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¿Y qué opinas de los vibradores?

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Juliana Rodríguez

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Hay una conversación que está ocurriendo en Colombia, en voz baja, entre mujeres que ya pasaron los cincuenta. No ocurre en los consultorios, aunque debería. No ocurre en los programas de televisión, aunque algún día ocurrirá. Ocurre en grupos de WhatsApp con nombres en clave, en almuerzos del domingo donde alguien baja la voz antes de hablar, en chats privados entre amigas que llevan treinta años conociéndose y que hasta hace poco no habían podido decirse ciertas cosas.Lo que se están diciendo, en esencia, es esto: que descubrieron algo. Y que nadie les había avisado.

Empecemos por lo que sí saben, porque eso también importa.Saben lo que es la menopausia. Les explicaron el calor, el insomnio, los cambios de humor. Les recetaron hormonas o les dijeron que no las tomaran. Les hablaron de calcio, de densidad ósea, de hacerse mamografías con más disciplina. Lo que nadie les explicó —ni el ginecólogo de toda la vida, ni la revista de salud, ni la amiga que había pasado por lo mismo— es que la atrofia vaginal no es una incomodidad menor y pasajera. Es una condición progresiva que afecta la elasticidad de los tejidos, reduce la lubricación natural y puede convertir algo que antes era placer en algo que duele. Y que existe, comprobado clínicamente, una manera de atenderla que no requiere receta médica ni cita previa.

El vibrador no es, para este grupo de mujeres, lo que fue para sus hijas. No es exploración ni novedad ni símbolo de nada. Es, en el sentido más literal y menos romántico del término, terapia.Lo irónico —y esto merece decirse aunque incomode— es que el origen de todo este asunto no fue el placer sino la pereza. En la Inglaterra victoriana, cuando la histeria era el diagnóstico más común entre mujeres y el tratamiento estándar consistía en el masaje pélvico manual realizado por el médico hasta alcanzar el llamado “paroxismo histérico” —que era, con toda evidencia, un orgasmo, aunque la ciencia de la época se negara a llamarlo así— los consultorios simplemente no daban abasto. Las sesiones duraban hasta una hora por paciente. Los médicos se fatigaban. Fue esa carga, estrictamente laboral, la que llevó al doctor Joseph Mortimer Granville a patentar en la década de 1880 el primer vibrador electromecánico portátil de la historia: el Granville’s Hammer, un aparato que redujo el tiempo del tratamiento de una hora a cinco minutos y que fue, antes que la tostadora y antes que el ventilador, uno de los primeros dispositivos en usar electricidad doméstica. Granville insistió hasta el final en que su invento era para el dolor muscular y la fatiga. Que él no tenía nada que ver con lo que pasara después. Y sin embargo, lo que ese médico victoriano fabricó para ahorrarse el trabajo terminó, ciento cuarenta años más tarde, siendo una herramienta clínica validada por la ginecología moderna para tratar exactamente lo que afecta a estas mujeres de cincuenta y tantos en Colombia: la atrofia vaginal, el dolor pélvico, el suelo pélvico debilitado. La historia completa es, dependiendo de cómo se mire, una ironía perfecta o una justicia tardía.

La ginecología lo sabe desde hace tiempo, aunque tarda en decirlo en voz alta.La estimulación regular del tejido vaginal mejora la circulación pélvica. Mantiene la elasticidad. Reduce el dolor en las relaciones sexuales, que en Colombia las mujeres mayores de cincuenta rara vez reportan a sus médicos porque asumen que es una consecuencia inevitable de la edad, o porque les da pena, o porque el médico tampoco pregunta. Las contracciones musculares que produce el orgasmo fortalecen el suelo pélvico, ese conjunto de músculos que cuando se debilita lleva a la incontinencia urinaria —esa otra cosa de la que nadie habla pero que afecta a más de la mitad de las mujeres mayores de cincuenta en el país.

La liberación de endorfinas y oxitocina durante el orgasmo reduce el estrés y mejora la calidad del sueño. Para una mujer de 58 años que lleva cinco sin dormir bien y que tiene el cortisol disparado desde que empezó la perimenopausia, eso no es un dato menor. Es un cambio en la calidad de vida medible, concreto, sin efectos secundarios.Esto no lo dice una influencer. Lo dicen los fisioterapeutas de suelo pélvico. Lo dice la evidencia. Lo que no dice casi nadie todavía, al menos no en Colombia, es que el acceso a esa terapia está a un clic de distancia y cuesta menos que tres consultas médicas.

