Suelo complicar un tinto. Me cuesta trabajo hacer cosas sin entenderlas y por eso cada charla conmigo termina siendo una excavación, un hoyo. Un hueco en realidad. Soy difícil, pero no imposible. Tal vez complico todo porque creo que, si logro comprender algo, deja de tener poder sobre mí y además puedo tomar una decisión que me deje tranquilo. Me sobrepienso tanto, que la verdad siento el mareo porque ya no sé si doy muchas vueltas o simplemente estoy borracho.
En mi misma mismidad creo que si entiendo por qué duele, quizá duela menos. Si entiendo por qué algo pasó, quizá pueda dejarlo ir. Si entiendo por qué alguien llegó, quizá pueda amar sin condiciones. El problema es que hay cosas que se explican perfectamente y siguen doliendo igual o siguen dando miedo. Y esa es una de las verdades que más trabajo me ha costado aceptar. Tal vez en otra vida fui tormenta. O un simple reguero de truenos. Y tal vez por eso mismo no encuentro paz, ni sosiego, ni calma. Nunca metí drogas, pero a veces creo que alucino. Pienso en arenas movedizas que no es lo mismo que revolcarse en el fango y el espanto.
Con Kiki, nuestras charlas terminan en un análisis epistemológico sobre el amor. Con mis hijas, en una fenomenología sobre la vida, con mis amigos, en un examen ontológico sobre el ser, con mis hermanos, en un estudio metafísico de la realidad. La verdad es que, si la vida me entrega un pan francés, yo termino preguntándome por la naturaleza filosófica de la levadura. Y aunque es un ejercicio que me gusta, no deja de ser agotador. Sobre todo, para los otros. Y no es que yo sea muy profundo o muy hondo. Simplemente soy un niño. O tal vez es que nací tarde.
Me digo con ínfulas de grande que soy ecléctico, cuando en verdad lo que tengo es un revuelto el hijueputa: subterráneo, pero no tanto como para un curso de apnea y pandito, pero no tanto como para ser la nata del café. En fin. No sé si me niego a ser estoico y mucho menos un cínico (en el sentido antiguo que recibe lo que la vida le regala, vive sin vergüenza, sin posesiones innecesarias- ohhh- y sin someterse a reglas artificiales. Casi libre).
La verdad, no creo que cambie porque me niego a hacer las cosas sin motivo. O sin entenderlas tan siquiera. Mis conversas seguirán siendo un poco un embrollo, un galimatías, una maraña, un intríngulis, un barullo, un perendengue. Los que me quieren, me aman así y los demás, los demás, que no me jodan y para eso tal vez no necesito explicación.











