Sofía se fue un jueves de octubre. No un día especial, no una fecha que uno pueda convertir después en aniversario del dolor. Un jueves cualquiera, con tráfico en la ochenta y cinco y olor a lluvia reciente en el apartamento.Dejó las llaves sobre la mesa del comedor. No en el gancho donde siempre las colgaba, sino sobre la mesa, que era una manera de decir: esto ya no es mío, esto ya no requiere orden.Yo estaba en la cocina. Lo supe antes de verla salir.
Dos años no es mucho tiempo cuando uno tiene sesenta y dos. Es un parpadeo. Es el tiempo que tardé en darme cuenta de que el café de las mañanas sabe diferente cuando uno lo toma solo, no porque uno prefiera compañía, sino porque durante cuatro meses lo tomé mirando a alguien que leía con el ceño levemente fruncido, y ahora ese ceño fruncido hace falta sin que yo lo haya pedido.
El duelo a esta edad no es el mismo animal que a los treinta. A los treinta uno llora con más ruido y se recupera con más velocidad. Hoy, el duelo es más silencioso y más persistente. Se instala. Ocupa una silla. Come con uno.Los primeros meses hice lo que hace la gente de mi generación cuando no sabe qué hacer con una emoción: trabajé más. Acepté proyectos que no me interesaban. Llamé a amigos que no había llamado en años y hablé de todo menos de lo que me pasaba, que es una forma sofisticada de la soledad.
Mi hija, me dijo en un diciembre: “Papá, no tienes que fingir que estás bien. Pero tampoco tienes que fingir que estás mal.”Le dije que estaba bien.Me miró como se mira a alguien que acaba de mentir con mucha seguridad.
Sofía y yo nos conocimos tarde. Eso también importa. Cuando uno se conoce en plena atardescencia, como fue nuestro caso, no llega limpio. Llega con historia, con manías consolidadas, con una forma de doblar las sábanas que no es negociable y con ex parejas que ya tienen nombre y apellido en la memoria del otro antes de la segunda cita.
Llegué con un matrimonio de veinte años, tres años de separación y una relación intermedia que fue básicamente un error bien intencionado. Ella llegó con dos relaciones largas, una hija en Alemania y la certeza, me dijo una vez, de que a su edad el amor tenía que justificarse más. “Ya no puedo darme el lujo de equivocarme por romanticismo”, dijo. Y yo lo entendí, o creí entenderlo.
Funcionamos bien al principio. Esa frase, “funcionamos bien”, es la más triste del vocabulario de las parejas maduras, pero es la más honesta. A esta edad no se dice “nos enamoramos perdidamente”. Se dice “funcionamos”, que quiere decir: nos respetamos, nos reímos de las mismas cosas, no nos aburríamos, y eso, a esta altura, no es poco.
Al segundo mes empezó lo más difícil. No por peleas grandes —esas las sabemos esquivar, los de nuestra generación hemos aprendido a pelear con más elegancia y menos verdad. Sino por algo más sutil y más dañino: la distancia que se instala sin que nadie la invite, esa brecha que aparece entre dos personas que están bien pero no están del todo presentes.
Yo me perdía. Eso siempre lo supe. Me perdía en el trabajo, en mis pensamientos, en esa tendencia que tengo a volverme un poco invisible incluso para mí mismo. Y Sofía —que era una persona que necesitaba ser vista, no de manera exigente sino de manera legítima, como cualquier ser humano— empezó a notar mi ausencia antes de que yo notara que me había ido.El problema con los descuidos es que no se sienten como decisiones. Se sienten como nada. Y esa es exactamente su peligro.
Me lo dijo una noche de agosto, dos meses antes de irse. Estábamos viendo algo en televisión —no recuerdo qué, que ya es diciente— y de repente ella apagó el televisor y me dijo: “A veces siento que estás aquí de visita.”Me quedé callado el tiempo suficiente para que el silencio dijera lo que yo no dije.”No es una acusación”, aclaró. “Es una observación.”
Y ahí estaba el problema. Que tenía razón y yo lo sabía y aun así no supe cómo cruzar esos dos metros que nos separaban en el sofá y decirle algo verdadero. Dije algo razonable, algo sobre el estrés del trabajo, algo que no era mentira pero tampoco era lo que ella necesitaba escuchar.Ella asintió. Volvió a prender el televisor.Esos dos meses fueron los más amables y los más fríos de nuestra relación. Como cuando sabe que algo se acaba y los dos lo saben y ninguno dice nada porque decirlo haría que fuera real.
El jueves de octubre llegó solo. Como llegan estas cosas.No hubo discusión final, no hubo el gran momento catártico que las películas prometen. Solo la maleta que ella había empacado con una eficiencia que me resultó, retrospectivamente, muy reveladora. Había pensado esto con tiempo. Yo no lo había pensado en absoluto.Me dijo que no era que no me quisiera. Me dijo que era que querer a alguien que no está del todo presente es un trabajo agotador, y que a su edad ya no tenía energía para ese trabajo.Quise decirle que podíamos arreglarlo. Que yo podía estar más presente. Pero lo pensé dos segundos y me callé, porque habría sido una promesa hecha desde el miedo y no desde el convencimiento, y los dos lo sabríamos, y eso habría sido peor.
Las llaves sobre la mesa. El sonido de la puerta.Yo en la cocina, con el café ya frío.
Han pasado dos años. He pensado muchas veces en lo que dijo: que yo estaba ahí de visita.Lo que no le pregunté —lo que no me pregunté a mí mismo con suficiente honestidad hasta hace relativamente poco— es de dónde venía esa ausencia. No el síntoma sino la raíz. Y lo que encontré, cuando por fin me detuve a mirar, no fue particularmente dramático ni revelador en el sentido literario. Fue simplemente esto: que yo llevaba años siendo muy bueno en las cosas que se miden y muy malo en las que no. Que había aprendido a ser productivo, a ser responsable, a ser confiable, y que en algún momento confundí eso con estar presente. Que hay una diferencia enorme entre cumplir y habitar.No sé si eso es una epifanía o simplemente lo que pasa cuando uno tiene tiempo, quietud y suficiente café malo para pensar sin interrupciones.
Sofía está bien. Lo sé porque tenemos amigos comunes que mencionan su nombre con la ligereza de quien habla de alguien que está bien. No la he llamado. Ella no me ha llamado. Eso también es una forma de respeto, o quizás de cobardía, o quizás las dos cosas al mismo tiempo, que es donde suelen vivir las verdades a esta edad.
A veces, en las mañanas, cuando el apartamento está en silencio y el café se hace solo y afuera Bogotá empieza su ruido habitual, pienso en ese ceño fruncido sobre el libro.Y pienso que la próxima vez —si es que hay próxima vez, que a mi edad no puede dar por sentado— voy a intentar estar aquí de verdad.No de visita.













