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Atardescentes

La niebla mental

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Elena Villalba

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Hay días en los que uno sospecha que alguien está haciendo cambios en su cerebro sin haberle consultado. No sabemos quién. No hemos autorizado ninguna remodelación. Sin embargo, las cosas empiezan a desaparecer de los lugares donde siempre estuvieron: las palabras, los nombres, las razones por las que entramos a la cocina. Uno va caminando tranquilamente por la casa, con un propósito claro, una misión, un objetivo. Entra a una habitación y se detiene. Silencio. Mira alrededor. Examina los objetos. Busca alguna señal que le permita reconstruir los hechos. Nada. ¿A qué venía? La pregunta queda flotando en el aire, como una mosca que no encuentra por dónde salir. Uno intenta retroceder sobre sus propios pasos, reconstruir la secuencia de acontecimientos, regresar mentalmente al punto de partida. A veces funciona. Otras, la memoria se encoge de hombros y nos deja ahí, parados en mitad de la habitación, con cara de haber sido sorprendidos haciendo algo indebido. Entonces uno se devuelve y, cuando llega al lugar de origen, recuerda. ¡Claro! Venía por algo. Pero ya no se acuerda de qué.

Bienvenidos a la niebla mental. No sabemos exactamente cuándo empezó. No hubo una ceremonia de inauguración ni una carta que nos anunciara la llegada de esta nueva condición. Un día olvidamos dónde dejamos las gafas. Al siguiente, buscamos el teléfono mientras lo tenemos en la mano. Después, saludamos a alguien cuyo nombre conocemos desde hace veinte años y descubrimos, con una mezcla de vergüenza y desesperación, que nuestro cerebro ha decidido suspender temporalmente el servicio. Lo peor no es que no recordemos el nombre. Lo peor es que sabemos que lo sabemos. Lo tenemos ahí, en alguna parte, detrás de una puerta que no abre, en un cajón que se atasca, debajo de una montaña de recuerdos que nadie nos ha pedido conservar.

Sabemos quién es esa persona. Recordamos dónde la conocimos, de qué hablamos la última vez, hasta la camisa que llevaba puesta en una reunión de hace quince años. Pero su nombre, precisamente su nombre, se ha ido de vacaciones sin dejar dirección ni fecha de regreso. «¿Cómo estás? ¡Tanto tiempo!». Y uno sonríe. «¡Qué alegría verte!». Lo dice con una naturalidad admirable. Hemos aprendido a disimular. La vida nos ha enseñado muchas cosas, entre ellas a sostener conversaciones mientras nuestra memoria busca desesperadamente una palabra que debería estar disponible para entrega inmediata. A veces, la palabra aparece cuando ya no la necesitamos. Estamos hablando de otra cosa, lavando los platos o intentando dormir, y de repente surge: ¡Gonzalo! Se llamaba Gonzalo. Uno se incorpora en la cama, satisfecho. Ha resuelto el misterio. No importa que sean las tres de la mañana ni que Gonzalo lleve veinte años viviendo en otra ciudad. La memoria ha cumplido su tarea, aunque lo haya hecho fuera del horario laboral.

A cierta edad empezamos a sospechar que el cerebro tiene sus propios criterios de selección. Conserva conversaciones que nos gustaría olvidar y elimina información que necesitamos para vivir. Recordamos con una precisión escandalosa aquella vez que alguien nos hizo un comentario desagradable en 1987. Podemos reconstruir el tono, la expresión de su cara, el lugar donde estábamos y hasta la temperatura ambiental. Pero no recordamos dónde dejamos las llaves hace cinco minutos. La memoria tiene un sentido del humor bastante particular. Guarda las heridas con copia de seguridad y manda a la papelera los nombres de las personas que acabamos de conocer. Uno quisiera conversar seriamente con ella. Preguntarle cuáles son sus prioridades, qué criterios utiliza, quién le dio permiso para empezar a borrar archivos sin consultar al propietario.

Porque el cerebro es nuestro, ¿no? Al menos eso creíamos. Los atardescentes empezamos a descubrir que el cuerpo tiene una manera muy suya de recordarnos que no somos propietarios absolutos de nada. Las rodillas presentan sus objeciones, la espalda formula sus reservas, el sueño se vuelve un asunto administrativo y la memoria empieza a trabajar por prestación de servicios. Ya no todo está disponible cuando lo necesitamos. Y lo curioso es que nosotros seguimos siendo los mismos. O, por lo menos, seguimos sintiéndonos los mismos. Dentro de esta cabeza que comienza a extraviar algunas cosas todavía habita aquel que se enamoró por primera vez, el que salió a descubrir el mundo, el que creyó que la vida tenía un orden y que bastaba con portarse bien para que las cosas salieran como debían. Ese que recuerda perfectamente cómo se sentía estar vivo a los veinte años, pero puede olvidar qué fue a buscar al supermercado.

