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¿Qué hacer con esta casa?

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Jaime Burgos

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ECONOMÍA

Hay un momento —y quienes lo han vivido lo reconocen al instante— en que uno camina por la casa familiar un domingo por la tarde y se da cuenta de que el silencio ya no es paz sino acumulación. Hay cuatro habitaciones que nadie duerme, un jardín que exige más tiempo del que uno tiene ganas de darle, y en algún cajón, debajo de cartas y fotografías que hace años nadie mira, la factura del impuesto predial esperando como una mala noticia que no da espera.

Ese momento es el principio de nido vacio.Literal. No el catálogo del agente inmobiliario, no la reunión con el contador. Ese instante de lucidez incómoda en el que la casa deja de ser hogar para convertirse en patrimonio. Y el patrimonio, a diferencia del hogar, no abraza. Cobra.

En Colombia, entre 2024 y 2026, algo notable está ocurriendo en el segmento de vivienda de estratos altos. Las casas grandes —esas de 300 metros cuadrados para arriba, con jardín, cuarto de servicio y sala de televisión separada de la sala de visitas— están saliendo al mercado en un volumen que hace algunos años hubiera parecido impensable. No es una crisis. Es, en muchos casos, una decisión.

Los que venden no son personas en apuros. Son, en su mayoría, hombres y mujeres entre 55 y 70 años que hicieron bien las cuentas y llegaron a una conclusión que sus padres nunca habrían aceptado: mantener esa casa les está costando más de lo que les está dando. Y no solo en pesos.

El peso de los metros cuadrados

La aritmética es brutal cuando uno se sienta a hacerla. Una casa independiente de estrato 6 en Bogotá puede consumir fácilmente nueve millones de pesos al mes entre servicios públicos, seguridad privada, mantenimiento del jardín y el predial. Nueve millones. No en una hipoteca —esa ya está pagada—, sino en sostenimiento puro: en el costo de habitar un espacio demasiado grande para las personas que quedan.

Frente a ese ahorro de cinco millones mensuales, la pregunta se vuelve difícil de esquivar: ¿para qué exactamente se está manteniendo la casa? La respuesta, cuando es honesta, suele mezclar costumbre, apego y una ligera sospecha de que vender sería admitir que esa etapa de la vida ya terminó.

Y eso asusta más que el predial.Nadie habla lo suficiente de esto. El fenómeno tiene una dimensión financiera que los asesores explican bien, y tiene una dimensión emocional que casi nadie quiere nombrar con claridad. Vender la casa donde nacieron los hijos, donde se celebraron los diciembres, donde el perro que ya no existe dormía junto a la puerta de la cocina, es un duelo. Así de sencillo y así de difícil.

El psicoanálisis tiene nombre para el fenómeno: la casa familiar se convierte en lo que algunos llaman una “casa-museo”. Un espacio donde el tiempo se conserva en formol, donde los cuartos vacíos no son cuartos sino altares al pasado. El problema de vivir en un museo es que los museos no son para vivir. Son para recordar. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas.

Vender la casa donde crecieron los hijos es un duelo. Y como todo duelo, se puede atravesar, y al otro lado hay algo que no se esperaba encontrar: espacio.

La metodología sueca del Döstädning —traducida libremente como “limpieza ante la muerte”, aunque suena peor de lo que es— propone algo razonable: ordenar la propia vida con intención, no como preparación para el fin sino como acto de claridad. Empezar por lo fácil —el mueble que nadie usa, la ropa que no cabe en el armario— y llegar después, con más calma y más fuerza, a las cajas de cartas y las fotos sin fecha. Preguntarles a los hijos qué quieren conservar realmente. La respuesta, casi siempre, sorprende: mucho menos de lo que los padres suponían.

El mercado que los espera

Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla tienen en este momento una oferta creciente de apartamentos diseñados, por primera vez de manera seria, para personas que ya criaron. No para estudiantes ni para parejas jóvenes con bebé: para adultos mayores de 55 años que quieren vivir bien, con seguridad, cerca de sus médicos y con vecinos en circunstancias parecidas a las suyas.

Muchos proyectos están aplicando lo que los arquitectos llaman gerontoarquitectura: espacios sin escaleras innecesarias, baños amplios, pasillos que permiten el paso de una silla de ruedas aunque hoy nadie la use, iluminación pensada para ojos que ya no son los de los treinta años. No son ancianatos. Son vecindarios para adultos que decidieron vivir diferente.

Los precios del metro cuadrado en sectores premium de Bogotá —Rosales, Chicó, Usaquén— siguen creciendo entre el 7% y el 10% anual. Lo que significa que quien vende una casa grande hoy puede capturar una valorización acumulada de décadas y reinvertir en algo más manejable sin salir perdiendo. Siempre que tenga paciencia: en estratos altos, vender un inmueble de más de mil millones puede tomar entre diez y veinticuatro meses. No es un proceso para quien necesita el dinero mañana.

La letra menuda del impuesto

La Ley 2277 de 2022 estableció que la utilidad de una venta inmobiliaria, si el inmueble se ha poseído por más de dos años, se clasifica como ganancia ocasional con una tarifa fija del 15%. Más relevante aún: hasta 13.000 UVT de esa utilidad —algo cercano a 600 millones de pesos en 2025— pueden estar exentos si el dinero se destina a comprar otra vivienda o se deposita en una cuenta AFC. Es decir, que la transacción, bien asesorada, puede ser casi neutra desde el punto de vista tributario.

Para tener en cuenta: Si el inmueble se vende antes de dos años de posesión, la utilidad se grava como renta ordinaria con tarifas que pueden llegar al 39%. La asesoría de un contador especializado en vivienda no es un lujo en este proceso.

Nadie debería hacer esta operación sin un contador que conozca el tema. Es uno de esos momentos en que pagar una asesoría de tres horas puede ahorrar años de trabajo acumulado.

Qué hacer con lo que sobra

Uno de los atascos más concretos del proceso es este: ¿qué se hace con el contenido de una casa de 350 metros cuadrados cuando el destino es un apartamento de 110? La respuesta no es el camión de la basura.

En Bogotá hay redes de donación que recogen a domicilio —Recogemos Tus Usados, Dejamos Huella— y organizaciones como ReViv.org que transforman muebles usados y los redistribuyen a familias que los necesitan. Los centros comerciales El Retiro, Santafé y Plaza de las Américas tienen puntos de acopio para ropa y zapatos en buen estado. Lo que para una familia es un armario viejo, para otra es exactamente lo que estaba buscando.

Hay algo terapéutico, dicen quienes lo han hecho, en ver que los objetos que formaron parte de la vida de los hijos sigan siendo útiles en otro lugar. No es desprendimiento: es continuidad.

Los colombianos mayores de 50 años controlan cerca del 44% del gasto familiar en el país. No son, en su mayoría, personas que esperan. Son personas que viajan, hacen deporte, estudian idiomas, vuelven al trabajo en nuevas formas. La denominada “economía de la longevidad” —el conjunto de bienes y servicios diseñados para este segmento— mueve ya billones de dólares globalmente, y en Colombia está apenas comenzando a articularse.

Para esta generaciónvender la casa no es achicarse. Es liberar capital, tiempo y energía que estaban atrapados en metros cuadrados que ya no se necesitan. Es, en el mejor de los casos, el primer movimiento de una segunda vida que todavía tiene mucho por delante.

La casa grande era un logro. Venderla, cuando se hace bien y en el momento justo, puede ser otro.

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