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El placer que nadie nombra

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Juliana Rodríguez

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BUEN VIVIR

Hay una conversación que Colombia nunca ha tenido del todo. No en los consultorios. No en las casas. Casi nunca en los pasillos de los centros vida donde los adultos mayores pasan las mañanas entre tinto y dominó. Es la conversación sobre el deseo que no desaparece cuando uno cumple cincuenta, sesenta, setenta años. Sobre el cuerpo que sigue ahí, exigiendo su parte.Concretamente: la masturbación en la atardescencia.

Dicho así, sin rodeos, el asunto produce en muchos colombianos un silencio incómodo. Un carraspeo. Una mirada al piso. Y eso, precisamente ese silencio, es el problema.

Los números cuentan una historia que el pudor se empeña en tapar. En Europa, donde este tipo de cosas se estudian con más franqueza, dos de cada tres hombres mayores de cincuenta años se masturbaron en el último mes. En Noruega, la cifra llega al 65 por ciento. Cuatro de cada diez mujeres también. En Estados Unidos, casi la mitad de los hombres entre los sesenta y los sesenta y nueve años reportó actividad solitaria. En el Reino Unido, la prevalencia ha ido subiendo en las últimas dos décadas, no porque la gente se masturbe más, sino porque ya no le da tanta vergüenza admitirlo.

En Colombia, en cambio, apenas un 16 por ciento de los adultos mayores en ciudades como Cali reporta esta práctica. No porque no ocurra. Sino porque nadie lo dice.Hay en esa cifra una trampa vieja: confundir el silencio con la ausencia. Que la gente no hable de algo no significa que no lo haga. Significa, más bien, que carga con ello a solas, muchas veces con una culpa que aprendió de niña y nunca pudo del todo soltar.

Carmenza, que tiene entre cincuenta y sesenta años y participó en un estudio de Profamilia, lo dijo así, casi en susurro: el sexo era solo con el marido, solo para tener hijos, y que uno no se podía tocar ni se podía mirar. Esa frase no describe a Carmenza únicamente. Describe a una generación entera de colombianas educadas bajo el terror al cuerpo propio.Pero el cuerpo, como se sabe, hace lo que le da la gana.

Lo que la ciencia lleva años intentando decirle a esa generación es que el placer solitario no es solo un asunto de moral o de costumbre. Es, también, un asunto de salud. Uno muy concreto.

Para los hombres, la eyaculación frecuente está asociada a una menor incidencia de cáncer de próstata. La lógica es casi doméstica: la glándula necesita vaciarse regularmente para no acumular sustancias que, con el tiempo, se vuelven un problema. Para las mujeres, la autoestimulación después de la menopausia combate algo que los médicos llaman atrofia vaginal, que es exactamente lo que suena: los tejidos se adelgazan, se secan, se vuelven frágiles. El flujo sanguíneo que genera la excitación los mantiene vivos.

Y luego está lo que pasa en el cerebro. El orgasmo libera oxitocina, que baja el cortisol, que es la hormona del estrés. Dopamina. Endorfinas. Serotonina. Prolactina, que facilita el sueño. En una población donde el insomnio y la ansiedad son quejas cotidianas, eso no es poca cosa.Dicho de otra manera: la masturbación en la vejez es tan recomendable como la dieta baja en sodio y la caminata de treinta minutos. Solo que nadie se lo dice así al paciente de sesenta y ocho años que sale del consultorio con su receta de hipertensión y su cita para el próximo mes.

El panorama colombiano tiene sus matices. Según los datos más recientes, la mitad de los mayores de cincuenta años considera que la sexualidad sigue siendo importante en su vida. Entre los hombres, esa proporción sube al 73 por ciento. Entre las mujeres, cae al 28. Esa brecha no es biológica. Es cultural. Es el peso de haber sido educadas para dar placer, no para recibirlo. Para aguantar, no para explorar.

Y sin embargo, algo está cambiando. Hay mujeres colombianas que llegan a los cincuenta y descubren, por primera vez, que su cuerpo les pertenece. Que el deseo que sintieron toda la vida y callaron tiene nombre y tiene salida. Que masturbarse no es una concesión a la desesperación sino, a veces, una forma de libertad pequeña y privada.

En ciudades como Medellín, Manizales, Montería y Tunja, el 62 por ciento de los adultos mayores tuvo relaciones sexuales en el último año. Pero mientras el 86 por ciento de los hombres reportó actividad, solo el 43 por ciento de las mujeres lo hizo. Esa diferencia no habla de falta de deseo. Habla de años de aprendizaje silencioso.

Los médicos, por su parte, tampoco están ayudando del todo. Solo el 19 por ciento de los adultos mayores colombianos ha recibido orientación sobre sexualidad de algún profesional de salud. El 21 por ciento dice que no pregunta por vergüenza. El 14, porque siente que no es un tema apropiado para hablar con un extraño. Y el médico, encerrado en sus quince minutos de cita, tampoco pregunta. El resultado es una consulta desexualizada, donde el cuerpo viejo aparece como una suma de enfermedades crónicas, nunca como un cuerpo que todavía siente, que todavía quiere.

Profamilia ha intentado abrir una grieta en ese muro con herramientas como el chat Emilia, una línea de atención donde los mayores pueden preguntar lo que nunca se animarían a decir cara a cara. Es un paso. No es suficiente, pero es un paso.Hay una frase que circula en los estudios sobre sexualidad y envejecimiento, y que resume bien lo que está en juego: el placer no tiene fecha de caducidad.Suena a slogan de campaña de salud pública. Pero detrás hay algo más denso: la idea de que el deseo es parte de la identidad humana hasta el final, y que una sociedad que se lo niega a sus viejos no los está protegiendo. Los está borrando.

En Colombia, borrar a los viejos es casi un deporte nacional. Se les infantiliza, se les desexualiza, se les mete en la categoría de “abuelitos” donde caben el tinto, el rosario y la telenovela, pero no el deseo, no la curiosidad sobre el propio cuerpo, no la pregunta de si esto que siento todavía tiene un lugar en el mundo.

La respuesta, según la evidencia, es que sí. Que siempre lo ha tenido. Que el problema nunca fue el cuerpo envejecido. Fue el silencio que se le impuso.

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