Hay una pequeña ironía en todo esto. Hemos acumulado décadas de experiencia, conocimientos, lecturas, equivocaciones, afectos, decepciones y aprendizajes. Tenemos suficientes historias para llenar varias vidas. Y, sin embargo, podemos quedarnos sin palabras frente a una pregunta sencilla. ¿Cómo se llamaba esa película? ¿Dónde puse el recibo? ¿A quién iba a llamar? ¿Qué estaba diciendo? Esta última es particularmente incómoda. Uno está hablando con alguien, desarrollando una idea que considera importante, y de pronto la frase se interrumpe. No porque haya terminado el pensamiento, sino porque el pensamiento ha decidido abandonarnos en mitad del camino. Nos quedamos mirando al interlocutor. El interlocutor nos mira. Ambos esperamos. «Se me olvidó lo que iba a decir». Y uno se ríe, como si la risa pudiera disimular la pequeña alarma que acaba de encenderse por dentro.

A veces el otro también se ríe porque le sucede lo mismo. Porque ya somos varios los que empezamos a sospechar que nuestra generación está participando, sin haberlo solicitado, en un experimento colectivo de desaparición de sustantivos. Otras veces, en cambio, el silencio se alarga y entonces aparece la pregunta que no siempre nos atrevemos a formular en voz alta: ¿será normal? La niebla mental tiene mala fama porque llega acompañada de una sospecha. Nos hace pensar en el deterioro, en la pérdida, en esa palabra que preferiríamos mantener lejos de nuestra conversación: demencia. Basta con olvidar tres cosas en una mañana para que algunos empecemos a revisar mentalmente nuestros antecedentes familiares, a buscar síntomas en internet o a preguntarnos si será el principio de algo que todavía no tiene nombre.

No es para menos. La memoria forma parte de nuestra identidad. Nos contamos a nosotros mismos a través de lo que recordamos. Somos, en buena medida, la historia que podemos reconstruir de nuestra propia vida. ¿Qué pasa, entonces, cuando esa historia empieza a presentar espacios en blanco? Conviene respirar. Los olvidos ocasionales pueden formar parte del envejecimiento normal. La atención, el sueño, el estrés, algunos medicamentos y distintas condiciones de salud también pueden afectar la memoria y la concentración. La expresión niebla mental describe una experiencia, no un diagnóstico, y no todo olvido significa que esté ocurriendo algo grave. Pero tampoco se trata de convertir la tranquilidad en una forma de negación. Si los olvidos se vuelven frecuentes, empeoran, interfieren con las actividades cotidianas o comienzan a dificultarnos tareas que antes hacíamos sin problema, vale la pena consultar al médico. También conviene hacerlo si aparecen cambios importantes en la orientación, el lenguaje o la capacidad para resolver asuntos habituales. No necesitamos asustarnos para prestar atención ni fingir que no pasa nada para conservar la dignidad.

Tal vez esa sea una de las ventajas de haber llegado hasta aquí: empezamos a entender que reconocer nuestras limitaciones no nos hace menos interesantes. Lo que nos hace daño es la obligación de aparentar que seguimos pudiendo con todo. A cierta edad, uno debería tener derecho a decir «no me acuerdo» sin sentir que acaba de presentar su renuncia a la vida. Hay algo que me inquieta más que olvidar un nombre o perder las llaves. Me inquieta la posibilidad de que, por miedo a perder la memoria, terminemos olvidándonos de vivir. Que empecemos a vigilar cada pequeño descuido, a examinar cada silencio, a interpretar cada palabra extraviada como una señal de que algo se está acabando. Que convirtamos la vida cotidiana en un examen permanente, con nosotros mismos sentados en el pupitre y una voz interior preguntando por fechas, nombres, direcciones y acontecimientos que deberíamos recordar.

¿En qué año ocurrió aquello? ¿Cómo se llamaba el presidente? ¿Dónde dejé el celular? ¿A qué vine a la cocina? No sé ustedes, pero yo no quisiera pasar la segunda mitad de mi vida presentando pruebas de que todavía merezco ser el que soy. Bastante tuvimos con los exámenes del colegio, las entrevistas de trabajo, las evaluaciones de desempeño y esa costumbre social de medirnos hasta cuando estamos descansando. Ahora resulta que también debemos examinarnos la memoria cada cinco minutos. No, gracias. Por supuesto, quiero conservar mis recuerdos. Quiero reconocer a las personas que amo, recordar las historias que me han traído hasta aquí, escribir las palabras que todavía me hacen falta y seguir descubriendo cosas que no sabía que ignoraba. Pero no quiero vivir aterrorizado ante cada olvido. Porque hay una diferencia entre estar atentos a lo que nos sucede y convertirnos en vigilantes de nuestra propia decadencia. Una diferencia enorme. Y si algo hemos aprendido los atardescentes es que el miedo también consume tiempo. A veces, demasiado.

