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¿Por qué nos vimos hoy?

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Llegó diez minutos tarde. Eso también lo recordaba de él: la impuntualidad sin culpa, esa convicción de que el mundo esperaría porque él valía la espera. A los cincuenta y ocho años, algunos hombres se corrigen. Otros se profundizan.

Elena lo vio entrar al café desde la ventana, antes de que él la viera a ella. Aprovechó esos segundos para hacer lo que no se permite en los reencuentros: mirarlo sin que lo sepa. Caminaba igual, con ese paso de quien no tiene prisa pero siempre llega. El pelo más blanco. Un poco más ancho en los hombros, o quizás era el saco. Había algo diferente que no supo nombrar hasta después: parecía más quieto por dentro.

Dos años. No es una eternidad. Pero tampoco es nada.

Se habían separado sin escándalo, que es la forma adulta de decir que ninguno tuvo el valor suficiente para provocar uno. Hubo una conversación larga en la que dijeron casi todo excepto lo importante, y luego un silencio que se fue volviendo costumbre. Ni traición ni desamor fulminante: solo ese desgaste lento que ocurre cuando dos personas dejan de esforzarse al mismo tiempo. Que es, según le había explicado su terapeuta, la forma más honesta en que terminan las cosas maduras.

—No sé si “honesta” es la palabra que yo usaría —le había respondido Elena.

—¿Cuál usarías?

—Cobarde. Las dos partes.

Su terapeuta la había mirado con esa cara de muy bien que a Elena le producía una mezcla de satisfacción y ganas de salir corriendo.

Javier pidió un americano sin preguntar si todavía le gustaba el café. Ella notó eso. No supo si interpretarlo como indiferencia o como respeto por la distancia. Optó por no interpretarlo, que es algo que cuesta veinte años aprender y que aun así uno olvida con frecuencia.

—Estás igual —dijo él.

—No es verdad, pero gracias.

Él sonrió. Elena pensó que esa sonrisa había sido, en otro momento, su perdición. Ahora la miraba como quien mira un cuadro que conoce bien: con afecto, con algo de historia, sin el vértigo de la primera vez.

Hablaron de lo fácil primero. Los hijos, los trabajos, una exposición que los dos habían visto sin saber que el otro también había ido. Eso los hizo reír: la imagen de los dos deambulando entre las mismas fotografías en blanco y negro, separados por unos días y por todo lo demás.

—Debí imaginar que tú también irías —dijo él.

—Sí. Los dos tenemos el mismo mal gusto.

Otra sonrisa. Esta vez Elena no pensó nada. A veces el cerebro tiene la decencia de callarse.

Llegó el momento incómodo alrededor de la segunda taza. Javier dijo que había estado saliendo con alguien, brevemente, que no había funcionado. Lo dijo con una naturalidad que Elena admiró y odió en partes iguales. Ella dijo que entendía. Que ella también había intentado algo parecido. Que era complicado, a esta edad, saber qué se quiere exactamente.

—¿Y sabes ahora? —preguntó él.

No era una pregunta con trampa. O sí lo era, pero sin malicia, que es peor porque obliga a responder con la misma honestidad.

—A veces creo que sí —dijo Elena—. Y entonces hago algo que me demuestra que no.

Javier asintió como si eso tuviera todo el sentido del mundo. Y quizás lo tenía.

Lo que ninguno dijo, lo que flotaba en el aire con la discreción educada de los adultos que ya se han lastimado una vez, era la pregunta real: ¿Por qué nos vimos hoy? No hubo una razón concreta. Él la había llamado. Ella había dicho que sí. Eso era todo el argumento.

A los treinta, uno construye narrativas alrededor de esas decisiones. A los cincuenta y tantos, uno empieza a sospechar que la mayoría de las cosas importantes ocurren sin que tengamos muy claro por qué.

Afuera empezó a llover. Una de esas lluvias bogotanas que aparecen sin aviso y obligan a quedarse más tiempo del planeado. Javier hizo un gesto hacia la ventana, como señalando una prueba de algo que ninguno había argumentado.

—Siempre llueve cuando no toca —dijo.

—O siempre toca cuando llueve —respondió ella.

No era una frase profunda. Era el tipo de cosa que uno dice cuando está un poco nervioso y quiere parecer menos de lo que está. Los dos lo sabían. Los dos dejaron pasar.

Había, en esa mesa, algo que Elena no sabía cómo clasificar. No era amor recuperado, esa fantasía que las películas venden con banda sonora incluida. Tampoco era simple nostalgia, aunque la nostalgia estaba ahí, agazapada entre los silencios. Era algo más honesto y más difícil: la conciencia simultánea de lo que habían sido, de lo que no pudieron ser, y de que ambas cosas coexistían sin cancelarse.

El problema con las segundas oportunidades, pensó Elena, es que uno llega con el conocimiento de la primera. Y ese conocimiento es una navaja de doble filo: te protege de ciertos errores y te cierra ciertas puertas.

Cuando la lluvia cedió, Javier pidió la cuenta. Ella dejó que lo hiciera, no por costumbre sino porque ya no tenía ganas de pelear batallas simbólicas que no le importaban.

En la puerta se detuvieron. El abrazo era casi obligatorio y ambos lo sabían; lo que no estaba claro era qué clase de abrazo. El de los viejos conocidos, breve y sin presión. El de los que todavía guardan algo, largo y complicado. Optaron por uno que quedó a medio camino, como tantas cosas entre ellos.

—Fue bueno verte —dijo Javier.

—Sí —dijo Elena. Y lo decía en serio, que es más de lo que puede decirse de muchas cosas.

Caminaron en direcciones distintas. Elena no se volvió. Tampoco sabe si él lo hizo porque decidió no mirar atrás, que es diferente a no querer hacerlo.

Esa noche no supo qué había pasado en ese café. Si era un principio, un cierre, o simplemente un martes lluvioso entre dos personas que alguna vez se quisieron bien y todavía no saben con exactitud qué hacer con eso.

Quizás no había nada qué saber. Quizás eso también era una forma de respuesta.

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