El que tenía sesenta años en la Colombia de los setenta era, oficialmente, un abuelo. El atardescente de hoy tiene sesenta años, tres reuniones esta tarde y un emprendimiento que lanzó el año pasado.
Existe una confusión muy colombiana que conviene aclarar de una vez: tener sesenta años no es lo que era antes. Y “antes” no es una frase vaga de conversación de domingo —es un hecho sociológico con fecha precisa. En 1970, un colombiano de sesenta años era, para todos los efectos prácticos, un señor mayor. Ya había terminado. Ya había cumplido. Se sentaba en el corredor, escuchaba la radio, jugaba parqués con los nietos y esperaba, con una mezcla de paz y resignación, que la biología hiciera lo suyo. Nadie esperaba nada más de él, y él tampoco se lo exigía. Así funcionaba el trato.Hoy ese trato está roto. Y qué bueno que lo esté.
El atardescente de 2026 tiene sesenta años y una agenda que asustaría a alguien de cuarenta. Tiene reuniones, tiene proyectos, tiene opiniones que no pide permiso para expresar. Conoce la diferencia entre Nequi y Daviplata, usa WhatsApp con una fluidez que no necesita tutorial —aunque de vez en cuando mande el mensaje al grupo equivocado, pero eso le pasa a todo el mundo—, y si alguien le dice “abuelito” con ese tonito de condescendencia infantil, lo mira con la paciencia de quien ha visto cosas que el otro todavía no imagina.
El abuelo de 1970: un hombre que ya había terminado
Hay que ser justos con el señor de sesenta años en la Colombia del setenta. No era que le faltara carácter ni inteligencia —era que el mundo entero conspiraba para convencerlo de que su tiempo productivo había pasado. La esperanza de vida rondaba los sesenta y cinco años, así que a los sesenta el cuerpo ya cargaba el peso de una vida entera de trabajo físico, jornales de centavos y noches sin médico cerca. Muchos habían migrado del campo a la ciudad huyendo de La Violencia, habían construido sus barrios con el sistema del convite —que es como se llamaba antes a lo que hoy llamaríamos “comunidad organizada”—, y habían llegado a la vejez sin pensión, sin seguridad social y, con frecuencia, sin dientes.
Su identidad estaba completa: era abuelo, era patriarca, era el que se sabía las historias. Pero también era el que ya no tomaba decisiones sobre el futuro, porque el futuro le pertenecía a los jóvenes. Sentarse en el corredor con la ruana no era derrota —era el papel que la sociedad le había asignado y que él aceptaba sin mayor discusión. La sociedad entera, desde la Iglesia hasta el Estado, lo confirmaba: a cierta edad, uno se retiraba de la cancha.
La gran diferencia: el tiempo que queda
Aquí está el punto que cambia todo y que la gente no termina de procesar: en 1970, llegar a los sesenta con vida ya era una hazaña estadística. La esperanza de vida al nacer rondaba los sesenta y cinco años, lo que significa que el señor de sesenta tenía, en promedio, cinco años por delante. Cinco años. Menos que un gobierno. Menos que una carrera universitaria. Uno no funda una empresa con cinco años de horizonte. Uno se sienta en el corredor.
El atardescente de 2026, en cambio, tiene por delante un promedio de veinte a veinticinco años de vida —y muchos de ellos en buenas condiciones físicas y mentales. Eso es tiempo suficiente para aprender un idioma, para viajar por el Magdalena en crucero fluvial, para lanzar el negocio que siempre postergó, para escribir el libro, para ser un experto en algo que hace seis meses no existía. Es, básicamente, otra vida entera. Con experiencia incluida, que es la parte que le faltaba a la primera.
La experiencia como activo, no como reliquia
Hay algo que el atardescente de 2026 tiene y que ningún algoritmo puede replicar: décadas de contexto. Sabe cómo terminan ciertas historias porque ya las vio empezar. Conoce la diferencia entre una crisis real y un drama pasajero, porque los ha sobrevivido a los dos. Ha trabajado con personas difíciles, ha negociado sin abogados, ha tomado decisiones con información incompleta —que es como se toman todas las decisiones importantes— y ha salido del otro lado con algo más valioso que un título: criterio.
En 1970, esa experiencia se archivaba en el corredor. Se convertía en historia, en anécdota, en consejo que nadie pedía. Hoy, esa misma experiencia cotiza. La convocatoria “+50 Emprende Colombia 2026” registra participación récord, no porque los mayores no tuvieran ideas antes, sino porque ahora el mercado por fin entiende que una persona de sesenta años que monta un negocio no lo hace para probar algo —lo hace porque sabe exactamente lo que está haciendo.
La vergüenza que nunca debió existir
Uno de los cambios más silenciosos —y más importantes— entre el sesenton de 1970 y el atardescente de 2026 es este: ya no se avergüenza de su edad. El de antes tenía una relación ambivalente con los años: los años daban autoridad, sí, pero también marcaban el límite. “Ya estoy viejo para eso” era una frase que se decía con naturalidad, casi con alivio, como si la vejez fuera una coartada universal para no intentar nada nuevo.
El atardescente de hoy dice la frase contraria: “tengo sesenta años y toda la experiencia del mundo para hacer esto bien.” No como arrogancia —como dato. Sabe lo que ha visto, sabe lo que sabe, y no siente que deba disculparse por ello frente a nadie. Menos frente a alguien que acaba de salir de la universidad con una hoja de vida que cabe en media página y la certeza de que va a cambiar el mundo antes del viernes.
Con todo y la revolución, hay cosas que no cambian porque no necesitan cambiar. El atardescente de 2026 sigue siendo el eje de su familia —solo que ahora ese rol lo ejerce desde un lugar más elegido que impuesto. Cuida a sus padres de ochenta años y apoya a sus hijos de treinta, sí, pero también se reserva el derecho a decir que no cuando la agenda se lo impide. Eso, para quien conoció la generación anterior, es casi una declaración de independencia.
El tinto sigue siendo el tinto. Las conversaciones que importan todavía ocurren alrededor de una mesa, en voz baja, sin que nadie esté mirando el celular —o al menos eso se intenta. Y el territorio, la ciudad, el barrio, siguen siendo los marcos donde la vida tiene sentido. Cambia el ritmo. Cambia la agenda. No cambia el lugar desde donde uno mira el mundo.
El señor de sesenta años en 1970 miraba el mundo desde el corredor, con la ruana puesta y la radio encendida. El atardescente de 2026 lo mira desde donde quiere estar ese día: en una reunión, en un avión, en una ruta de caminata, o sí, también en el corredor si le da la gana. La diferencia es que ahora es una elección. Y eso, en últimas, es todo.










