

Todo parece indicar que en Potes, municipio de la comarca de Liébana en Cantabria, España, comenzó todo. Ahora entiendo perfectamente de dónde viene ese gusto por la música, la buena charla y, en especial, por la cocina. Si algo tiene de atractivo Potes son sus calles empedradas, llenas de recovecos y faroles, con caminos de adoquín arábigo, muchos puentes y un paisaje impresionante circundado de imponentes montañas. Pero más allá de su belleza, el pueblo se destaca también gracias a su excelente y variada gastronomía, incluidos sus deliciosos postres.
Nacido allí, Francisco se dedicó desde muy joven a diferentes oficios: por un lado, era un apasionado por los libros (los vendía); por otro, músico, trovador y, finalmente, un muy, muy buen conversador. Cuando no estaba vendiendo, deleitaba a los lugareños con sus increíbles pero maravillosas historias, algunas de ellas aprendidas gracias a las páginas que devoraba de sus libros, antes de ofrecerlos al público. En la noche, su guitarra lo acompañaba en algún bar o restaurante para cautivar a bohemios y comensales con relatos cantados o, sencillamente, con canciones alegres y entretenidas. Así transcurrió gran parte de su juventud.
A Francisco la treintañez le llegó acompañada del olvido. De un momento a otro, se vio caminando calmadamente y con algo de melancolía por los mismos rincones que antes recorría con tanta vitalidad. Los transeúntes, siempre apurados, parecieron borrar su nombre de la memoria del pueblo. Sin embargo, al caer el sol, sacaba de su estuche una guitarra tan trajinada y experimentada como él mismo para ganarle el pulso al silencio. Cuando sus curtidos dedos tocaban las cuerdas, ya no interpretaba las coplas de su natal Liébana; ahora cantaba tonadas nostálgicas sobre un lejano país en América que, poco a poco, terminó por adueñarse de su canto.
Y es que el destino es terco. Persiguiendo el eco de sus propias melodías, Francisco decidió aventurarse: cruzó el océano y viajó a ese país enclavado en los Andes, directo a sus entrañas. Su porvenir no solo venía escrito en música, sino también en sabores, y fueron ambos talentos los que sellaron su suerte en el nuevo continente.
Ya establecido en la capital, los primeros tiempos no fueron sencillos. Tuvo que acostumbrarse al frío de la Sabana, a la llovizna interminable y al ritmo de una ciudad que le resultaba inmensa y ajena en comparación con su pequeño pueblo natal. Al principio caminaba por el centro histórico sintiéndose un extraño, pero su chispa de conversador nato lo empujó a abrirse paso. Decidió entonces montar un pequeño restaurante. En este modesto rincón, Francisco empezó a mezclar sus raíces con el entorno; se ganaba el sustento sirviendo platos tradicionales y, cuando el negocio estaba lento, sacaba la guitarra para entonar melodías que llamaban la atención de los transeúntes. Poco a poco, la gente empezó a frecuentar el lugar, atraída por la curiosidad de aquel extranjero que sazonaba los guisos con la misma pasión con la que cantaba.
Fue precisamente el eco de su guitarra el que atrajo a Isabel. Una tarde gris, de esas que invitan a buscar refugio, ella pasaba por el lugar y se detuvo en el umbral de la puerta, cautivada por una tonada que sonaba a nostalgia. Al ver entrar a aquella distinguida mujer, Francisco dejó a un lado el instrumento para atenderla él mismo, rompiendo el hielo con su inigualable labia de buen conversador. Aquel primer encuentro dio paso a una invitación formal, y muy pronto él descubrió que para ganarse definitivamente su corazón hacía falta una perfecta combinación de acordes y buena sazón. Con los días y de vez en cuando al caer la tarde, Francisco la esperaba con una mesa reservada en el sitio más especial, donde primero la deleitaba con el aroma de sus guisos tradicionales y aquellos deliciosos postres que traía grabados en la memoria desde Potes. El toque final llegaba justo después del último bocado: era entonces cuando tomaba su guitarra y, con una voz sazonada por los años, interpretaba para ella románticas tonadas. Isabel cayó rendida, completamente enamorada tanto del sabor de sus platos como de la dulzura de sus canciones.
Ahora entiendo que de ese idilio, entre las notas de la guitarra y el aroma de la buena mesa, nació algo mucho más grande. Al casarse con Isabel, Francisco no solo echó raíces en la fría capital, sino que allí mismo nació la familia. Deduzco al mirar atrás que, en honor a aquella comarca lejana que lo vio partir, el viejo trovador nos legó su procedencia grabada en el nombre; es ahí donde comienza el origen de mi apellido, un linaje que desde ese momento y para siempre quedó ligado a nuestra propia historia… historia que hasta ahora comienza.
Cualquier parecido con la realidad… no es coincidencia.
Autor: Koco Liévano



