Los inicios de semana tienen mala fama. Se les acusa de traer cuentas, reuniones, exámenes médicos, tráficos imposibles y noticias que nadie pidió. Pero el problema nunca ha sido ese . El problema es la vieja costumbre de levantarnos creyendo que deberíamos tener la vida resuelta a estas alturas.
A cierta edad uno descubre algo incómodo: las respuestas duran menos que las preguntas.Hubo un tiempo en que parecía sencillo. Estudiar para trabajar. Trabajar para progresar. Ahorrar para descansar. Amar para siempre. Todo venía empacado en instrucciones relativamente claras. Después apareció la realidad, que es una señora bastante maleducada y rara vez sigue los manuales.
Llegamos a la atardescencia con algunas certezas rotas, otras remendadas y varias que simplemente abandonamos en alguna mudanza emocional. Lo curioso es que durante años interpretamos eso como una derrota, cuando tal vez era una forma de sabiduría.Porque la madurez no consiste en acumular respuestas. Consiste en aprender a convivir con preguntas que probablemente nunca serán resueltas.
¿Por qué se fue aquella persona? ¿Qué habría pasado si hubiéramos tomado otro camino? ¿Cuánto tiempo nos queda? ¿Valió la pena? Son interrogantes que no desaparecen. Se sientan con nosotros a tomar café y envejecen a nuestro lado.Y, sin embargo, la vida sigue ocurriendo.
El jardín florece sin conocer el sentido del universo. Los perros duermen profundamente sin haber leído un solo libro de filosofía. El vecino canta mientras lava el carro sin comprender el misterio del tiempo. Tal vez la existencia siempre fue más práctica que teórica.
Esta semana podría ser una buena oportunidad para dejar de exigirle a la realidad explicaciones que no está obligada a entregar.No hace falta entender cada pérdida para seguir caminando.No hace falta descifrar cada silencio.No hace falta conocer el final del libro para disfrutar el capítulo.La verdadera tranquilidad no llega cuando encontramos todas las respuestas. Llega cuando dejamos de perseguirlas como si fueran llaves mágicas.
Hay una dignidad enorme en decir: “No lo sé”.No sé qué vendrá.No sé cómo terminará esta historia.No sé por qué algunas cosas sucedieron como sucedieron.Pero aquí estoy.Y, para ser sinceros, eso ya es bastante.Quizá esa sea la viga maestra para sostener la semana: vivir con atención en lugar de vivir buscando explicaciones.Después de todo, la vida nunca fue un examen. Era una conversación.
Y las mejores conversaciones son aquellas que todavía guardan un poco de misterio.












