Hubo un tiempo en que la gente tenía hijos. Ahora, en cambio, tiene mascotas con cuenta de Instagram, cumpleaños temático, cama ortopédica, galletas artesanales y un perfil emocional más trabajado que el de media familia.
No estoy criticando. Solo estoy observando el derrumbe con cariño. Porque sí: algo cambió. Y no poco. Pasamos de criar niños a criar perros con ansiedad por separación. De comprar cuadernos y loncheras a comprar correas inteligentes, pañuelos de temporada y snacks “grain free” para un bulldog que ya come mejor que uno. Antes la gente decía “voy a recoger a los niños”. Hoy dice “voy por el gordo”, y el gordo pesa ocho kilos, ladra cuando ve una moto y duerme en almohada viscoelástica.
La verdad es que estamos viviendo una transición curiosa: menos hijos, más peludos. Y no es casualidad. Tener hijos hoy da miedo, cuesta plata, exige tiempo, paciencia, estabilidad emocional, resistencia física y una fe casi religiosa en el futuro. En cambio, tener una mascota ofrece una versión más amable del afecto: da amor, compañía, rutina, ternura, fotos lindas y, en la mayoría de los casos, menos posibilidades de que un día te diga que te odia porque no lo dejaste ir a un festival.
Es comprensible. El perro no te va a cuestionar tu crianza. El gato no te va a pedir universidad. Ninguno de los dos te va a reclamar traumas de infancia en una cena familiar. A lo sumo te dañan un cojín, te vomitan una alfombra o te obligan a hablar con voz ridícula frente a otros adultos.
Y ahí es donde empieza el verdadero espectáculo. Porque una cosa es tener mascota y quererla. Eso está perfecto. Y otra muy distinta es el nivel de humanización delirante al que hemos llegado. Hoy la mascota ya no come. Almuerza. Ya no duerme. Descansa. Ya no se enferma. Presenta un cuadro digestivo. Ya no se porta mal. Está atravesando un proceso. Hemos logrado convertir al perro en una mezcla entre hijo, terapeuta, pareja emocional y paciente premium. Le hablamos como si entendiera argumentos. Le pedimos opinión. Le celebramos el cumpleaños con torta sin azúcar. Le compramos ropa, le abrimos perfil, le ponemos nombre de heredero italiano y luego nos ofendemos cuando alguien dice “qué bonito tu perro”, porque no es perro: es mi bebé.
Qué ternura. Y qué miedo. Yo entiendo la lógica. El mundo está duro, la gente cada vez conversa peor, las relaciones duran menos, la convivencia agota y las mascotas, en cambio, siguen ahí: mirando, acompañando, queriendo sin ironía. Son presencia limpia en un tiempo bastante enredado. No exigen perfección, no opinan de política, no te dejan en visto y rara vez arruinan la tarde con un comentario pasivo-agresivo. En comparación con muchos humanos, claro que salen ganando.
Pero tampoco nos digamos mentiras: hemos cruzado ciertas líneas. Ya no basta con sacar al perro. Ahora hay que estimularlo. Ya no basta con darle comida. Ahora toca explicarle ingredientes. Ya no basta con quererlo. Ahora hay que construirle una identidad.
Y entonces aparecen escenas maravillosas de la decadencia moderna: gente consultando si el perro está triste porque siente energías densas, comprándole coche al pug, contratando fiestero para el cumpleaños del french poodle, llevándolo a guardería, a spa, a sesión de fotos de Navidad y a terapia de socialización porque no está sabiendo gestionar sus vínculos.
No sé en qué momento pasamos de “siéntese” a “mi hijo está trabajando sus límites”. Claro que esto también dice algo de nosotros. Y bastante. Dice que estamos buscando afecto donde no implique tanta pelea. Dice que queremos vínculos sin tanta decepción verbal. Dice que preferimos un amor que no debamos negociar con egos, horarios, contradicciones ni traumas mal resueltos. Las mascotas, en el fondo, se volvieron una forma de amor con menos burocracia. Eso no es poca cosa.
También se volvieron una excusa dignísima para canalizar el instinto de cuidado. Porque no todo el mundo quiere o puede tener hijos. Y muchos encontraron en sus animales una manera real, profunda y hermosa de amar, acompañar, sostener y ser sostenidos. Eso es verdad. No todo es caricatura. No todo es ridículo. Hay algo genuino, incluso conmovedor, en ese lazo.Lo que pasa es que, como en todo, nosotros exageramos. Y cuando exageramos, hacemos cosas gloriosas. Hablamos del perro en plural. “Hoy amanecimos con diarrea.” Dormimos mal porque “la niña” no conciliaba el sueño. Cancelamos planes porque “el bebé” está muy sensible.
Nos sabemos el horóscopo del gato. Tenemos más fotos del perro que de la familia.
Y lloramos más en la veterinaria que en varios entierros que nos tocó fingir con dignidad.
Esa es la verdad. Las mascotas ya no ocupan un lugar en la casa. Ocupan un lugar en la estructura emocional. Son familia, compañía, rutina, excusa, espejo, ternura, motivo de conversación y, a veces, sustituto bastante eficiente de relaciones humanas que ya no supimos o no quisimos sostener.
Por eso el asunto no es burlarse de quien ama a su mascota. Sería mezquino. El asunto es reconocer, con un poco de humor, que ya no tenemos perro: tenemos hijo con cola. Niño peludo. Dependiente afectivo de cuatro patas con cama propia, menú especial y mejor sistema de salud que uno. Y sí, puede que el mundo se haya puesto tan raro que ahora preferimos invertir amor en seres que nos reciben moviendo la cola en vez de pidiéndonos explicaciones. No los culpo. A veces parece una decisión bastante más lúcida que otras.
Y bueno, hasta aquí llego, porque Simone, mi nieta de cuatro patas, acaba de mirarme con esos ojos que dicen: “¿Ya terminaste de escribir sobre nosotros o vas a seguir ignorándome?”. Y uno podrá hacerse el crítico, el irónico y el muy racional… pero cuando la niña llama, el abuelo obedece.



