Y uno despierta y se siente un vacío. Colombia ya no está, y para completar hoy no hay fútbol. El Mundial ha quedado como suspendido, como la niebla que diviso en la montaña cuando deslizo la cortina, mientras me tomo un café caliente, y recuerdo que así nos dicen en la tele, “los cafeteros”.
De manera que nos hemos ido, y empieza uno a dar vueltas. A buscar razones. Va uno al juego en sí. Y cada uno tenemos nuestra propia lectura. ¿Estaba listo James? ¿Por qué Díaz se quedó allá en la izquierda tan aislado y no hizo como cuando está en el Bayern y se tira atrás, o al medio, o a la derecha? ¿Y no será que Puerta, que es tan buen jugador, debió haber jugado más atrás, siempre ahí de conector, como lo hizo el suizo Xhaka, ese 10 calmo, prodigioso, sabio caminante de la cancha, prestidigitador del juego? Y lamentamos, una y otra vez, el fallido disparo de Suárez o el de Campaz.
En la ventana, la niebla se ha disipado un poco, y uno sigue ahondando en las causas, devolviendo la película, mirando más atrás o más a fondo. Y es lo mismo de siempre. Que las causas no están en el Colombia-Suiza. Que, pese al talento natural del futbolista colombiano, porque lo tiene, hay un viejo sistema que no deja progresar. Digo que es lo mismo de siempre. Que uno ve a Ramón Jesurún, el presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, al lado de Infantino, y uno sabe que a estos individuos lo que menos les interesa es el fútbol. Desde 1998, Jesurún está ahí, enquistado, como un rey vitalicio que maneja los hilos del fútbol.
Son perversos los directivos que ahora se adueñan de todo. El juego mismo pasa por ellos. ¿Cómo así el juego mismo? Pues que ya no se escoge un entrenador por sus capacidades, sino para que haga caso y se involucre en el negocio. A ellos, a los directivos, no les interesa la selección. Les interesa el negocio de hacer jugadores y venderlos, de aprovechar las enormes cantidades de dinero que se mueve a través del fútbol. Y, entonces, no eligen al técnico más idóneo, no van por un plan de juego a largo plazo. El técnico asegura su lugar en la medida que haga caso. Que incluya a los jugadores que el directivo quiere poner en el mercado. Hace solo unos meses publique el libro ‘Confesiones de un hincha’, y en una de sus páginas la reflexión apuntaba lo siguiente: “De manera que no hemos pensado nuestro fútbol. No nos hemos preguntado qué fútbol hemos jugado, qué fútbol jugamos, qué fútbol queremos jugar, qué tipo de jugadores tenemos y qué tipo de jugadores podemos producir, cómo producir más dinero en beneficio de la Selección y de los equipos sin que unos pocos se apropien de todo y no dejen evolucionar. Vivimos el día a día de lo impensado”.
No es un fenómeno único de Colombia. A estas alturas, el Mundial se ha quedado con un solo equipo sudamericano, Argentina. Uruguay y Paraguay se fueron a los golpes, como niños maleducados que no entienden que las normas cambiaron y que el fútbol no es así como antes. No vale el cuento de que pasa el balón, pero no pasa el jugador. No entienden que ya se fueron los tiempos de la violencia y que el juego es cada vez más pensado, más racional, más difícil de jugar.
En Sudamérica ya no se integran grandes equipos. Se exportan jugadores. En los últimos 25 años, solo cuatro equipos sudamericanos fueron los mejores clubes del mundo. Los restantes 21 años han sido de dominio europeo. Había que ver a Neymar, en su impotencia, tratando de agredir a jugadores noruegos cuando Brasil se hundía una vez más. ¿Neymar jugando el Mundial? Cualquiera con un sentido del juego entiende que Neymar no estaba para el torneo. Que lo llevaron por los patrocinadores, aun a sabiendas de que iba al abismo. De que era un recuerdo lejano. En Sudamérica como en Colombia, los directivos son hacedores de dinero para unos pocos, no son hacedores de fútbol.
El fútbol europeo mira desde arriba. Allá, el césped brilla, los estadios están llenos, los jugadores salen al campo sin odio ni resquemores, los entrenadores se saludan y no niegan palabras de admiración para sus colegas, vemos fútbol abierto, dinámico, con escasas faltas, técnica depurada. Al finalizar el siglo pasado, el fútbol de Sudamérica y de Europa se equiparaban. Hoy, la brecha es enorme.
Estamos, en Sudamérica, absorbidos por la cultura mafiosa de los directivos. Un negocio solo para ellos. Controlan todo. Tienen periodistas áulicos a su favor, que actúan como influenciadores, que le venden fantasías a la gente.
Ayer veía los penales. Pobre Dávinson, con el mundial tan sobresaliente que hizo, llevado al matadero. O el ‘Cucho’ Hernández. Porque se nota que esos detalles, ese llegar a los penales, no se trabaja a fondo. Es eso de a ver quién cobra. Esa idea tan colombiana y sudamericana del a ver qué sale.
Las nubes en la ventana ya se han disipado. Veo un cielo gris, espeso, triste. Y veo al hincha colombiano, el que vive en Estados Unidos o en Canadá o el que gastó una fortuna desde Colombia, ilusionado, gritando con fervor el himno, rezando el Padre Nuestro antes de los lanzamientos de penal, lo veo con su familia, con su pequeño hijo y sus lágrimas, entrando a la cadena de lamentos de cada cuatro años, si clasificamos al mundial, que seguirá siendo su vida de abnegado hincha. Nos engañan. Son los mismos de siempre. Cuando hay preguntas de sus actuaciones, la Selección es una empresa privada. Cuando hay que vender ilusiones y llenar estadios, la Selección es de todos. Y lo peor, uno sigue ahí, a la espera, ilusionado en que la próxima vez sí se puede y que “la Sele”, término lamentable, algún día vencerá.
El de hoy será un día muy largo.



