Hay un número que debería estar en la primera plana de todos los periódicos y no está: 101. Ese es el total de adultos mayores que se quitaron la vida en Colombia durante enero y febrero de este año. No en doce meses. En dos. Un incremento del 31,2% frente al mismo período del año anterior, según el más reciente boletín de Medicina Legal. Y detrás de casi todos esos casos hay una historia que se repite: alguien que vivía solo, que había dejado de importarle a alguien, que ya no tenía a quién llamar.
Colombia no tiene una crisis de salud mental. Tiene varias. Pero hay una que atraviesa todas las demás y que rara vez aparece así, con ese nombre, en los diagnósticos clínicos: la soledad. No la soledad de los poemas ni la de los fines de semana largos. La soledad crónica, la que se instala en el cuerpo, la que inflama, la que pudre la memoria, la que a veces termina exactamente como esos 101 casos.
La Organización Mundial de la Salud lleva años intentando convencer a los gobiernos de que la soledad no es un problema emocional sino un determinante estructural de la salud: algo tan medible y tan letal como el sobrepeso o la hipertensión. Sus propias cifras, publicadas este año, hablan de 871.000 muertes anuales atribuibles a la falta de conexión social. Cien personas por hora. Más de dos al minuto. Y nadie sale a marchar por eso.
En Colombia el retrato tiene sus propios colores. Para empezar, la paradoja generacional: la soledad no es un problema de viejitos encerrados, aunque los viejitos encerrados paguen el precio más alto. El 27% de los adultos entre 19 y 29 años dice sentirse solo con regularidad. Son personas que tienen Instagram, TikTok, grupos de WhatsApp, y aun así describen su vida social como un escenario vacío. No es contradicción: es exactamente lo que los investigadores llevan una década documentando bajo el nombre de “paradoja digital”. Más conexiones superficiales, menos vínculos que sostengan algo de peso.
Entretanto, los mayores de 65 cargan con la versión más brutal del problema. Uno de cada cinco vive en condiciones de pobreza monetaria. Más de un millón y cuarto son víctimas reconocidas del conflicto armado. Y el hogar —que debería ser el refugio— es también el lugar donde ocurre el 25,4% de las lesiones no fatales en esa población. Hay ancianos a quienes la familia los tiene, pero no los cuida. Eso también es soledad, y de la peor.
La ciencia que respalda todo esto ya no es nueva, pero sigue siendo impresionante cada vez que se lee con cuidado. Lo que pasa en el cuerpo de una persona que vive sola y se siente sola no es solo tristeza: es una activación sostenida del eje de estrés, niveles crónicamente altos de cortisol, inflamación de bajo grado que daña neuronas, aceleramiento del envejecimiento celular. Estudios de resonancia magnética del año pasado encontraron que los individuos con alta soledad emocional tienen una reactividad aumentada en el hipocampo ante cualquier señal de rechazo social. El cerebro literalmente se vuelve más frágil. El riesgo de demencia aumenta un 50% en adultos mayores con aislamiento crónico. El de accidente cerebrovascular, un 32%.
En Bogotá, las localidades de Antonio Nariño y Barrios Unidos concentran las tasas más altas de ideación suicida entre adultos mayores. El 40% de los casos se registra en estratos 3 y 4 — no en la pobreza extrema, sino en esa franja media donde la gente tiene demasiado para pedir ayuda y muy poco para pagar por ella.
En junio del año pasado Colombia sancionó la Ley 2460, la reforma más ambiciosa en salud mental desde 2013. Sus avances son reales: una subcuenta presupuestal exclusiva para salud mental dentro del Presupuesto General de la Nación, acceso directo a psicología sin necesidad de remisión médica, educación emocional obligatoria en colegios, un protocolo de respuesta inmediata para conducta suicida llamado Código Dorado. Son cosas concretas. Son necesarias. Y aun así, Colombia sigue teniendo dos psiquiatras por cada 100.000 habitantes. La ley es buena; la infraestructura que debería ejecutarla es otra historia.
Si alguien todavía necesita un argumento económico para convencerse de que esto importa: los trastornos mentales le han costado al país aproximadamente 56.500 millones de dólares en la última década. No es solo el gasto en medicamentos y consultas. Es la productividad perdida, el ausentismo laboral, la discapacidad, los años de vida que se van antes de tiempo. Y los planes médicos proyectan un aumento del 9,4% en costos para este año, impulsado en buena parte por enfermedades crónicas cuyo detonante más silencioso es, precisamente, la salud mental deficiente.
En algún momento Colombia va a tener que decidir si la soledad es un asunto privado o un problema de salud pública. Los 101 adultos mayores de enero y febrero no murieron de vejez. Murieron, en muchos casos, de abandono. De esa forma particular de invisibilidad que ocurre cuando una persona lleva semanas sin que nadie la llame por su nombre.












