Un poeta

Óscar Restrepo tiene 56 años, vive con su madre y ya nadie lo invita a leer en los bares de Medellín. No porque lo hayan olvidado —eso requeriría que alguien lo hubiera recordado— sino porque los últimos eventos en los que apareció terminaron, de un modo u otro, en bochorno. Lo echan. Se va tambaleando.