Alicia nunca aceptó que la realidad fuera suficiente. Cuando algo era demasiado triste, ella le inventaba otro final. Cuando alguien desaparecía, decía que se había mudado a un país donde llovían pájaros y volaban peces. Si el panadero estornudaba, ella juraba que había expulsado una bandada de mariposas. Si un perro ladraba, aseguraba que discutía con la luna y los gatos temibles leones disfrazados. Su familia llegó a avergonzarse de ella porque para el resto del mundo, Alicia pasó de ser la niña soñadora a la loca del pueblo.
Siempre fue tímida, callada e introvertida. Una especie de Cenicienta de tierra caliente. Nunca dio de qué hablar. Sus cuadernos eran impecables con textos en azul y títulos en rojo. Ni siquiera se le hacían orejitas en las puntas y de febrero a noviembre conservaban su postura. A los cuadernos. No a Alicia.
Algún día, todo cambió. Alicia lo contaba, pero nadie supo si fue verdad o simplemente letras producto de una fiebre mal cuidada. Dijo que fue un mago el que la hechizó con la historia de Ícaro que, junto con su padre Dédalo fueron encargados por el Rey de Creta, Minos para construir un laberinto que lo hiciera inexpugnable y lo pusiera fuera del alcance de todo lo terreno. Una vez concluido el laberinto, Minos ordenó que tanto Dédalo como Ícaro fueran encarcelados en el mismo laberinto para que nadie conociera ese secreto. Padre e hijo desafiaron al Rey y construyeron unas alas de plumas pegadas con cera para volar y así poder escapar. Luego de lanzarse al vacío y remontar los aires, Ícaro recibió los rayos solares que derritieron la cera de las alas cayendo al mar, ante el dolor su propio padre. Era una historia rara para un pueblo en el que todavía los viajes en avión eran algo inexplicable.
A partir de ahí fue un torrente inagotable. Veía gigantes donde había árboles y ciudades enteras escondidas dentro de las maletas de cuero rechinado. Avistaba cielos en las pompas de jabón y osos polares en las nubes. Imaginaba profesiones, amores secretos y aventuras imposibles. Los vientos eran huracanes y las lluvias, tempestades. Los niños que jugaban eran pequeñas mariposas de colores y los viejos, ángeles alados. Las historias le brotaban por boca y nariz y a pesar de lo estrafalaria y raras, todo el mundo las creía. El único que la miraba con ojos de “esta es una loca desatada” era su gato Leonelo que se aburría de escucharla.
El tacatá, tacatá, tacatá del golpeteo de las ruedas del tren sobre las uniones de los rieles, se confundía con el clac-clac, clac-clac de las gotas de lluvia en la ventana mientras recordaba al escribir su discurso por el premio literario que le daban esa noche en el Theatre Royal Drury Lane de Londres…









