Y entonces llegó ese día cualquiera donde por fin me descubrí sin afán alguno, esa sensación tranquila de no estar llegando tarde a ningún lugar, de entender que, viviendo en un tercer piso sin ascensor, no era buena idea tener un unicornio. Después de mis tormentas, llegaste calma.
Y no es que el mundo se haya detenido, porque el afuera sigue con su ritmo frenético, esquizoide, delirante y desvariado que no admite interrupciones. Tal vez lo que cambió es que me interesa poco detenerlo o atenuar su velocidad. No me importa. Ni puedo. Y entonces, de la nada, apareció la deliciosa sensación de no tener que convencer a nadie, de disfrutar en compañía un café por las mañanas y de quitar con piel el frío. Duermo menos, pero sueño más. No es la hora del día. Es el momento en que dejé de correr y abrí por fin las ventanas para que entrara a mi casa el olor a flor mojada. Hoy tengo claro que no tengo todas las respuestas, pero que me sé un par de canciones. Y eso me basta. Y sobra.
Ya no tengo prisa. Soy casi, casi un león herbívoro. Camino lento, no porque me duelan los rodillas- que sí- sino por pura decisión. Dejé atrás la prisa del eyaculador precoz de hace veinte años y empecé a disfrutar el sexo oral, es decir el de decirnos palabritas al oído. Los lunes ya no son un castigo semanal, sino una oportunidad de comenzar y los viernes siguen siendo viernes y las tardes de domingos con su paz, una oportunidad para pensar. El futuro dejó de ser urgente porque sólo dura hasta mañana y así todos los días. Toda mi vida viví hipotecado a los “después”. Todo era una promesa: cuando tenga, cuando logre, cuando llegue. Y un día —sin aviso, sin ceremonia— ese después se volvió ahora.
Mi ventana no enseña nada, pero tampoco engaña. Afuera pasan cosas —gente, nubes, algún perro con prisa, la vecina del octavo con sus piernas delirantes— pero yo, tal vez por vez primera en mucho tiempo, no siento la necesidad de correr detrás hasta alcanzarlas. Tal vez quedarme mirando no sea perder el tiempo, sino devolverlo en tecnicolor. O disfrutar de los olores. Disfrutar de tus olores. Y de los ruidos y de los pájaros que trinan. Y de las piernas de la vecina del octavo.Hoy tengo claro que corrí demasiado para llegar a lugares que no requerían tanta prisa y que corrí detrás de las tormentas y vivía aculillado con los truenos.
Y es que eso que los intelectuales llaman el libre albedrio, es lo que los ciudadanos de a pie llamamos hacer lo que nos da la puta gana, sin joder a nadie, sin dañar a nadie, sin intentar cambiar a nadie. A veces hay que crear puentes y mantener la esperanza que nacerá un rio y a veces, tan sólo a veces, no se trata de iluminar el mundo sino de cambiar un simple bombillo. Las cosas pasan, las personas llegan en el momento que es. No antes. No después. Todo tiene su tiempo. Todo tiene su forma. Todo tiene su lugar y todo afuera tiene sus adentros. Que no crezca la hierba, no quiere decir que haya que buscar un jíbaro. Escoger la vida, también es escoger cómo vivirla y por eso decidí bajar la voz, subir el tono, mejorar el ritmo y callar los miedos para que la culpa se muera lentamente. Hoy puedo irme a dormir sin miedo y despertarme sin angustias, porque llegó por fin la calma…











