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El mundo que China se está comiendo

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Jaime Burgos

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Pekín, 14 de mayo de 2026. En el Gran Hall del Pueblo, Donald Trump y Xi Jinping cenaron juntos mientras afuera el Estrecho de Ormuz seguía medio cerrado y el barril de petróleo cotizaba por encima de los cien dólares. Elon Musk y Jensen Huang iban en la delegación. La escena tenía algo de película de los años noventa sobre el futuro, excepto que era real y que nadie sabía muy bien cómo iba a terminar.Eso es China en 2026: un país que ha aprendido a sentarse en la mesa donde se negocia el mundo, y que raramente se levanta de manos vacías.

Lo que está pasando allí no es exactamente lo que los titulares sugieren. No es el relato épico del dragón que despertó, ni tampoco el de la potencia autoritaria al borde del colapso que tantos analistas occidentales llevan décadas anticipando. Es algo más mundano y, por eso mismo, más inquietante: es la historia de un Estado que encontró la manera de usar el capitalismo global sin entregárselo, de abrirse al mundo sin soltarle las riendas a nadie.

La economía china creció cinco por ciento en el primer trimestre del año. No es un número espectacular —hace veinte años hubiera parecido una desaceleración—, pero hay que entender en qué contexto. El sector inmobiliario lleva cinco años en caída libre. Los gobiernos locales están tan endeudados que Pekín tuvo que rescatarlos con un paquete de 1,4 billones de dólares. La demanda interna está estancada porque las familias chinas, que tienen el setenta por ciento de su riqueza metida en ladrillos, se sienten más pobres. Y aun así, cinco por ciento.

Lo que está jalando ese carro ahora no son las grúas ni las autopistas ni los apartamentos vacíos en ciudades fantasma. Son las exportaciones de alta tecnología, que crecieron casi quince por ciento en el último año. Los paneles solares, los vehículos eléctricos, las baterías. China instaló tanta capacidad solar en los últimos meses que ya supera toda la demanda eléctrica global anual. En marzo, exportó 68 gigavatios de células solares en un solo mes, un récord histórico, justo cuando la crisis de Ormuz le estaba poniendo precio de lujo a cada barril de Medio Oriente.No es casualidad. Es política industrial, ejecutada con la paciencia que solo tienen los regímenes que no tienen que ganar elecciones cada cuatro años.

Deng Xiaoping lo entendió antes que nadie: el Partido Comunista no iba a sobrevivir siendo pobre. Mao casi lo mata con la Revolución Cultural —ese experimento de pureza ideológica que dejó al país exhausta y sin rumbo—. Entonces Deng hizo algo radical: dijo que enriquecerse era glorioso, abrió las puertas a la inversión extranjera, creó zonas económicas especiales donde las reglas del mercado podían probarse antes de generalizarse, y se guardó muy bien de soltarle el control de los sectores estratégicos a nadie que no fuera el Estado.El resultado fue el crecimiento más rápido de la historia moderna. Cientos de millones de personas salieron de la pobreza. China se convirtió en la fábrica del mundo. Y el Partido sobrevivió.

Xi Jinping llegó en 2012 con otra lectura de esa historia. Su conclusión fue que Deng fue demasiado generoso con las reformas institucionales —los límites de mandato, el liderazgo colectivo, la idea de que el poder debía rotar—. Xi eliminó esos límites, centralizó la autoridad en su figura y relanzó el proyecto con un nombre nuevo: la Nueva Era. El mensaje implícito era que la era anterior había sido un ensayo. Esto era lo real.

Lo que Xi está construyendo en 2026 se llama, en los documentos del gobierno, las “Nuevas Fuerzas Productivas de Calidad”. Debajo del lenguaje burocrático hay una apuesta concreta: salir de la manufactura barata, dominar las tecnologías del siglo XXI —inteligencia artificial, semiconductores, robótica, energía verde, biomanufactura— y hacerlo de manera que ningún país extranjero pueda usar esas cadenas de suministro como palanca de presión.

El 15° Plan Quinquenal, aprobado en marzo de este año, lo dice con claridad inusual: el entorno global es hostil, el proteccionismo va a seguir creciendo, y China necesita ser autosuficiente en lo que importa. La “pila digital soberana” —hardware, software, algoritmos, datos— tiene que funcionar sin depender de Silicon Valley.

