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El monte como medicina

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Jaime Burgos

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Hay una escena que se repite en los senderos de los Cerros Orientales de Bogotá, temprano, cuando la ciudad todavía no ha levantado del todo su ruido. Una mujer de unos cincuenta y pico años, botas de caucho, bastones de trekking, detiene el paso en medio del camino, cierra los ojos y respira hondo. No está rezando. Está, simplemente, dejando que el bosque entre.

Algo ha cambiado en la manera en que la gente de esta generación se relaciona con la montaña. El senderismo dejó de ser ese plan de fin de semana que hacía el cuñado aventurero y se convirtió en algo más parecido a un ritual privado, a una cita consigo mismo que se agenda con la misma seriedad con que antes se reservaba una mesa en el restaurante de moda. En 2026, los expertos ya tienen nombre para esto: mindful trekking, o senderismo consciente. Pero la verdad es que quienes lo practican no lo llaman de ninguna manera. Sencillamente, van.

Para quienes han pasado los cincuenta, la montaña ofrece algo que el gimnasio no puede dar: un tipo de exigencia amable. El terreno irregular de un sendero —las piedras, las raíces, los cambios de pendiente— obliga al cuerpo a hacer ajustes permanentes que fortalecen la musculatura profunda sin el castigo del concreto. Los especialistas en neurociencia del movimiento señalan que esa navegación constante por superficies impredecibles libera BDNF, una proteína que protege las neuronas y mejora la memoria espacial. Traducido al lenguaje de todos los días: caminar por el monte puede ser, literalmente, un escudo contra el deterioro cognitivo.

Y luego está lo que los japoneses llevan décadas llamando shinrin-yoku, el baño de bosque. Los árboles liberan compuestos orgánicos —fitoncidas— que reducen el cortisol de manera medible. No es poesía: es bioquímica. El mismo estrés que la ciudad fabrica con eficiencia industrial, el bosque lo desmonta con paciencia vegetal.

Los destinos más cercanos para los bogotanos no requieren una expedición. La Quebrada La Vieja, en Chapinero, sigue siendo el acceso más democrático a los Cerros Orientales, aunque ya no es posible llegar y simplemente entrar. El ingreso se hace ahora mediante reserva en la aplicación Caminos EAAB —disponible en Google Play y App Store—, con cupos que se liberan exactamente tres días antes de la fecha elegida. El sendero opera de martes a viernes desde las seis de la mañana hasta las once, y los fines de semana hasta el mediodía, con ingreso permitido para iniciar caminata solo hasta las nueve. La entrada peatonal está en la Calle 71 con Circunvalar, sin parqueadero, lo que obliga a llegar en transporte público o taxi. Restricciones que, más que complicar, ordenan.

Más allá de Bogotá, Sesquilé aparece como una opción de otro temple. El municipio se ha convertido en uno de los epicentros más reconocidos del turismo rural y el senderismo consciente de Cundinamarca, con un modelo de conservación que ha llamado la atención incluso fuera del país. Sus caminos no son solo geografía: son memoria, cosmovisión, territorio sagrado donde lo muisca no es folclor sino atmósfera.

El más accesible para quienes prefieren medir el esfuerzo es el Sendero del Cerro de las Tres Viejas, esos tres montículos simétricos que se ven desde el pueblo y que suben desde los 2.600 hasta los 3.300 metros sobre el nivel del mar. Son entre nueve y diez kilómetros de ida y vuelta, con un ascenso constante pero gradual que no castiga las rodillas si se usa bastón. La recompensa al llegar arriba es una panorámica de los embalses de Tominé y del Sisga que borra cualquier deuda emocional acumulada durante la semana. El viento en la cima no invita a la conversación. Invita a quedarse quieto.

Quienes quieren más —o quienes ya han ido al Cerro de las Tres Viejas y saben lo que es— pueden adentrarse en el Páramo de Guatanfur, un ecosistema de frailejones milenarios y niebla espesa conectado con el sistema hídrico de Chingaza. Son once kilómetros en los que el cuerpo, sin que uno lo pida, empieza a usar el oxígeno de otra manera: a más de tres mil metros y en aire sin traza de contaminación urbana, la adaptación es lenta y visible. Este sendero no se hace sin guía autorizado. La niebla puede cambiar el paisaje en minutos y convertir un camino conocido en algo irreconocible. No es advertencia de folleto turístico: es la naturaleza funcionando a su propio ritmo.

Y luego está la Laguna de Guatavita, que técnicamente pertenece al municipio vecino pero cuyo ascenso histórico comparte territorio con Sesquilé. El sendero es controlado, delimitado, con pasarelas de madera en los tramos más delicados. Los guías nativos no lo presentan como una caminata deportiva sino como un recorrido cultural: hablan de la cosmovisión muisca, del agua como elemento sagrado, de los rituales de equilibrio con la Madre Tierra. Cerca de la cima, cuando aparece la laguna circular rodeada de vegetación nativa, hay algo que no es exactamente emoción pero se le parece. Una suerte de recogimiento que el cuerpo reconoce antes que la mente.

Para quienes prefieren caminar sin subir, la Vereda El Uval ofrece senderos planos o de pendiente muy suave que conectan fincas agroecológicas y mercados campesinos. Cuatro o cinco kilómetros entre huertas orgánicas, casas de adobe y teja, con la posibilidad de comprar queso artesanal, miel de abejas nativas y pan rústico directamente a quien los produce. Es el tipo de plan que parece menor y termina siendo lo que más se recuerda.

Una advertencia para todos los senderos altos de Sesquilé: el clima no negocia. El sol puede estar radiante al salir del carro y quince minutos después aparecer una neblina cerrada o una llovizna que no avisa. El sistema de capas —térmica, saco abrigado, impermeable ligero— no es exageración de montañista. Es sentido común.

En Medellín, el Parque Arví en Santa Elena permite subir en Metrocable y caminar por bosques de niebla señalizados con calma. El INDER organiza salidas guiadas periódicas pensadas para ritmos pausados, sin el apuro competitivo que a veces contamina los grupos de senderismo más masivos. En Cali, los ecoparques y los miradores hacia Guacas son más generosos con el calor; conviene madrugar, antes de que el sol caleño diga su última palabra. En Barranquilla y sus alrededores, el Santuario de Los Flamencos y las reservas de bosque seco tropical de Usiacurí proponen un senderismo distinto: más horizontal, más contemplativo, con aves que no se ven en ningún otro lugar del país.

Lo que tienen en común todos estos destinos es que exigen poco en términos de preparación técnica y devuelven mucho en términos de lo que no tiene nombre fácil. Una persona de cincuenta y cinco años que camina con regularidad por senderos naturales no solo está cuidando sus rodillas y su corazón —aunque también lo está haciendo—, sino que está haciendo algo más difícil de medir: se está manteniendo presente en su propia vida.

Hay que llevar bastones. Distribuyen el peso y alivian hasta un veinte por ciento el impacto en las rodillas durante los descensos. Hay que llevar agua, protector solar aunque el cielo esté nublado, y calzado con suela de buen agarre. Lo básico. Lo demás lo pone el camino.

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