Hace unos días entré a una habitación y olvidé a qué había venido. Me quedé quieto, mirando las cosas. El armario, la ventana, una silla con ropa encima. Nada parecía dispuesto a colaborar. Intenté recordar. Nada. Me devolví. Tampoco. Volví a entrar. El cerebro seguía sin atender mis requerimientos. Entonces me reí. No porque el asunto fuera particularmente gracioso, sino porque había algo absurdo en aquella escena: un hombre con más de seis décadas de vida, que ha trabajado, escrito, amado, perdido, discutido, aprendido y cometido suficientes errores como para fundar una pequeña república, incapaz de recordar qué demonios había venido a buscar a su propia habitación. Pensé que, si alguien me hubiera observado desde una cámara escondida, habría tenido material para un documental sobre las miserias de la condición humana. O para una comedia. Preferí la comedia. La tragedia ya tiene demasiados representantes.

Al rato recordé que había entrado a buscar un libro. Fui por él, lo encontré y regresé a mi escritorio. No era una gran hazaña. Tampoco una revelación espiritual. Apenas uno de esos pequeños episodios que antes no merecían nuestra atención y que ahora nos obligan a detenernos un instante. Quizá de eso se trate esta etapa: de aprender a mirarnos sin tanta severidad, de aceptar que algunas cosas nos cuestan un poco más mientras otras siguen sorprendiéndonos con una facilidad que no esperábamos. De entender que no somos una máquina que debe funcionar indefinidamente con las especificaciones de fábrica. Y de reírnos, cuando sea posible, de este curioso compañero de viaje que a veces nos deja plantados en mitad de una habitación: nuestro propio cerebro.

Eso sí, tampoco voy a romantizar los olvidos. Una cosa es perder las llaves y otra no saber para qué sirven. Una cosa es demorarse en encontrar una palabra y otra empezar a perder la capacidad de comunicarnos. No todo es normal, no todo es gracioso y no todo debe resolverse con una frase ingeniosa. La edad no nos obliga a vivir asustados, pero tampoco nos exime de cuidarnos. Entre la negación y el pánico hay un territorio donde todavía podemos habitar con sensatez. Me interesa ese territorio.

Hay una última cosa que he pensado acerca de la memoria. Tal vez hemos vivido tanto tiempo pendientes de recordar lo que fuimos que no siempre prestamos atención a lo que estamos siendo. Tenemos recuerdos de sobra. Algunas veces, demasiados. Sabemos cómo eran las cosas, cómo debían hacerse, cómo se vivía antes, cómo se amaba antes, cómo se hablaba antes y hasta cómo se equivocaba la gente antes. Podríamos pasarnos el resto de la vida organizando ese archivo. Pero la vida no está en el archivo. Está aquí, en la conversación que todavía podemos tener, en el libro que no hemos leído, en el abrazo que podemos dar hoy, en esa idea que acaba de aparecer y que, por favor, sería conveniente anotar antes de que nuestra memoria vuelva a declararse en huelga. Está en lo que todavía nos mueve la curiosidad, en las preguntas que no hemos resuelto, en las ganas de seguir siendo una persona que no lo sabe todo, que todavía puede cambiar de opinión y que no necesita tener una respuesta preparada para cada circunstancia.

A lo mejor no recordamos el nombre de aquel actor, pero podemos descubrir una película extraordinaria. Quizá olvidemos dónde dejamos las gafas, pero todavía podemos mirar el mundo con cierta capacidad de asombro. Y puede que, de vez en cuando, entremos a la cocina sin saber para qué. No pasa nada por detenerse un momento, respirar, mirar alrededor y, si la memoria no aparece, volver al lugar donde estábamos. Eso sí: si el olvido empieza a repetirse de una manera que nos preocupa, pidamos ayuda. No hay ninguna medalla por aguantar en silencio.

En cuanto a lo demás, me parece que hemos llegado a una edad en la que podemos permitirnos algunas imperfecciones sin pedir disculpas por existir. No necesitamos demostrar que seguimos siendo los mismos de hace treinta años. Ni siquiera necesitamos ser los mismos de ayer. Basta con seguir estando aquí, con ganas de entender un poco más esta extraña aventura que nos ha tocado vivir, aunque a veces se nos pierdan las palabras, confundamos los días o tengamos que regresar dos veces a la habitación. Aunque, en mitad de una conversación, nos quedemos mirando al interlocutor y le preguntemos: «¿Qué te estaba diciendo?». Y entonces él nos responda: «No me acuerdo. ¿Qué me estabas diciendo tú?». Y nos riamos. Porque hay días en los que la memoria nos abandona a los dos, pero todavía nos queda la complicidad. Y eso, por ahora, también cuenta.

 

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