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Flore Manfrendi

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EL AMOR ES UNA TRENZA

Dice el espejo que tengo cincuenta y dos años. Yo le creo porque no hay razón para que me mienta, aunque a veces me parece que exagera.Esta mañana me quedé mirando el pelo más tiempo del que es razonable. No por angustia —eso ya lo hice, duró aproximadamente lo que dura un mal novio—, sino con esa curiosidad de entomóloga que te da la edad cuando por fin dejas de pelearte con los hechos. Las canas. Muchas. Un mapamundi en escala de grises. Un país que no estaba en el itinerario y al que, de alguna manera, llegué.

Me acordé de Andrea. Andrea tiene cuarenta y siete años y va cada tres semanas al salón. No lo critico —tengo amigas que van a misa y tampoco las critico—, pero me contó que su colorista le dijo, mientras le aplicaba el tinte número ciento cuarenta y dos de su vida, que el secreto era no rendirse. Ella asintió. Yo habría pedido la cuenta.

¿Rendirse ante qué, exactamente?Esa es la pregunta que no me deja en paz desde hace unos años. No de manera angustiante, sino como un ruido de fondo, como el vecino que practica guitarra: ya casi no lo escuchas, pero sí, está ahí.Tengo una teoría. La gente no le teme a las canas. Le teme a lo que las canas testifican. Que estuviste. Que pasó el tiempo. Que no eres nueva. Y vivimos en una cultura que trata la novedad como si fuera una categoría moral. Lo nuevo es bueno. Lo viejo, sospechoso.Como si envejecer fuera un descuido.

Me tomó años entender que no estaba envejeciendo mal. Estaba, simplemente, envejeciendo. Que son cosas distintas. Que una implica fracaso y la otra implica haber durado, que no es poca cosa.El martes fui al supermercado. Esas cosas pasan.En la fila de la caja me di cuenta de que el hombre que tenía adelante me estaba mirando. Cuarenta y tantos, corbata floja, cara de reunión larga. Me miró dos veces. La segunda vez con esa atención diferente, la que no es automática.No hice nada extraordinario. Llevaba una botella de vino, un queso que no necesitaba y el pelo como está: gris por acá, negro por allá, completamente sin disculpas. Me miró igual.Eso también es información.

No lo digo con triunfalismo, que es el tono que usan las mujeres cuando quieren que las crean pero no quieren parecer vanidosas. Lo digo porque fue un dato. El deseo no sabe leer fechas de vencimiento tan bien como nos enseñaron. Aprende otras cosas. Se vuelve más preciso, más raro, más interesante. O a lo mejor siempre fue así y yo antes no tenía la paciencia de notarlo.

Hay una foto mía de hace quince años. Pelo negro, oscuro, uniforme. Estaba en una relación que duró tres años más de lo que debía. Sonrío en la foto con esa sonrisa de quien todavía no sabe que puede decir que no. Era más joven y era, en varios sentidos que importan, menos libre.La veo y pienso: qué bonita. Y también: qué agotada debías estar.Las dos cosas son verdad. Las dos caben en la misma foto.

Esta mañana, antes del espejo, estuve leyendo. Tengo la costumbre de leer en la cama antes de levantarme, que es uno de esos lujos que no cuestan dinero pero sí requieren haber construido una vida donde eso sea posible. Me tomó tiempo. No el hábito: la vida.Leí una frase de Toni Morrison que no era nueva para mí, pero que esta mañana aterrizó diferente. Algo sobre la libertad. Sobre cómo la libertad no es un estado sino un ejercicio. Que hay que practicarla.Cerré el libro y me fui al baño.Y ahí estaba el espejo, puntual y sin filtros, con su reporte completo.Me quedé un momento. Sin el ritual del tinte, sin el proyecto de la corrección, sin la promesa implícita de que esto es temporal, de que pronto volveré a ser otra cosa. Solo esto. Solo este pelo, esta cara, este año, este martes.

Y pensé —no como revelación, sino como quien anota algo en una lista— que quizás la libertad también tiene esto: el pelo que crece como quiere. El tiempo que no se disimula. El cuerpo que lleva el registro honesto de todo lo que has estado haciendo mientras vivías.No es valentía. No es aceptación. No es ninguna de esas palabras grandes que la gente usa cuando quiere cobrar entrada.Es, simplemente, que ya no tengo ganas de pelearme con el martes.Después me hice un café. Lo tomé de pie, mirando por la ventana. Afuera llovía un poco, de ese modo indeciso en que llueve a veces, como si tampoco estuviera muy segura.Me pareció bien.

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