Hay fuegos que se apagan sin hacer ruido. No hay tragedia, no hay ruptura, no hay un día exacto en el calendario en que uno pueda decir “aquí se acabó”. Simplemente, un día el café sabe igual pero no entusiasma, la conversación fluye pero no enciende, el cuerpo responde pero sin ganas. Y entonces uno entiende —tarde, como se entienden casi todas las cosas importantes— que la vida no se apaga: se descuida.Porque el fuego no se mantiene solo.
Durante años nos enseñaron a apagar incendios: ser prudentes, no exagerar, no meternos en problemas, no sentir demasiado. Una educación impecable para sobrevivir… y profundamente inútil para vivir. A cierta edad, uno descubre que el verdadero riesgo no era arder, sino enfriarse.Y enfriarse es cómodo.
Nadie discute con quien ya no insiste. Nadie contradice a quien dejó de desear. Es una paz sospechosa, una calma que se parece más a la renuncia que a la serenidad. Como esas brasas que parecen tranquilas pero que, si uno se acerca, ya no tienen calor.Ahí es donde aparece la pregunta incómoda de esta semana: ¿qué estás dejando de alimentar?
No se trata de grandes gestos. Nadie está pidiendo incendios forestales ni revoluciones tardías. Se trata, más bien, de pequeños actos de terquedad vital. Volver a una música que todavía te desarma. Llamar a alguien con quien la conversación no es correcta, sino verdadera. Defender una idea aunque no esté de moda. Permitirse un entusiasmo sin pedir permiso.Echarle leña al fuego es eso: insistir.
Insistir en lo que todavía tiene chispa, aunque no sea práctico. Aunque no sea rentable. Aunque alguien —siempre hay alguien— sugiera que ya no es edad para esas cosas. Como si el deseo tuviera fecha de vencimiento, como si la curiosidad fuera un lujo de los jóvenes.
Hay una forma elegante de apagarse: volverse razonable. Explicar todo, justificar todo, medir todo. Convertir la vida en una suma de decisiones correctas que no llevan a ninguna parte. Y sin embargo, hay otra forma —menos ordenada, más incómoda— de seguir vivo: proteger el fuego, incluso cuando molesta, incluso cuando desordena.Porque el fuego, cuando está bien cuidado, no destruye: ilumina.
No es rabia, no es ansiedad, no es ruido. Es otra cosa. Es una energía que no pide permiso pero tampoco arrasa. Una claridad que se siente en el cuerpo, como si algo adentro dijera “por aquí todavía hay camino”.La viga maestra de esta semana podría ser esta: no dejes que la vida se mantenga en piloto automático; aliméntala.
Eso implica elegir. No todo merece leña. No todas las discusiones valen el desgaste. No todas las nostalgias necesitan ser revividas. Hay fuegos que conviene dejar morir. Pero hay otros —pocos, esenciales— que necesitan cuidado diario.
Un gesto. Una palabra. Una decisión que no estaba en el guion,porque al final, y esto se aprende sin manual, la vida no se conserva: se aviva.Y si uno escucha bien, todavía hay algo adentro pidiendo más fuego.











