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Un poeta

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Juliana Rodríguez

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CULTURA

Óscar Restrepo tiene 56 años, vive con su madre y ya nadie lo invita a leer en los bares de Medellín. No porque lo hayan olvidado —eso requeriría que alguien lo hubiera recordado— sino porque los últimos eventos en los que apareció terminaron, de un modo u otro, en bochorno. Lo echan. Se va tambaleando. Al día siguiente no hay poema, solo resaca y el mismo espejo de siempre.

Simón Mesa Soto encontró en ese hombre —ficticio, pero reconocible hasta el dolor— el personaje central de Un Poeta, su segundo largometraje, que llegó a las salas colombianas en agosto del año pasado con más de 200.000 espectadores y un Premio del Jurado de Un Certain Regard en Cannes en el equipaje, donde el director ya tiene historia desde que en 2014 ganó la Palma de Oro de cortometrajes con Leidi, siendo entonces un estudiante con menos de treinta años.

Lo que sorprende de Un Poeta no es que cuente una historia de fracaso —eso lo hace la mitad del cine de festival del mundo— sino la temperatura con la que lo hace. Mesa Soto no llora con Óscar ni lo pone en un pedestal de mártir cultural. Lo observa. Lo deja actuar mal. Le encuentra gracia. Y cuando el personaje encuentra a Yurlady, una estudiante de bachillerato con talento para la escritura pero sin ningún interés en que ese talento la salve, la película se convierte en algo más retorcido y honesto que una historia de redención.Óscar quiere salvarse a través de ella. Eso, claro, lo arruina todo.

La película fue rodada en 16mm, una decisión que en manos de otro director sonaría a capricho de cinéfilo, pero que acá tiene sentido físico: el grano de la película se pega a los barrios, a las caras sin maquillaje, a la luz de tarde en Medellín que no pide permiso.

El tono oscila entre la incomodidad y la carcajada nerviosa. Alguien en una sala de cine dijo que había momentos que parecían The Office pero ambientados en una tertulia de poetas de barrio, y la descripción no está tan lejos. Mesa Soto usa la cámara  con intención irónica, el jazz entra en momentos donde no debería, y hay una secuencia con un embajador holandés que es, al mismo tiempo, una comedia de situación y una crítica feroz al modo en que Europa financia el arte latinoamericano: busca miseria con subtítulos, no literatura.

El director lo ha dicho en entrevistas con una franqueza que incomoda un poco: la película también es sobre él. Sobre lo que significa ser un cineasta colombiano al que Europa financia para que cuente tragedias, sobre la incomodidad de encajar en el molde del “artista deprimido del sur global” para conseguir que la película exista. Reírse de eso requiere cierto valor, o cierta lucidez, que en el fondo es lo mismo.

En Rotten Tomatoes, el 100% de las reseñas de los críticos son positivas. No es un dato menor para una tragicomedia colombiana sobre un borracho que enseña poesía. El consenso que articuló el sitio habla de una actuación brillantemente incómoda de Ubeimar Ríos —actor sin formación académica, que carga 124 minutos de película sobre la espalda con una naturalidad que asusta— y de la capacidad de Mesa Soto para usar el arquetipo del artista atormentado para construir algo tan oscuramente gracioso como genuinamente conmovedor.

En la temporada de premios el recorrido fue agridulce, que es quizás el adjetivo más honesto para describir cómo se mueve el cine de autor colombiano en el mundo. Premio del Jurado en Cannes, mejor película latinoamericana en San Sebastián, el Bright Horizons Award en Melbourne, mejor largometraje y mejor dirección en el SANFIC de Chile RevistaDC, Golden Star en El Gouna. Y 80 salas en Francia, donde la película llegó a 20 ciudades antes de que terminara el año.

Pero cuando la Academia colombiana la envió como candidata al Oscar, la película no logró entrar en la lista de nominadas Wikipedia. No es la primera vez —desde Pájaros de Verano en 2018 Colombia no supera ese escalón— y el análisis de quienes siguen el circuito sugiere algo tedioso pero cierto: Hollywood tiene sus propios gustos, y una tragicomedia sobre un poeta borracho no encaja tan bien como un drama de crisis humanitaria.

Los Goya de febrero en Barcelona fueron otra cosa. Nominación a Mejor Película Iberoamericana, compitiendo contra la argentina Belén —que se terminó llevando el galardón, dirigida por Dolores Fonzi Infobae— y contra títulos de Chile, Brasil y Costa Rica. No se fue con el busto, pero la presencia sola en esa terna ya dice algo sobre dónde está parado Mesa Soto dentro del cine en español.Los Spirit Awards de cine independiente también la nominaron, marcando el regreso del cine colombiano a esos premios una década después de El abrazo de la serpiente.

En Colombia, la cifra final de espectadores superó las expectativas de cualquier película de este tipo. Más de 200.000 personas fueron al cine a ver a un hombre al que le va mal en todo y que, cada vez que intenta hacer algo bien, termina haciéndolo peor. Eso dice algo sobre el país, o sobre el personaje, o sobre las dos cosas al tiempo.

Un Poeta se puede ver ahora en plataformas digitales, y su estreno en salas de España estaba programado para la primavera. Para quienes la vieron en Colombia el año pasado, ya saben lo que es quedarse en la butaca cuando aparecen los créditos, no por emoción desbordada sino porque el personaje deja flotando una pregunta que no es fácil sacudirse: si Óscar hubiera tenido menos pretensiones y más honestidad, ¿habría escrito mejores poemas? ¿O simplemente habría sido más feliz, que no es lo mismo pero a veces es más importante?Mesa Soto no responde eso. Esa es, probablemente, su mayor virtud.

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