Decía un padre de familia en un trino que estaba sufriendo por la tristeza de su hijo, tras la eliminación de Colombia del Mundial. Como él, millones de colombianos se subieron en la ilusión de que había equipo para llegar a la final del torneo. En la fabricación de este espejismo tienen mucho que ver los futbolistas comentaristas, que cada día ocupan más espacio en los medios de comunicación.
Y no está mal que estén ahí. Su conocimiento es amplio, mayor que el de los periodistas, que no han tenido la oportunidad de vivir la experiencia del fútbol de primera mano como ellos.
El problema es cuando los futbolistas comentaristas se alejan de su conocimiento y se unen a la ola triunfalista de medios que venden ilusiones. Entonces, comenzó a hacer carrera de que teníamos equipo para llegar a la final del Mundial. Claro, la ilusión vende. Es más fácil decir que somos los mejores del mundo que hacerle caer en cuenta al ciudadano del común que no teníamos sino dos o tres jugadores de élite. Que tal como el fútbol está organizado era imposible alcanzar instancias tan altas. Que el modelo de juego no era suficiente para estar a la altura de Francia, Argentina o Inglaterra.
No creo tampoco que el papel del futbolista comentarista sea crucificar jugadores, como hacen algunos periodistas que han vivido de eso, de buscar chivos expiatorios, de buscar culpables y a través de este método hacerse célebres y dueños de la verdad. Pero lo que uno espera de un futbolista comentarista es el fondo. Es analizar, con mesura, en dónde estamos, qué es lo positivo y lo que le falta al futbolista colombiano y a nuestro fútbol. ¿Por qué uno oye al futbolista comentarista repartir elogios y no preguntarse y explicar por qué el equipo no utiliza la media distancia o por qué el equipo no sostiene la pelota cuando el rival, como hizo Suiza, se planta en el medio y reduce espacios? Hay decenas de situaciones del juego que merecen ser explicadas más a fondo, pero esa explicación no la vemos. Solo escuchamos los elogios, o palabras de solidaridad con sus excolegas. Uno, de verdad, espera posiciones, no ecos de una felicidad que no existe.
El otro elemento que destiñe la labor del futbolista comentarista es el uso del lenguaje. No se trata de que utilice un discurso elevado ni culto. El punto medio siempre será el mejor camino. Pero los futbolistas comentaristas aquí toman dos caminos: hablan como entrenadores, con la jerga propia de ellos, o hablan con un lenguaje deslucido, como si estuvieran en el barrio con sus amigos tomándose unas cervezas.
El futbolista comentarista ha de preguntarse cuál es la idea central de sus intervenciones, cuáles son las ideas secundarias, cuál es su hipótesis y sus respectivos pros y contras. Sería maravilloso oír más opiniones a través de su experiencia. Si uno de ellos explica por qué es tan difícil que un arquero de hoy pueda resolver la situación que genera un tiro de esquina, resulta muy valioso y va despertando en el televidente o en el oyente el sentido crítico.
Tener sentido crítico, repito, no es crucificar a técnicos, ni jugadores. Es analizar un hecho y tratar de presentar una opción más cercana de la realidad.
Lo de este Mundial ha sido lamentable. La mayoría de futbolistas comentaristas se convirtieron en vendedores de ilusiones, y no se imaginan el daño que hicieron. Hay que ver la tristeza de la gente en las calles, el lamento de no haber llegado a la final.
Es maravilloso que haya más futbolistas comentaristas, pero es mejor si se hacen conscientes de su responsabilidad. No se trata de enfrentar una cámara sin la preparación ética y minuciosa de su discurso. De verdad, la mayoría de los que vi fueron sorprendidos en claro fuera de lugar. Bien hace falta que a esta experiencia le incluyan un poco de VAR, de análisis de lo que dijeron, para que las falencias no se vuelvan a repetir y no terminemos navegando en un mar de espejismos.



