Dicen que recordar es vivir. Y a cierta altura del edificio —cuando uno ya habita oficialmente el 7º piso— la frase deja de ser cliché y se vuelve necesidad. Por estos días recordé a uno de mis deportes predilectos: el béisbol.
Volví a la voz de Mike Schmulson narrando inning tras inning; a los Mets contra los Yankees, los Cardinals contra los Indios de Cleveland; al suspenso entre el safe y el out —de ahí debió nacer el “quieto en primera, mi brother”— y, sobre todo, a esa sentencia que todavía me eriza la piel: “la bola se va, se va, se va… y se fue”. Base por bola, no pase por bola (traducción libre: eso le pasa por guevón). Extra inning es otra entrada —no como las del menor de mis hermanos—. Roletazo va, roletazo viene. Música pura.
Y entonces la memoria hizo lo suyo: regresé al barrio El Polo Club, en Bogotá. A la carrera 30 con 85. A mi cuadra. Corría 1966 y la felicidad cabía en una tarde. Jugábamos banquitas, ponchados con las niñas, tarro —nuestra versión criolla de las escondidas—. Saltábamos de árbol en árbol por la carrera 24, desde la 88 hasta la incipiente avenida 80. No hubo pino, urapán ni cerezo que se salvara. Los árboles saben lo que en su follaje ocurrió.
Hasta que llegaron ellos.La noticia corrió como pólvora: los hermanos Rodríguez (apellido cachaquísimo por cierto) venían de Montería, la capital del béisbol y las “checas”. ¡No jooda! No habían desempacado los chiros cuando ya estaban calentando manilla y bola tesa, dura como piedra. Eran selección infantil y juvenil de Córdoba. Palabras mayores.
El menor, flaco, tumbalocas, tiraba esa bola como si le debiera plata (hoy abogado exitoso). El mayor, sonrisa generosa —de pretil a pretil, como diría Sánchez Juliao—, sabio y gran bateador (arquitecto exiliado). Con ellos se acabó el recreo y empezó la cosa seria.
La 30, la 27 y la 85 se transformaron en diamantes. Las canchas de fútbol junto a la iglesia fueron nuestro estadio mayor. Vacaciones completas, de nueve a cinco, con pausa para el lunch. Aprendimos que la manilla de primera no es la del short stop ni la del catcher; que el left, el right y el center field no tenían filiación política alguna; y que un clásico contra Pasadena o La Castellana podía paralizar el barrio.
Llegaron los 70’s. Ni Travolta ni los Bee Gees, ni siquiera el parque del caño —hoy rebautizado Parque El Virrey— pudieron borrar aquellos partidos de beisboll. El puente del bollo fue testigo de batazos memorables y carreras suicidas hacia home.
Porque todo pasa y todo queda, pero lo nuestro fue el béisbol.
Si alguien lo duda, que le pregunte a Altamar, ese man venido de Curramba y hoy cachaquizado. Una tarde, en plena 85, me lanzó una curva interna a quemarropa. No la vi. O no quise verla. La bola terminó incrustada en el ventanal más grande de los Rodríguez.
Silencio.
—¡Corra, brother, corra!
Y el man se va, se va, se va y se fue.
Con los años entendí que no fue el vidrio roto lo que quedó sonando, sino el eco del batazo. El barrio cambió, el parque tiene otro nombre, los árboles crecieron y nosotros también. Pero cada vez que escucho que la bola “se va, se va…”, regreso a esa tarde en la 85.
Al viejo Jimmy.



