que podía sorprender a quienes lo conocían poco. No necesitaba levantar la voz para hacerse entender. Tampoco le interesaba tener la razón por encima de los demás. Era objetivo, directo y, muchas veces, incómodamente sincero. Pero detrás de esa manera serena de mirar y decir las cosas había un hombre de gran corazón, sensible con los suyos y profundamente leal. Así como otros necesitaban salir, conversar, viajar o estar rodeados de gente, él necesitaba leer.
Y cuando llegó la soledad, no estuvo completamente solo.
Se quedó acompañado por una gran biblioteca. No necesariamente por su tamaño, sino por lo que había conseguido reunir en ella: autores de distintas épocas y lugares, novelas, ensayos, poemas, libros de historia, de pensamiento y de literatura. Libros que había leído, algunos que había releído y otros que probablemente conservaba simplemente porque algún día podían volver a decirle algo. Pero leer era solamente una parte de la historia.
La otra estaba en la escritura. Cuando no estaba leyendo, estaba escribiendo. Escribía sobre la vida, sobre su soledad, sobre sus amores y sus desamores. Escribía sobre sus hermanos, sobre su familia y sobre la amistad. Escribía sobre lo que recordaba y sobre lo que le pasaba. Y seguramente también sobre aquello que, por su manera de ser, no siempre encontraba la forma de decir frente a los demás.
La escritura era su otra conversación.
Allí podía ser más libre. Podía ordenar sus pensamientos, volver sobre una memoria, preguntarse por una decisión, guardar un momento o simplemente dejar constancia de que algo había ocurrido.
Leer y escribir terminaron convirtiéndose en mucho más que dos habilidades. Fueron su refugio, su oasis y su polo a tierra. Quizás por eso no resulta extraño encontrarlo sentado en un viejo y abandonado sillón, debajo de un puente, con las piernas cruzadas, el sombrero bien puesto y un libro entre las manos. Podría estar en cualquier parte, pero parece no estar realmente allí. Su cuerpo ocupa un lugar; su cabeza, seguramente, está muy lejos. En alguna página, en algún recuerdo, en alguna historia que acaba de leer o en alguna otra que ya está empezando a escribir.
A su alrededor, el mundo sigue caminando. Él, en cambio, está leyendo.Y quizá eso sea lo que mejor define a Leandro: un hombre que aprendió a vivir acompañado por las palabras y que, mientras leía la vida de los otros, fue escribiendo la suya.
Dicen que aquella tarde, tan embebido estaba en la lectura, que dejó pasar la ruta L-18, la que debía llevarlo al centro de la ciudad.Quizá no le importó demasiado. Después de todo, para alguien como el, perder una ruta siempre fue menos grave que perder el hilo de una buena lectura.
a Mauro
Autor: Koco Liévano



