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Te estaban mintiendo sobre la marihuana

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Juliana Rodríguez

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Hay algo casi irónico en la historia del cannabis colombiano. Durante décadas, el país se endeudó en sangre tratando de erradicar una planta que, resulta, el mundo entero ahora quiere comprar en frascos con nombre científico y código de barras. Lo que fue guerra, ahora es exportación. Lo que era confiscación, ahora es certificación EU-GMP.

Esa transformación no ocurrió sola ni fue rápida. Tomó una ley en 2016, años de decretos encimados, una pandemia que aceleró algunas discusiones, y finalmente, en octubre de 2025, un decreto que hizo lo que pocos esperaban: reconocer la flor seca de cannabis como un producto terminado, apto para prescribirse y venderse como medicamento, sin necesidad de convertirla antes en aceite o cápsula. Hasta ese momento, Colombia producía materia prima de primera calidad y la licuaba para que otros la vendieran con margen.

El Decreto 1138 cambió eso. Pero también hizo algo menos comentado: reservó el abastecimiento del mercado nacional de flor —por dos años— exclusivamente para pequeños y medianos cultivadores. Es decir, protegió a los que siempre quedan últimos en los modelos de agronegocios. No es altruismo puro; es también el reconocimiento de que sin esa cláusula, los grandes conglomerados internacionales habrían llegado a hacer exactamente lo que saben hacer: comprar escala y marginar al resto.

Una industria que camina con muletas financieras

La paradoja más extravagante del sector es esta: Colombia tiene más de 3.000 licencias activas, 57.000 hectáreas legales, inversión extranjera cercana a los 292 millones de dólares, clientes en Alemania, Israel y Australia, y sin embargo muchas de sus empresas no pueden tener una cuenta bancaria normal. Los bancos colombianos, amarrados a sus corresponsales en Estados Unidos —donde el cannabis sigue siendo ilegal a nivel federal—, prefieren no tocar ese dinero. El resultado es una industria de millones que, en buena parte, todavía opera en efectivo o se las arregla con cooperativas de ahorro.

Asocolcanna lleva años gestionando eso. El Banco Agrario es la apuesta más realista. Pero mientras tanto, el empresario que acaba de vender un lote de flores de alto THC a un importador alemán debe ingeniárselas para que ese dinero llegue sin convertirse en una alerta internacional. No es un detalle menor: es una falla estructural que frena la reinversión, encarece el crédito y aleja a los operadores más pequeños.

Lo que la planta realmente hace

Detrás de toda la discusión económica y regulatoria hay algo más concreto: pacientes. Una niña con síndrome de Dravet que convulsionaba treinta veces al día y ahora convulsiona tres. Un adulto mayor con dolor neuropático crónico que dejó de depender de opioides. Estos no son casos de folleto; son los que sostienen la legitimidad científica de todo lo demás.

El cannabidiol —el CBD, el que no intoxica— es hoy el estándar en epilepsias infantiles refractarias. El THC, el que sí altera la percepción y por eso concentra todo el estigma, resulta ser un modulador del dolor bastante eficaz en ciertas condiciones neurológicas y oncológicas. Y luego están los terpenos, que la mayoría ignora: el mirceno, el limoneno, el beta-cariofileno. Compuestos que le dan aroma a la variedad pero que también interactúan con el sistema endocannabinoide de maneras que aún se están estudiando. La teoría del “efecto séquito” —que la planta completa funciona mejor que sus partes aisladas— no es esoterismo; tiene cada vez más respaldo en la literatura clínica.

Desde 2023, algunos de estos tratamientos quedaron cubiertos por el Plan de Beneficios en Salud. Lo que antes costaba una consulta privada y un frasco importado, hoy puede prescribirse dentro del sistema. Ese es, quizás, el cambio más silencioso y más relevante para la gente de a pie.

La geografía del negocio

 Cundinamarca concentra el 23% de las licencias de fabricación. Antioquia tiene el 19%. Valle del Cauca, con acceso a puertos, el 9%. Son departamentos con infraestructura agroindustrial preexistente, y eso no es casualidad: el cannabis requiere cadena de frío, laboratorios de cromatografía, directores técnicos certificados, protocolos de seguridad para inmuebles. No es lo mismo que sembrar papa.

Lo que Colombia tiene que los demás no tienen es luz solar gratis todo el año. Doce horas diarias, los 365 días. En Canadá, el mayor productor histórico, eso se reemplaza con electricidad y luces artificiales. Eso encarece el costo de producción de una manera que vuelve al cannabis colombiano competitivo incluso con el peso devaluado. Es la ventaja comparativa más básica posible, y resulta ser decisiva.

Lo que viene, con reservas

Las proyecciones hablan de exportaciones por 1.700 millones de dólares para 2030 y 44.000 empleos en el sector. Son números que aparecen en informes de ProColombia y Analdex con la confianza habitual de los estudios de proyección —es decir, con todas las reservas que merece cualquier estimado a cinco años en un mercado regulado por decretos que cambian cada año y dependiente de marcos legales internacionales que también cambian.

Lo que sí parece menos especulativo es que la apertura del mercado de flor seca, sumada a la cobertura del PBS y a la cláusula de protección para pequeños cultivadores, crea condiciones distintas a las que existían hace tres años. No garantiza nada. Pero cambia la ecuación.

Uruguay exportó 45 toneladas de cannabis legal en 2025, con destino a Suiza y República Checa. Brasil, que todavía no permite el cultivo masivo, se está convirtiendo en el cliente latinoamericano más importante para los productos terminados colombianos, y su Supremo Tribunal Federal despenalizó la posesión este año. El mercado se está moviendo, y Colombia llegó a él con una regulación más sofisticada que la mayoría —aunque con bancos que todavía no saben bien qué hacer con el dinero que genera.

Esa tensión —entre la sofisticación del marco legal y las fricciones de la economía real— es probablemente la historia más honesta de la industria cannábica colombiana. No es un relato de fracaso ni de éxito todavía. Es un país que aprendió a leer diferente una hoja que siempre tuvo, y que todavía está descubriendo qué hacer con esa lectura.

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