Hay historias que el destino escribe con la ironía de un dios aficionado al fútbol y con muy mal pulso para la burocracia. La de Josimar José Évora Dias es una de ellas. Nadie eligió llamarlo Vozinha en un despacho de relaciones públicas. Se lo pusieron los mismos niños que jugaban descalzos con él en las calles de Mindelo, cuando el crío volvía a casa quejándose de cada rasguño con esa vocecita de abuela agraviada que termina, contra toda lógica, convirtiéndose en leyenda. Ese apodo tierno, casi humillante, es hoy el nombre que grita medio planeta.
Su padre quiso llamarlo Valdano, en homenaje al argentino que brillaba en el Real Madrid del 86. Un funcionario caboverdiano, con esa autoridad microscópica que solo dan los sellos de goma, se negó. Nombre extranjero, no adaptado, imposible. Terminó llamándose Josimar, por el lateral brasileño que aquel mismo Mundial hipnotizó al mundo con dos golazos que parecían escritos por un guionista borracho de talento. Cuarenta años después, ese niño rebautizado por accidente terminaría parándole penales imaginarios a la Argentina campeona, en un estadio de Miami, mientras Messi lo abrazaba como quien abraza a alguien que acaba de ganar sin ganar.
Vozinha creció con sus abuelos. El padre cumplía servicio militar y la madre trabajaba lejos, así que la infancia de este guardián eterno transcurrió bajo el amparo de dos viejos que probablemente jamás imaginaron que estaban criando al segundo futbolista con más partidos en la historia de la selección de Cabo Verde. La vida, cuando quiere ser generosa, suele disfrazarse primero de precariedad.
Ha sido nómada casi como condición existencial. Angola, Moldavia, Portugal, Chipre, Eslovaquia. Ha atajado en ligas que la mayoría de los aficionados europeos no sabría ubicar en un mapa ni con premio de por medio. En el AEL Limassol chipriota vivió su etapa más larga, ciento treinta y cinco partidos, una Copa conquistada, y también una confusión histórica que vale la pena aclarar sin acidez excesiva: no, el AEL no fue campeón en la 2021-22, terminó octavo, y hay bases de datos deportivas que deberían pedirle disculpas al rigor. En fin. Los archivos también se equivocan, como los hombres.
Firmó con el Chaves portugués en 2024, y ahí estuvo defendiendo la portería en la segunda división lusa mientras el reloj de su carrera avanzaba hacia una cifra que en el fútbol suena casi a insulto: cuarenta años. El primero de junio de 2026 quedó libre. Quince días después, sin clubes que lo reclamaran con urgencia, se convertía en el arquero de mayor edad en debutar en un Mundial, superando por apenas un día la marca que había dejado el curazoleño Eloy Room. La vida, otra vez, con su sentido del humor cruel y hermoso.
Con la selección lo tiene casi todo. Noventa y cuatro partidos, vicecapitán, líder espiritual de los Tubarões Azuis, esos Tiburones Azules que suenan a apodo de barrio pero que en Camerún 2013 llegaron a cuartos de final sorprendiendo a un continente entero. También ha sabido lo que es el miedo real, no el metafórico. En la Copa Africana de 2021, disputada en Camerún a inicios de 2022, salió de su área a cortar un avance de Sadio Mané y los dos terminaron en el suelo con el cráneo golpeado y la mirada perdida. Vozinha salió en camilla. Mané, después de anotar minutos más tarde, fue a visitarlo al hospital. La foto de ambos dio la vuelta al mundo, como recordatorio incómodo de que el fútbol también es un deporte de contacto con la mortalidad.
La clasificación al Mundial 2026 fue un cuento de hadas con acento africano. Cabo Verde venció a Camerún en casa, selló su pase ante Eswatini con un 3-0 que se completó en tiempo de descuento gracias a un veterano de treinta y siete años, y terminó siendo la nación más pequeña por territorio en disputar una Copa del Mundo. La segunda con menor población. Una nación diminuta que decidió, sin pedirle permiso a nadie, escribirse un capítulo en la historia grande del deporte.
En el Grupo H le tocó compartir mesa con España, Uruguay y Arabia Saudita. Ahí Vozinha se transformó en fenómeno. Contra España atajó como quien defiende algo más que tres postes, dieciocho atajadas en el torneo, un empate que valió más que muchas victorias, y un salto en redes sociales que pasó de veinte mil seguidores a más de veintidós millones en cuestión de días. CazéTV, ese canal brasileño que sabe fabricar ídolos con la misma velocidad con que los devora, empujó a su audiencia a seguirlo. El mundo obedeció.
Vino después el cruce contra Argentina en Miami Gardens, calificado por la prensa como duelo de David contra Goliat, con razón. Cabo Verde empató una y otra vez, remontó la angustia, forzó la prórroga, y terminó cayendo por un autogol cruel en el minuto ciento once. Messi anotó, Vozinha lloró, y el argentino se acercó a consolarlo con una frase que ya es parte del folclore mundialista: que era grandioso, que su gente debía estar orgullosa de él. Se intercambiaron camisetas. Cabo Verde volvió a casa como héroes, aunque no trajeran trofeo.
Hay un detalle final que parece sacado de un cuento de Gabriel García Márquez con salitre marino. Un zoólogo español, Jesús Ortea, bautizó en su honor a una babosa marina de apenas cuatro milímetros: Aldisa vozinhai. El bicho es de un rojo intenso, y el científico dijo que ese color representaba el coraje del arquero frente a España. Así de generoso puede ser el mundo cuando decide enamorarse de una historia. Un niño que no pudo llamarse Valdano terminó teniendo, a los cuarenta años, su propia especie marina, su propio abrazo de Messi, y su propio lugar en la memoria colectiva de una isla que hoy sabe que el tamaño de una nación no lo decide el mapa, sino la valentía con que se para bajo los tres palos.











