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Ya no tendremos nietos

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CULTURA

Hay algo perturbador en mirar las cifras del DANE como quien mira una radiografía y descubre que el paciente está peor de lo que cualquiera imaginaba. Colombia no solo está dejando de tener hijos: los está dejando de tener a una velocidad que hace quedar cortos todos los pronósticos, todas las proyecciones, todos los modelos que algún tecnócrata construyó pensando que las cosas cambiarían poco a poco, con la parsimonia de siempre.

Pero no. Aquí no hay parsimonia. En 2023, los nacimientos cayeron un 10,1% respecto al año anterior. Uno esperaría que algo así fuera el fondo, el punto de quiebre. Pero 2024 llegó con una caída aún más brutal: 13,7%. Y ahora, con las cifras preliminares de 2025, queda claro que esto no es un bache en el camino. Es el camino.

La tasa global de fecundidad —ese numerito que mide cuántos hijos tiene en promedio una mujer durante su vida— está cerca de 1,2. Para que un país mantenga su población estable, necesita 2,1. Colombia está tan lejos de ese número que pareciera que alguien apagó un interruptor.

Y ojo: en Bogotá y Medellín la cosa es todavía más dramática. Ahí la tasa está por debajo de 0,9. Menos de un hijo por mujer. Eso significa que la siguiente generación va a ser menos de la mitad que la actual. No es ciencia ficción. Es el certificado de defunción demográfico de las grandes ciudades.

Cuando uno escucha a las mujeres jóvenes —y sí, son sobre todo ellas las que están tomando estas decisiones—, lo que aparece no es frivolidad ni egoísmo. Es una especie de matemática cruel.

Criar un hijo en Colombia puede costar entre 385 millones y 2.250 millones de pesos, según un estudio de la Universidad Manuela Beltrán. Depende del estrato, claro. Pero incluso en el extremo más bajo, la cifra es obscena para un país donde el salario promedio anda por los dos millones mensuales.

Entonces la pregunta no es tanto “¿por qué las mujeres no quieren tener hijos?”, sino “¿cómo podrían?”. Porque además del dinero está todo lo demás: la vivienda que nunca se alcanza a comprar, el trabajo informal que no da garantías, la sensación de que el futuro es una ruleta rusa económica.

Y está también —porque esto hay que decirlo— el miedo a quedarse sola en la crianza. En los foros, en las conversaciones, en las encuestas, aparece una y otra vez el mismo fantasma: el del “padre inútil”, el que está pero no está, el que ayuda pero no se hace cargo. Las mujeres saben que la carga mental, emocional y operativa de criar va a caer sobre ellas. Lo saben porque lo vieron en sus madres, en sus tías, en sus amigas mayores.

Así que dicen: no, gracias.

Hay un giro cultural que no se puede ignorar. Antes, no tener hijos era algo que había que justificar, casi que disculpar. Ahora, para muchas mujeres jóvenes, es un acto de resistencia. De autonomía. De dignidad, incluso.

El movimiento NoMo (Not Mothers) y la postura Childfree han dejado de ser una rareza de internet para convertirse en una opción legítima, conversada, cada vez más normalizada. Y no es que estas mujeres odien a los niños o sean unas egoístas sin corazón, como les gusta pensar a ciertos columnistas nostálgicos. Es que decidieron que su vida no tiene que girar alrededor de la maternidad.

Hay una frase que se repite: “No quiero ser la generación sándwich”. Es decir, la que tiene que cuidar a los padres ancianos porque el Estado no lo hace, y al mismo tiempo criar hijos pequeños. Es una trampa perfecta. Y muchas mujeres están diciendo: prefiero no entrar.

Lo irónico es que al renunciar a tener hijos para no cargar con esa doble responsabilidad, se condenan a una vejez sin red de apoyo familiar. Pero claro, en un país donde las pensiones son un chiste y el sistema de salud una lotería, tal vez esa red nunca existió de verdad.

Aquí viene la parte incómoda del debate. En 2022, la Corte Constitucional despenalizó el aborto hasta la semana 24. En 2024, más de 56.000 mujeres accedieron a servicios de aborto seguro. El 90% lo hizo con medicamentos, antes de la semana 12.

Los estudios muestran que la despenalización reduce la tasa de natalidad entre un 5% y un 6%. Pero —y esto es clave— no es que el aborto esté “matando” la natalidad. Es que está eliminando los nacimientos no deseados. Los que ocurrían porque no había opción. Los que condenaban a mujeres a proyectos de vida que nunca eligieron.

Vista así, la caída de la natalidad no es solo un problema demográfico. Es también una corrección: ahora la tasa de natalidad real se parece más a la tasa de natalidad deseada.

Pero hay otra lectura, más oscura. Y es que la decisión de no tener hijos también refleja una desprotección profunda. Muchas mujeres dicen: “No quiero traer un hijo a este país”. A esta violencia. A esta pobreza. A esta incertidumbre climática y económica. En ese sentido, la baja natalidad es una acusación. Un voto de no confianza en el futuro.

Y mientras todo esto pasa, hay otro fenómeno silencioso pero devastador: la emigración masiva de jóvenes. Más de 500.000 colombianos al año están saliendo del país. Y son precisamente los que tienen entre 18 y 35 años. Los que podrían estar teniendo hijos aquí.

Cuando un joven de 25 años emigra a España o Estados Unidos, no solo se resta uno. Se restan también todos los hijos que habría tenido en las próximas dos décadas. Es una hemorragia demográfica compuesta.

Durante un tiempo, la migración venezolana compensó un poco la caída. Pero ese efecto ya se diluyó. Las migrantes venezolanas terminan adoptando los mismos patrones reproductivos de las colombianas: pocos hijos o ninguno.

Colombia está a punto de envejecer antes de enriquecerse. Esa es la frase que usan los economistas cuando un país entra en esta trampa demográfica. La fuerza laboral se va a encoger. Las pensiones van a colapsar. El sistema de salud va a tener que atender a cada vez más ancianos con cada vez menos trabajadores cotizando.

Y no hay solución fácil. Porque esto no se arregla con campañas natalistas ni con subsidios a las familias ni con discursos moralizantes sobre el valor de la maternidad. Esto se arregla —si es que se arregla— con transformaciones profundas: con equidad en el cuidado, con seguridad económica real, con vivienda accesible, con un país donde proteger la vida signifique algo más que un eslogan.

Mientras tanto, las cifras seguirán cayendo. Y Colombia seguirá siendo el país que dejó de nacer.

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