Cómo la FIFA convirtió el deporte más popular del mundo en el negocio más rentable del planeta, y quién está pagando la cuenta.
Hay un detalle que la FIFA no menciona en sus comunicados de prensa y que conviene conocer antes de sacar la tarjeta de crédito: la entrada más barata para el Mundial de 2026 cuesta 60 dólares. La más cara, para la final en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, ya apareció listada en la plataforma oficial en 32.970 dólares. Y en el mercado de reventa, alguien tuvo la desfachatez de poner una silla a 143.750 dólares.No es un error de tipografía.
Lo que está pasando con el Mundial de Norteamérica es algo que los economistas llaman “precios dinámicos” y que el resto del mundo llama cobrar lo que el mercado aguante. La demanda de boletos para 2026 superó los 500 millones de solicitudes, diez veces más que cualquier edición anterior. Ante esa locura, la FIFA hizo lo que haría cualquier empresa con ese poder: subir precios hasta que duela.La pregunta que pocas personas están haciendo en voz alta es quién se queda con ese dinero.
La organización más rentable que nadie eligió
La FIFA no es un gobierno ni una empresa que cotiza en bolsa. Es una asociación sin ánimo de lucro con sede en Zúrich que, sin embargo, proyecta reservas de efectivo superiores a 3.900 millones de dólares al cierre de este ciclo. Sus ingresos para el período 2023–2026 se estiman en 13.000 millones de dólares, un salto del 73% frente al ciclo de Qatar. Eso, dicho así, suena abstracto. Para hacerlo concreto: es más de lo que produce el PIB anual de varios países latinoamericanos.
El grueso de esa plata viene de los derechos de televisión —proyectados en 4.264 millones de dólares— y de los patrocinios corporativos: Hyundai, Visa, Coca-Cola, Qatar Airways. Marcas que pagan sumas astronómicas por aparecer asociadas al único evento que detiene simultáneamente a seis mil millones de personas.
Lo que esos estudios no explican con tanto entusiasmo es que las ciudades anfitrionas pagan la seguridad, el transporte y los festivales de fanáticos de su propio bolsillo, mientras la FIFA se queda con los ingresos por entradas, concesiones, mercancías y estacionamientos. Toronto presupuestó 380 millones de dólares. Vancouver, hasta 624 millones. Chicago hizo los cálculos, vio los contratos y se retiró del proceso.
El debate sobre cuál fue el Mundial más caro depende de a quién le estén preguntando. Si la pregunta es por inversión en infraestructura, Qatar 2022 gana sin discusión: entre 200.000 y 300.000 millones de dólares en una década, incluyendo metro, aeropuertos, estadios con aire acondicionado en el desierto y ciudades construidas desde cero. El emirato usó el torneo como excusa para transformar el país entero, y lo logró.
Pero si la pregunta es cuál Mundial ha sido más costoso para el espectador de a pie, 2026 se lleva el título sin mucha competencia. En el Mundial de Estados Unidos de 1994, la entrada más barata costaba 25 dólares —unos 52 dólares ajustados a la inflación de hoy. En 2026, el precio base es de 120 dólares, y eso para los partidos de la fase de grupos en las sedes menos cotizadas.
Seguir a la selección de uno hasta la final, con boletas de precio nominal, transporte y alojamiento, costaría más de 7.000 dólares. Eso sin contar que los hoteles de las ciudades sede ya están operando al 127% de sus tarifas históricas.
El cuento de los empleos
Los gobiernos que firman con la FIFA siempre usan el mismo argumento: la creación de empleo. Es el sedante preferido para calmar a los contribuyentes que se preguntan por qué el Estado subsidia un negocio privado. Para 2026 en Estados Unidos, la cifra oficial habla de 185.000 empleos equivalentes a tiempo completo. Suena bien hasta que uno lee en letra pequeña que la mayoría son temporales, concentrados en hospitalidad y seguridad, y que en ciudades con mercados turísticos ya maduros —Nueva York, Miami— el Mundial simplemente desplaza a otros visitantes.
Brasil lo vivió de cerca en 2014. Mientras se gastaban 11.600 millones de dólares en estadios, la inflación llegó al 6,5% en junio de ese año, la producción automotriz cayó un 23% por los festivos forzados, y los precios de los restaurantes subieron un 22%. La economía brasileña ese año tuvo su propio “7 a 1”: creció apenas el 1%.
Para 2026, se proyecta que el turismo del Mundial desplace parte del turismo convencional —como ya ocurrió en Francia 1998, donde las pernoctaciones de no residentes cayeron un 13,4%— y que el gasto se concentre en hogares de ingresos altos, sin que ese dinero filtre equitativamente hacia las economías locales.
Quién sí gana, claramente
Los abogados y los contadores. La FIFA negoció exenciones de impuestos federales en los tres países anfitriones. En México, el gobierno de Claudia Sheinbaum firmó un acuerdo que exime a la organización y a las empresas que ella designe de pagar cualquier impuesto federal durante el torneo. Esto, en un país que lleva años en campaña de recaudación fiscal interna.
Las 48 federaciones nacionales también aplicaron para exenciones bajo el código tributario de Estados Unidos. Los jugadores, en cambio, pueden seguir siendo sujetos a impuestos estatales de hasta el 13,3% en California o el 10,75% en Nueva Jersey.
Las empresas de apuestas deportivas son otro ganador silencioso. Si Qatar generó unos 35.000 millones de dólares en apuestas globales, las proyecciones para 2026 hablan de 150.000 millones, impulsadas por la legalización progresiva en estados estadounidenses y la integración de aplicaciones de juego directamente en las plataformas de streaming del torneo.
Lo que queda después
El argumento del legado siempre aparece al final, cuando los otros argumentos ya no convencen. En Sudáfrica, el Cape Town Stadium costó 530 millones de dólares y hoy se usa menos del 5% del año. En Brasil, cuatro estadios construidos para 2014 tienen costos de mantenimiento que superan sus ingresos.
Norteamérica 2026 quiere evitar eso apoyándose en estadios de la NFL que ya tienen equipos permanentes. El legado aquí no es de cemento sino de mercado: así como el Mundial de 1994 en Estados Unidos fue el detonante para la creación de la MLS dos años después, el de 2026 busca consolidar el fútbol en el mercado norteamericano de manera definitiva. El fichaje de Messi por Inter Miami y el contrato de transmisión de Apple por 2.500 millones de dólares son los indicios de lo que viene.
El negocio, en ese sentido, es redondo. La FIFA se va con el dinero. Las ciudades se quedan con las deudas y, si tienen suerte, con una cultura futbolera un poco más arraigada. Y los aficionados —los que pudieron pagar— se quedan con el recuerdo de haber estado ahí.
Los demás lo vieron por televisión, como siempre














