Llegó un martes. No un viernes con vino y excusas bien ensayadas, sino un martes a las tres de la tarde, cuando él estaba en pantaloneta viendo un documental sobre la construcción del Canal de Panamá y comiendo maní directamente del tarro. Sonó el timbre y él pensó: el gas. Abrió la puerta y era Lucía.
Estaban separados hacía dieciocho meses.
—Pasaba por aquí —dijo ella.
El apartamento quedaba en el piso once de un edificio sin salida al otro lado de la ciudad. Nadie pasa por ahí. Él lo sabía. Ella sabía que él lo sabía. Y aún así los dos fingieron que era una frase aceptable mientras él buscaba dónde poner el tarro de maní y no encontraba ningún lugar digno.
Lucía se había ido en octubre, que en Bogotá es el mes de la lluvia insistente y los ánimos frágiles. No se fue gritando ni tirando puertas —eso habría sido más fácil de archivar—, sino con esa calma quirúrgica que tienen las personas que llevan meses tomando una decisión y por fin la ejecutan. Dejó las llaves sobre la mesa del comedor, al lado de un florero que nunca le gustó pero que nunca mencionó que no le gustaba, y dijo que necesitaba espacio para pensar quién era sin él.
Mario, que así se llamaba, respondió que de acuerdo. No porque lo sintiera, sino porque a su edad ya uno sabe que hay frases que no tienen respuesta útil, y necesito espacio para pensar quién soy es una de ellas.
Los primeros meses fueron extraños de una manera que él no supo nombrar bien. No era tristeza exactamente. Era más como el ruido de fondo que hace una nevera vieja: constante, levemente molesto, completamente ignorable si uno se concentra en otra cosa. Reorganizó los libros. Aprendió a hacer ceviche. Empezó a dormir en la mitad de la cama como los vivos, no arrinconado como los culpables.
Lucía, por su parte, se fue a vivir a casa de su hermana en Medellín. Esto él lo supo porque el mundo ya no tiene secretos geográficos cuando hay Instagram y amigos comunes con poca discreción. La vio en fotos: con el pelo diferente, más corto, con esa expresión de alguien que está disfrutando y además necesita que se note que está disfrutando.
Le pareció bien. Le dolió. Las dos cosas al tiempo, que es como operan la mayoría de los sentimientos reales.
En el apartamento, ese martes, ella aceptó un tinto y se sentó en el sofá grande, el que siempre fue de los dos pero que en la práctica había sido de ella porque a él no le gustaba la televisión desde ese ángulo. Él se sentó en la silla frente a ella, que era donde siempre se sentaba, y por un momento el apartamento pareció no saber que había pasado algo.
Hablaron del clima, que en Bogotá siempre es una opción. Hablaron de la hermana de ella, que había tenido un bebé. Hablaron de un restaurante nuevo en Usaquén que supuestamente valía la pena. Fue una conversación perfectamente intrascendente durante veinte minutos, y los dos sabían que era un calentamiento, y los dos fingían que no.
Fue ella quien rompió.
—Cometí un error —dijo, mirando el tinto.
Mario pensó varias cosas casi simultáneamente. Pensó que esa frase también era un clásico sin respuesta útil. Pensó que ella se veía bien, que el pelo corto le funcionaba. Pensó en el documental del Canal de Panamá y en que nunca iba a saber cómo terminaba. Pensó, con cierta vergüenza, que una parte de él había estado esperando exactamente este momento durante dieciocho meses y que ahora que llegó no sabía si quería que hubiera llegado.
—¿Qué clase de error? —preguntó, porque era la única pregunta honesta.
Ella lo miró. Tenía cincuenta y cuatro años y los cargaba con esa mezcla de dignidad e incomodidad que tienen las personas que han vivido suficiente para saber que la vida no les debe nada, pero que de vez en cuando igual le cobran.
—Creí que lo que me faltaba estaba afuera —dijo—. Y resulta que no estaba en ninguna parte. O que sí estaba, pero no era lo que creía que era.
Era una frase circular, casi filosófica, ligeramente desesperante. Mario la conocía bien: cuando Lucía no podía decir algo directamente, lo envolvía en capas hasta que parecía profundo. Era un mecanismo de defensa disfrazado de introspección.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—Ahora tengo miedo —dijo ella, y eso sí lo dijo directo, sin envoltura, y por eso sonó verdadero.
Aquí es donde la historia debería tener un giro claro. Él la perdona con generosidad cinematográfica o la rechaza con frialdad reparadora. Pero las historias reales no funcionan así, especialmente a esta edad, cuando uno ya ha visto suficientes finales para desconfiar de los que parecen limpios.
Lo que Mario sintió fue algo más incómodo: la tentación de decir que sí mezclada con la sospecha de que decir que sí no era suficiente ni para él ni para ella. No era rencor. Era algo más parecido a la prudencia que le nace a uno cuando ya ha confundido varias veces el deseo de volver con la convicción de que volver tiene sentido.
—No sé si puedo —dijo él, finalmente.
No era el cierre que ella esperaba. Tampoco era un portazo.
Lucía asintió despacio, como si en el fondo hubiera sabido que esa era la respuesta posible. O como si hubiera venido no tanto a recuperarlo sino a comprobar que el miedo que sentía era real, que no se lo había inventado, que había algo ahí que valía la pena temer perder.
Antes de irse dejó su número nuevo escrito en un papel, con su letra apretada de siempre. Él lo puso sobre la misma mesa del comedor donde ella había dejado las llaves dieciocho meses atrás, al lado del mismo florero que a ella nunca le gustó.
Esa noche terminó el documental del Canal de Panamá. Tomaron cuarenta años para construirlo. Murieron veintisiete mil personas en el intento. Al final lo lograron, pero el hombre que lo concibió no vivió para verlo terminado.
Mario apagó el televisor y se quedó un rato en la oscuridad sin pensar en nada en particular, que a veces es la única forma honesta de pensar en todo.
El papel seguía sobre la mesa.













