Nadie cumple 50 pensando que ya cruzó la mitad del partido. Pero los números de 2026 dicen otra cosa, y son de esos que no conviene ignorar demasiado tiempo. Colombia registró 283.378 muertes al cierre de 2025, y casi tres cuartas partes de ese total correspondieron a personas mayores de esa edad. No es una tragedia repentina. Es el resultado lento, casi invisible, de décadas de presión alta sin detectar, azúcar alta sin controlar y pulmones que respiraron humo toda la vida sin que nadie les avisara las consecuencias.
El infarto agudo de miocardio sigue siendo el verdugo más puntual del país. Cuarenta y cuatro mil doscientos casos en un año. Una cifra que, dicha así, de corrido, suena a estadística, pero que detrás tiene cuarenta y cuatro mil doscientas familias que ese día recibieron una llamada que no esperaban. Lo que muy poca gente sabe es que detrás de la mayoría de esos infartos hay un culpable que llevaba años rondando la casa: la hipertensión arterial.
Eso significa que hay millones de personas que hoy tienen la presión disparada, se sienten más o menos bien, y no han pisado un consultorio porque nadie les dijo que debían hacerlo. La hipertensión no duele. No avisa. Simplemente va dañando arterias, corazón y riñones con la paciencia de quien sabe que tarde o temprano va a cobrar. La prevalencia oficial en mayores de 60 años es del 28 por ciento, pero ese número refleja los que están diagnosticados, no los que están enfermos.
La diabetes va por el mismo camino. Más de dos millones y medio de pacientes registrados en 2025, y una prevalencia en Bogotá que supera el 11 por ciento en adultos, cifra que se dispara en cuanto se cruza la barrera de los 65 años. Es la quinta causa de muerte en el país, aunque quienes la padecen suelen morir oficialmente de otras cosas: una infección que no cicatriza, un infarto que se precipitó, una insuficiencia renal que llegó de a poco. La diabetes mata disfrazada.
La enfermedad pulmonar obstructiva crónica es la segunda causa de muerte no traumática en Colombia, y tiene dos aliados históricos: el cigarrillo en las ciudades y el humo de leña en el campo. Generaciones enteras de mujeres rurales que cocinaron toda su vida sobre fogones de madera llevan en los pulmones una deuda que ningún medicamento va a saldar del todo. El deterioro es silencioso durante años y cuando el paciente finalmente consulta, ya perdió una buena parte de su capacidad respiratoria sin posibilidad de recuperarla.
El envejecimiento colombiano tampoco es parejo. Quindío y Caldas tienen casi el 20 por ciento de su población mayor de 60 años, mientras que Guainía y Vichada se mantienen en una estructura mucho más joven pero con esperanza de vida más corta porque los determinantes sociales los golpean antes. Son dos colombias dentro de la misma Colombia: una que envejece rápido con recursos, y otra que envejece mal con lo que tiene.
Hay dos epidemias que casi nadie nombra pero que están ahí. La osteoporosis, que la gente asocia con la abuela encorvada de siempre pero que en 2026 tiene guía clínica nueva, tratamientos escalonados y una recomendación expresa de ejercicio combinado para reducir caídas. Y la salud mental: se estima que el 14 por ciento de los colombianos mayores de 70 años tiene algún trastorno mental diagnosticable, siendo la depresión la más frecuente. De ellos, solo dos de cada diez reciben atención adecuada. Los otros ocho viven con eso a cuestas, solos o acompañados de una familia que no siempre sabe cómo ayudar.
El suicidio en hombres adultos representa el 46,7 por ciento del total de suicidios masculinos registrados hasta el tercer trimestre de 2025. No es un número menor. Es el resultado del aislamiento, de la pérdida de roles económicos que durante décadas definieron la identidad de toda una generación, y de un dolor crónico que muchas veces se maneja mal o no se maneja.
La buena noticia, si es que algo en todo esto puede llamarse así, es que Colombia tiene los tamizajes. A partir de los 50, hay derecho sin copago a la prueba de sangre oculta en materia fecal cada dos años para detectar cáncer de colon, a la mamografía bienal para mujeres entre 50 y 69, y a la citología bajo el esquema habitual hasta los 69. Son herramientas que existen, están en el sistema, y sin embargo millones de personas no las usan, a veces por desconocimiento, a veces por miedo a lo que puedan encontrar.
Hay un mapa genómico nacional publicado en 2025, el proyecto Código-Colombia, que identificó más de 95 millones de variantes genéticas en la población y que ya empieza a explicar por qué ciertas enfermedades golpean diferente según el origen étnico. Por qué algunos metabolizan mal el metotrexato. Por qué los afrodescendientes necesitan dosis diferentes de ciertos inmunosupresores. La medicina personalizada deja de ser un concepto de congreso médico para volverse, lentamente, práctica clínica.
El índice de envejecimiento del país pasó de 38 en 2019 a 43 en 2024. Para 2050, una de cada cuatro personas en Colombia tendrá más de 60 años. El sistema de salud no puede seguir siendo un lugar al que se va cuando ya algo duele demasiado. Tiene que convertirse, de verdad y no solo en el papel, en un sistema que acompaña. Que llega antes. Que le habla a alguien de 52 años sobre la presión que tiene alta hace tres años sin saberlo, sobre el azúcar que se está disparando, sobre la citología que lleva cinco años pendiente.
El cuerpo colombiano después de los 50 carga historias largas. Lo que cambia ahora es si el sistema de salud por fin decide ir a escucharlas.
Fuentes: DANE, Ministerio de Salud y Protección Social, RIPS 2025, Proyecto Código-Colombia, Medicina Legal tercer trimestre 2025, GPC de Osteoporosis 2026, Plan Decenal de Salud Pública 2022-2031.