Las ventas de juguetes eróticos en Colombia han crecido hasta un 79 por ciento en periodos recientes. Ese número no lo explican solo las mujeres de veinte años curiosas y el auge del feminismo en redes. Lo explica, en una proporción que los distribuidores conocen bien aunque no publiciten, una compradora que nadie esperaba: la mujer de entre cincuenta y sesenta y cinco años, casada o separada, con hijos adultos, con tiempo propio por primera vez en décadas, y con una claridad sobre su cuerpo que no tenía a los treinta.

Es una compradora discreta. Prefiere el canal digital no por comodidad sino por privacidad. Paga contra entrega porque no quiere que el extracto del banco cuente nada. Elige embalaje neutro. Lee las especificaciones técnicas con más cuidado que cualquier otro segmento del mercado, porque ya aprendió, a las malas, que no todo lo que se vende barato es seguro.

Los materiales porosos como el PVC y la gelatina sintética acumulan bacterias en sus microporos, y ningún lavado superficial las elimina. Una mujer de sesenta años con el sistema inmune menos robusto que a los treinta no puede darse el lujo de comprar cualquier cosa. La silicona médica, el vidrio borosilicato, el acero inoxidable: esos son los materiales que busca. Y los encuentra, en Colombia, desde 250 mil hasta casi un millón de pesos, dependiendo de la tecnología.

Hay algo más que ocurre en este grupo, y que tiene menos que ver con la fisiología y más con el momento vital.Muchas de estas mujeres están solas por primera vez. Divorciadas después de matrimonios largos, o viudas, o simplemente en un punto de la vida donde decidieron que ya no querían una relación que las agotara. Y descubren, con una mezcla de sorpresa y algo parecido al alivio, que su cuerpo no dejó de tener necesidades porque ellas decidieran estar solas. Que el deseo no tiene fecha de vencimiento, aunque la cultura colombiana lleva décadas intentando convencerlas de lo contrario.

La mujer mayor de cincuenta que en este país admite tener vida sexual —con pareja o sin ella— todavía enfrenta una mirada que va del estupor a la incomodidad. Como si el cuerpo de una mujer de sesenta fuera un territorio que ya no le pertenece a ella sino a la imagen que los demás tienen de lo que debería ser a esa edad. Recatada. Abuela. Invisible en ese sentido específico.

Lo que está pasando, calladamente, es que esa imagen se está resquebrajando desde adentro.No es un fenómeno nuevo en el mundo. Es nuevo en Colombia en tanto que se está volviendo visible.En Europa y América del Norte, los sex shops llevan años diseñando líneas específicas para mujeres mayores: dispositivos de menor intensidad para tejidos más sensibles, lubricantes formulados para la sequedad de la menopausia, materiales pensados para pieles que han cambiado. Las empresas líderes de SexTech están integrando inteligencia artificial para ajustar patrones de vibración según respuestas biométricas del usuario. La industria, que suele ir varios pasos adelante de la conversación pública, ya sabe que este segmento existe y que tiene poder adquisitivo y criterio para gastarlo bien.

En Colombia, el mercado mayorista también lo está entendiendo. Distribuidores ofrecen descuentos de hasta el 60 por ciento para emprendedores que quieran abrir tiendas especializadas, y entre esos emprendedores hay, con frecuencia creciente, mujeres de mediana edad que entraron al negocio precisamente porque entendieron una necesidad que el mercado formal no estaba cubriendo.

Entonces: ¿qué es lo que su ginecólogo no les estaba contando? No que existieran los vibradores. Eso ya lo sabían, vagamente, de la misma forma que se saben muchas cosas que uno nunca termina de procesar del todo. Lo que no les estaban contando es que existe evidencia clínica de que el orgasmo regular en mujeres posmenopáusicas reduce el dolor pélvico, mejora la salud vaginal, fortalece el suelo pélvico y tiene efectos documentados sobre el estado de ánimo y la calidad del sueño. Que hay materiales seguros y materiales que no lo son, y que la diferencia importa más a los sesenta que a los veinte. Que la autonomía sexual no tiene fecha de caducidad aunque la cultura lleve décadas intentando ponerle una.

Y que hay una conversación ocurriendo ahora mismo, en los grupos de WhatsApp con nombres en clave, entre mujeres que ya pasaron los cincuenta y que están descubriendo, con cierta incredulidad y bastante satisfacción, que nadie les había dicho la mitad de lo que necesitaban saber sobre su propio cuerpo.

El doctor Granville inventó su martillo para ahorrarse trabajo.Lo que está pasando hoy, en Colombia, entre estas mujeres, no tiene nada que ver con él.Tiene que ver con ellas. Con tiempo. Con saber, por fin, lo que quieren

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