La frase llegó junto con la cuenta.
No antes. No durante el café. No después de las risas. Llegó exactamente cuando el mesero dejó el recibo sobre la mesa y ella lo miró como si estuviera revisando el parte médico de una enfermedad menor.
—Si está bien para ti, seamos amigos.
Lo dijo con una sonrisa limpia, sin culpa, sin crueldad y sin esa falsa compasión que suele utilizar la gente cuando va a decepcionarte.
Yo asentí.
—Claro.
Los dos sabíamos que el “claro” era una de las palabras más mentirosas del idioma español.
Afuera comenzaba a lloviznar. Bogotá parecía una vieja película francesa proyectada sobre una pared húmeda.
Nos habíamos conocido por una aplicación de citas, ese zoológico contemporáneo donde las personas de sesenta años fingen tener cincuenta y las de cincuenta utilizan fotografías tomadas cuando tenían cuarenta y dos.
La conversación había sido agradable. Más que agradable.
Hablamos de hijos, de libros, de los exilios voluntarios y de los involuntarios. Descubrimos que ambos teníamos una extraña fascinación por los aeropuertos y una profunda desconfianza hacia los gurús motivacionales.
Ella había estado casada dos veces.
Yo una.
Entre los dos acumulábamos suficientes errores sentimentales como para dictar una maestría.
Por eso la frase me desconcertó.
No porque me rechazara.Sólo le había propuesto conocernos mejor.No era una propuesta de matrimonio.
A nuestra edad los rechazos ya no producen tragedias. Producen silencios.
Lo extraño era que todo parecía haber funcionado.
Hubo química.
Hubo risas.
Hubo incluso ese momento ridículo en que dos personas hablan al mismo tiempo y luego vuelven a hablar al mismo tiempo otra vez.
Los adolescentes creen que eso es amor.
Los mayores sabemos que apenas es sincronización.
Nos despedimos en la puerta.
Ella me dio un abrazo breve.
Yo regresé caminando varias cuadras bajo la llovizna, no porque fuera romántico sino porque los taxis estaban imposibles.
La edad trae sabiduría, pero no mejora el servicio de transporte.
Durante los días siguientes hice algo que juré no volver a hacer después de los cincuenta y cinco.
Pensar demasiado.
No en ella.
En la frase.
“Si está bien para ti, seamos amigos.”
Había algo elegante y algo perturbador en esas palabras.
Durante años había confundido el amor con la necesidad.
Después con la costumbre.
Más tarde con la resistencia.
Uno aprende tarde que muchas relaciones no fracasan por falta de amor sino por exceso de expectativas.
Queremos que alguien cure lo que ni siquiera nosotros hemos podido entender.
Y cuando no lo consigue, redactamos una acusación sentimental en su contra.
Quizá ella simplemente había visto algo que yo no.
O quizá había visto exactamente lo mismo.
Dos semanas después me escribió.
Un mensaje corto.
“Hay una exposición de fotografías de Bogotá antigua. Voy el sábado. Por si quieres acompañarme.”
No decía más.
Ni menos.
Acepté.
La exposición estaba llena de imágenes en blanco y negro.
Tranvías.
Sombreros.
Calles vacías.
Parejas que parecían convencidas de que el futuro sería sencillo.
Pobres ingenuos.
Nos reímos observando una fotografía de 1958.
Un hombre muy elegante caminaba junto a una mujer impecable.
—Seguro eran felices —dije.
—O acababan de pelear —respondió ella.
Me gustó esa respuesta.
La felicidad siempre es más interesante cuando admite contradicciones.
Los meses fueron pasando.
Nos volvimos amigos.
Amigos de verdad.
No esa categoría sospechosa que algunas personas utilizan mientras esperan una oportunidad romántica.
Amigos.
Almuerzos.
Conversaciones.
Mensajes ocasionales.
Películas.
Silencios cómodos.
Y ahí comenzó el verdadero problema.
Porque un día descubrí que la quería más de lo que la había querido durante aquella primera cita.
Lo cual resultaba profundamente inconveniente.
La amistad tiene una mala costumbre: muestra a las personas sin maquillaje emocional.
Uno termina viendo cómo mastican, cómo se contradicen, cómo envejecen, cómo olvidan las llaves o pierden los lentes.
Y a veces eso aleja.
Otras veces acerca demasiado.
El momento más incómodo ocurrió una tarde cualquiera.
Estábamos tomando vino en su apartamento.
Hablábamos de música.
De repente apareció una fotografía.
Ella y un hombre.
Un hombre que evidentemente no era yo.
La fotografía no estaba escondida.
Tampoco exhibida.
Simplemente estaba ahí.
Como permanecen ciertas cicatrices.
Notó que la había visto.
—Fue el amor de mi vida.
Lo dijo sin drama.
Sin nostalgia teatral.
Como quien informa que alguna vez tuvo una motocicleta.
Sentí una punzada absurda.
Celos de un fantasma.
A los veinte años eso habría derivado en una discusión.
A los sesenta se transforma en una pregunta más incómoda.
¿Todavía estamos compitiendo con los muertos?
Esa noche entendí algo.
Todos llegamos tarde a la vida de alguien.
Incluso cuando llegamos temprano.
Siempre existe un antes.
Un inventario invisible.
Besos.
Errores.
Promesas.
Abandonos.
Fotografías guardadas en cajones.
Canciones que ya no podemos escuchar sin cambiar de estación.
Nadie aterriza sobre terreno virgen.
Y quizá eso sea una buena noticia.
Un año después seguimos siendo amigos.
O algo parecido.
Las categorías sentimentales envejecen peor que las personas.
Todavía salimos.
Todavía conversamos.
Todavía nos reímos.
A veces alguien nos pregunta si somos pareja.
Nos miramos.
Nunca sabemos qué responder.
Ella suele sonreír.
Yo también.
Es una respuesta bastante útil.
Hace unas semanas caminábamos por un parque.
Había viento.
Las hojas secas cruzaban los senderos como pequeños animales extraviados.
Ella me tomó del brazo para no tropezar.
Un gesto mínimo.
Nada cinematográfico.
Nada destinado a convertirse en poema.
Sin embargo sentí una extraña felicidad.
No la felicidad ruidosa que venden las redes sociales.
No esa que obliga a sonreír para las fotografías.
Otra.
Más tranquila.
Más adulta.
Más difícil de explicar.
Entonces recordé aquella tarde del café.
La cuenta.
La lluvia.
La frase.
“Si está bien para ti, seamos amigos.”
Durante mucho tiempo pensé que aquella había sido una puerta cerrándose.
Ahora sospecho que era otra cosa.
Quizá algunas personas llegan a nuestra vida cuando ya no necesitamos que nos salven.
Ni que nos completen.
Ni que nos prometan eternidades imposibles.
Llegan simplemente para acompañar el tramo que queda.
Con conversación.
Con afecto.
Con presencia.
Con una mano ocasional sobre el brazo para evitar un tropiezo.
No sé si eso es amistad.
No sé si eso es amor.
A esta edad, francamente, las definiciones me interesan menos que antes.
Lo único que sé es que, cuando nos despedimos aquella noche, ella volvió a abrazarme.
Breve.
Cálida.
Real.
Y mientras la veía alejarse pensé que algunas historias no fracasan por no convertirse en romance.
Simplemente encuentran otra forma de quedarse.
Una forma menos espectacular.
Y tal vez, por eso mismo, más difícil de olvidar.












