Hay algo profundamente humano en querer compañía. No necesariamente una gran historia de amor, no necesariamente sexo, no necesariamente boda. Solo alguien con quien tomarse un tinto sin que el silencio pese. Alguien que recuerde que el cumpleaños de uno existe. Eso busca, cada vez más, una parte de Colombia que el marketing suele ignorar: los mayores de cincuenta años que abrieron Tinder —o Bumble, o lo que fuera— con la misma mezcla de curiosidad y vergüenza con la que sus hijos les enseñaron a pedir un taxi por la aplicación.
El mercado de citas digitales en Colombia superó los 9,3 millones de dólares en ingresos durante 2024. Hay más de 2,8 millones de usuarios activos en el país. Y aunque nadie lo dice en los avisos publicitarios, una porción creciente de esa base son personas que recuerdan el casete, que criaron hijos y que ahora viven solas en apartamentos donde la televisión habla demasiado.
El 18,6 por ciento de los hogares colombianos son unipersonales. La mitad de ellos están habitados por alguien mayor de cincuenta. Eso no es solo un dato demográfico: es una fotografía de la soledad moderna. Y la soledad, según la evidencia médica acumulada en los últimos años, no es un problema de carácter ni de personalidad. Es un factor de riesgo. Incrementa en casi un treinta por ciento la probabilidad de enfermedades cardíacas. Casi cincuenta por ciento el riesgo de demencia. Decirlo así suena frío, pero el punto es este: conectarse con alguien no es un capricho tardío. A veces es literalmente salud.
Lo que busca un hombre de cincuenta y cinco años en una aplicación no es lo que buscaba a los veinticinco. Eso lo sabe cualquiera que haya hablado honestamente con alguien en esa etapa. Se acabó la urgencia de construir desde cero, de demostrar potencial, de conquistar para el largo plazo institucional. Lo que aparece, con una claridad que da cierta paz, es el deseo de armonía. De alguien que respete los espacios. De conversaciones que no agoten. De que los fines de semana tengan algo de sentido sin convertirse en un proyecto de pareja de tiempo completo.
Las mujeres mayores de cincuenta, por su parte, han encontrado en estas plataformas algo que pocas generaciones anteriores tuvieron acceso a explorar: la autonomía afectiva. La posibilidad de elegir sin que la elección tenga que justificarse ante nadie. Muchas llegan a estas apps después de décadas enfocadas en hijos, en carreras, en matrimonios que terminaron o se desgastaron. Y lo que aparece en el perfil no es desesperación, sino algo parecido a un apetito redescubierto.
Lo interesante, y esto lo confirman estudios de neurobiología que los romances de telenovela siempre sospecharon, es que la intensidad del amor no disminuye con la edad. Las mismas regiones del cerebro que se encienden en un joven de veinte se activan igual en alguien de sesenta cuando hay atracción genuina. Lo que cambia es el envoltorio: hay más pragmatismo, más resiliencia ante el rechazo, menos drama por el drama.
La oferta de aplicaciones es amplia, aunque no toda fue pensada para este segmento. Tinder sigue siendo la más popular en Colombia para todas las edades, con un algoritmo de geolocalización que funciona bien para encontrar personas cercanas, pero con un enfoque tan masivo que quien busca algo serio puede sentir que está buscando un libro específico en una feria del libro donde todo está mezclado. Bumble tiene la particularidad de que, en parejas heterosexuales, la mujer debe iniciar la conversación —lo que reduce el aluvión de mensajes no solicitados que muchas usuarias conocen bien. OkCupid, más pausado, hace preguntas antes de mostrar coincidencias: política, religión, estilo de vida.
Luego están las plataformas diseñadas específicamente para mayores. SeniorMatch verifica que las fotos correspondan a personas reales mediante cámara en vivo. SilverSingles usa un test de personalidad para filtrar perfiles compatibles. Finally tiene una interfaz pensada para quien no quiere apresurarse. Ninguna de estas es perfecta, pero todas comparten una cosa: reconocen que el usuario senior no es simplemente un adulto joven con más años encima.
Los precios de los servicios premium en Colombia varían. Bumble Boost ronda los 27.900 pesos mensuales. Bumble Premium llega a 54.900. Tinder Gold puede costar entre 25 y 45 dólares. El gasto, que el sector denomina ARPU —ingreso promedio por usuario— se sitúa en 3,52 dólares en el país. No es mucho. Menos de lo que cuesta una tarde en el cine. Y sin embargo, muchos adultos mayores pagan esas suscripciones porque ofrecen algo concreto: visibilidad, privacidad, o la posibilidad de saber quién los ha visto antes de decidir si uno también los ve.
Ahora viene la parte que nadie quiere leer pero que sería irresponsable omitir.Las estafas románticas dirigidas a adultos mayores son devastadoras. No solo financieramente —aunque el daño económico puede ser brutal, con promedios internacionales que superan los 34.000 dólares por víctima— sino psicológicamente. El mecanismo es siempre parecido: alguien que se presenta como un profesional exitoso en una ubicación remota —una plataforma petrolera, una misión militar, un barco— que en pocos días habla de amor eterno, que insiste en abandonar la aplicación para pasar a WhatsApp o Telegram, y que eventualmente inventa una crisis que requiere dinero urgente. Siempre por vías imposibles de rastrear: criptomonedas, tarjetas de regalo, transferencias internacionales.
Las señales son reconocibles cuando uno las conoce. Fotos que la búsqueda inversa de Google revela como pertenecientes a otra persona. Incapacidad permanente para activar la cámara en videollamada. Intensidad emocional desproporcionada en los primeros días. Nunca solicitar dinero a alguien que no se ha conocido en persona es la regla de oro, sin excepciones y sin importar qué tan convincente suene la historia del otro lado.
Cuando llega el momento del primer encuentro, en las ciudades colombianas hay opciones que combinan seguridad y buena conversación. En Bogotá, los cafés boutique de Quinta Camacho o el Parkway tienen esa atmósfera tranquila que favorece hablar sin apresurarse. El Parque Simón Bolívar o el Jardín Botánico son buenas opciones para quien prefiere caminar. En Medellín, El Poblado ofrece variedad y presencia constante de personas. En Cali, el Bulevar del Río. En Cartagena, la Ciudad Amurallada.
La recomendación práctica que los expertos repiten es sencilla: llegar y salir por medios propios, informar a alguien de confianza sobre el lugar del encuentro, y no hablar de finanzas ni de salud en la primera cita. No porque sean temas feos, sino porque son temas íntimos, y la intimidad se construye gradualmente, incluso —especialmente— en la madurez.
Hay algo que este fenómeno revela sobre Colombia que va más allá de los datos de mercado. Una sociedad envejece, y al envejecer, sus afectos no desaparecen. Se reorganizan. Se vuelven más selectivos, más claros sobre lo que quieren, menos tolerantes con lo que no. Y en ese espacio, que las generaciones anteriores no tuvieron, aparece la tecnología como una herramienta imperfecta pero real.
Nadie va a decir que deslizar el dedo en una pantalla es lo mismo que conocer a alguien en una fiesta o en el trabajo o en la cola del banco. Pero tampoco es lo que era hace diez años: algo raro, algo vergonzoso, algo que se hacía en secreto. Hoy es simplemente una forma más de intentarlo. Y a los cincuenta, a los sesenta, intentarlo sigue valiendo la pena.











