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El poder de la literatura

En el bus de la 80, entre el pitido insistente de los vendedores ambulantes y el reggaetón que se escapa de los auriculares del vecino, una muchacha escribe. No está actualizando su estado de Facebook ni respondiendo mensajes de WhatsApp. Escribe, a la vieja usanza, con el dedo índice sobre la pantalla del celular, construyendo versos que nacen del semáforo en rojo y del vendedor de dulces que grita «¡Mentas, mentas!» como si fuera un verso de Neruda.

La escena podría parecer anacrónica, casi heroica en estos tiempos donde todo se consume en cápsulas de quince segundos. Pero no. Es, quizás, la prueba más contundente de que la literatura sigue viva, pateando, resistiendo en medio del ruido como ha hecho siempre: desde la sombra, desde los márgenes, desde esa necesidad humana irrefrenable de contar historias.

Los agoreros de turno llevan décadas anunciando la muerte de la literatura. En los años sesenta era la televisión la que iba a acabar con los libros. En los ochenta fueron los videojuegos. En los noventa, internet. En los dos mil, las redes sociales. Y ahora es la inteligencia artificial la que supuestamente viene a sepultar definitivamente el arte de narrar.

Pero la historia demuestra una y otra vez que cada nueva tecnología, en lugar de matar la literatura, la transforma. Instagram no acabó con los cuentos; creó la microficción visual. Twitter no destruyó la narrativa; la obligó a reinventarse en hilos que se leen como folletines del siglo XXI. TikTok no sepultó la tradición oral; la revivió con nuevos códigos.

En Colombia, esta transformación se vive de manera particularmente intensa. Los jóvenes escritores ya no esperan a las grandes editoriales ni a los concursos nacionales. Publican en blogs que leen miles de personas, crean podcast literarios desde sus cuartos, organizan lecturas en estaciones del TransMilenio. Han entendido algo que las instituciones culturales tradicionales aún no terminan de digerir: que la literatura no vive en los anaqueles sino en las voces de quienes la necesitan.

En las universidades públicas de Bogotá, los colectivos literarios se multiplican como hongos después de la lluvia. Estudiantes de ingeniería que escriben ciencia ficción, trabajadoras sociales que documentan testimonios de víctimas del conflicto, economistas que narran las transformaciones urbanas con la precisión de un cronista y la sensibilidad de un poeta.Sus textos no llegan a las páginas culturales de los grandes periódicos, pero circulan en fotocopias que pasan de mano en mano, en revistas digitales que se leen en celulares rayados, en lecturas que se organizan en cafés de barrio donde una cerveza cuesta menos que un libro nuevo.

Esta democratización de la palabra escrita está cambiando el mapa literario nacional. Ya no es solo Bogotá la que produce escritores. Medellín tiene sus cronistas urbanos que retratan la transformación de una ciudad que se reinventa a sí misma. Barranquilla mantiene viva la tradición del realismo mágico pero la actualiza con las historias del puerto y la migración venezolana. Cali explora narrativas afrocolombianas que van más allá del folclor. Bucaramanga, Manizales, Pasto, cada ciudad desarrolla su propia voz literaria.

En un país donde el diálogo político se vuelve cada vez más imposible, donde las redes sociales amplifican los extremos y silencian los matices, la literatura aparece como el último espacio donde las contradicciones pueden convivir sin aniquilarse mutuamente.Los escritores jóvenes lo entienden de manera intuitiva. Sus crónicas no buscan explicar el país sino explorarlo, preguntarle cosas incómodas, mostrar sus aristas menos visibles. Sus novelas no ofrecen respuestas fáciles sobre el conflicto sino que lo viven desde la complejidad de personajes que no son ni héroes ni villanos, sino seres humanos tratando de sobrevivir en medio del caos.Esta literatura testimonial tiene una particularidad: no se escribe solo para ser leída, sino para ser escuchada. En barrios de la periferia bogotana, exvíctimas del conflicto organizan talleres donde sus testimonios se convierten en relatos que circulan primero oralmente, luego en cuadernos manuscritos, finalmente en publicaciones artesanales que nadie va a reseñar pero que transforman comunidades enteras.

Las librerías independientes resisten, pero ya no son las únicas guardianas del libro. En Bogotá, los vendedores de libros usados de la carrera séptima son cronistas involuntarios de los gustos literarios de la ciudad. Saben que García Márquez se vende solo, que Benedetti nunca pasa de moda, que los jóvenes buscan autores que hablen de depresión y ansiedad con la misma naturalidad con que sus padres hablaban de amor y desamor.

Los festivales literarios se han multiplicado hasta en las poblaciones más pequeñas. En Hay Festival Cartagena conviven premios Nobel con youtubers que escriben novelas juveniles. En el Festival Internacional de Poesía de Medellín, poetas mapuches dialogan con raperos del Comuna 13. En ferias del libro de barrio, amas de casa presentan sus memorias familiares junto a profesores universitarios que escriben ensayos sobre posconflicto.Esta convivencia, que a los puristas puede parecerles promiscua, es en realidad la señal más clara de vitalidad de la literatura colombiana contemporánea. No hay una sola manera de escribir, no hay un solo público, no hay una sola forma de circular.

La muchacha del bus siguió escribiendo hasta su paradero. Cuando se bajó, alcanzó a verse que guardaba el celular en una mochila llena de libros físicos: dos formatos, dos épocas, conviviendo sin drama en la misma existencia.

En un mundo que corre sin saber hacia dónde, que prefiere las respuestas inmediatas a las preguntas complejas, que privilegia lo viral sobre lo profundo, hacer literatura sigue siendo un acto de resistencia. No la resistencia heroica de los manifiestos, sino la resistencia cotidiana de quien se sienta a escribir sabiendo que quizás nadie lo va a leer, pero necesita hacerlo para entender el mundo y entenderse a sí mismo.

Y mientras haya corazones que se rompan, ciudades que se transformen, injusticias que denunciar y sueños que imaginar, habrá alguien en algún bus de alguna ciudad escribiendo las palabras que el mundo necesita, aunque el mundo no lo sepa todavía.

 

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