Hay algo que los observadores externos suelen perder de vista: China no está solo compitiendo con Occidente. Está construyendo una alternativa.La Iniciativa de la Franja y la Ruta conecta a más de 150 países con infraestructura financiada por Pekín, sin las condicionalidades del FMI, sin exigencias sobre derechos humanos, sin el sermón que suele acompañar a los préstamos occidentales. Para muchos gobiernos en África y Asia, eso no es una trampa de deuda —como lo llaman en Washington—. Es la única oferta sobre la mesa.

Y junto con los puertos y las carreteras viaja otra cosa: los estándares tecnológicos chinos. Las cámaras de vigilancia, los sistemas de reconocimiento facial, la arquitectura de internet que permite al Estado ver lo que circula y cortarlo cuando quiere. La exportación de un modelo de gobernanza que tiene más compradores de lo que a Occidente le gustaría admitir.

Adentro del país, ese modelo funciona con una precisión que da escalofríos. El Sistema de Crédito Social ya no es tanto el panóptico de puntajes individuales que se popularizó en los memes —ese proyecto se fragmentó y quedó a medias—. Lo que sí opera con toda su fuerza es el equivalente corporativo: un sistema que evalúa a cada empresa, nacional o extranjera, y decide si puede operar con fluidez o si encuentra obstáculos en cada trámite. La conformidad política se convierte en capital económico. Es elegante, en el sentido más frío de la palabra.

Taiwán es la grieta en todo esto.

La isla fabrica el noventa por ciento de los chips lógicos más avanzados del mundo. Eso la convierte en el objeto más codiciado y más peligroso del planeta. Los estrategas lo llaman el “Escudo de Silicio”: la idea de que invadir Taiwán le costaría a China destruir exactamente la infraestructura que quiere conquistar. Por eso el juego de Pekín no es la invasión directa. Es el desgaste.

Incursiones diarias de aviones y barcos en la zona de defensa aérea taiwanesa. Patrullas de la guardia costera china rodeando las islas periféricas. Drones que saturan los radares. Presión constante, sistemática, sin cruzar nunca la línea que obligaría a Estados Unidos a responder militarmente. La guerra de nervios institucionalizada.

En enero, Taipéi y Washington firmaron un acuerdo por quinientos mil millones de dólares para llevar producción de TSMC a territorio estadounidense. El problema es que construir una fábrica de chips de última generación en Arizona no es lo mismo que construirla en Hsinchu. Los costos operativos son al menos cincuenta por ciento más altos. Los ingenieros especializados no sobran. Y el tiempo que toma —años, décadas— es exactamente el tiempo que China necesita para cerrar la brecha tecnológica.

Xi le dijo a Trump en el banquete que Taiwán es la cuestión más importante en la relación bilateral, y que un mal manejo podría llevar a “choques e incluso conflictos”. No era amenaza exactamente. Era una aclaración.

El problema de China, el de verdad, no viene de afuera. Viene del espejo.

La población envejece más rápido de lo que la economía puede adaptarse. La fuerza laboral se reduce. Los jóvenes con títulos universitarios encuentran un mercado que no los absorbe al ritmo que esperaban. El sector inmobiliario, que durante décadas fue el mecanismo principal de creación de riqueza para la clase media, lleva cinco años destruyéndola. Y el partido que prometió prosperidad tiene que mantener esa promesa viva con robots, inteligencia artificial y planes quinquenales, porque los mecanismos viejos ya no alcanzan.

La apuesta de Xi es que la automatización puede reemplazar lo que la demografía le está quitando. Que las “nuevas fuerzas productivas” pueden sostener el crecimiento que sostuvo la legitimidad del régimen durante cuatro décadas. Que la transición del ladrillo al chip puede hacerse sin que la clase media pierda demasiado en el camino.

Puede ser. O puede ser que el Partido Comunista esté construyendo, con toda la eficiencia de su ingeniería estatal, el andamiaje de una crisis que todavía no tiene nombre.Mientras tanto, en el Gran Hall del Pueblo, Trump y Xi sonreían para las cámaras. Acordaron crear una junta de comercio para supervisar los compromisos de compra. Hablaron de soja y de gas natural licuado y de aviones Boeing. Afuera, el petróleo seguía caro y el mundo seguía roto.

Y China seguía ahí, paciente, acumulando.

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