Hay una edad en la que uno descubre que el tiempo no se lleva solamente el pelo o la cintura. También se lleva las oportunidades que dejamos enfriar por exceso de prudencia.
Curiosamente, mientras más años cumplimos, más expertos nos volvemos en insinuar. Miramos de cierta manera, escribimos mensajes ambiguos, dejamos que una canción haga el trabajo, esperamos que el otro adivine lo que sentimos. Es una costumbre extraña. Después de haber sobrevivido a tantas derrotas, todavía seguimos creyendo que el corazón habla mejor por señales de humo.
No habla.
Las personas de veinte años pueden darse el lujo de esconderse detrás del misterio. Tienen tiempo para equivocarse. Después de los 50, en cambio, el misterio suele parecerse demasiado al silencio, y el silencio, tarde o temprano, termina pareciéndose a la ausencia.
No hay nada más injusto que hacerle creer a alguien que uno no siente, cuando en realidad siente demasiado.Quizá el miedo venga de lejos. Todos cargamos una pequeña colección de rechazos, de palabras que no fueron bien recibidas, de abrazos que llegaron tarde. Es comprensible. Lo extraño es seguir obedeciendo esos viejos fantasmas cuando la vida ya nos enseñó que casi todas las heridas cicatrizan y que las más dolorosas suelen ser las que nunca ocurrieron porque jamás nos atrevimos.Hay una serenidad que solo llega con los años: entender que la dignidad no consiste en ocultar lo que uno siente. Consiste en poder decirlo sin exigir nada a cambio.
Qué alivio produce una frase sencilla.
“Me haces falta.”
“Me alegra verte.”
“Te extraño.”
“No quiero seguir fingiendo indiferencia.”
Son palabras pequeñas. Sin embargo, sostienen más puentes que cien mensajes llenos de emojis, indirectas y puntos suspensivos.
Esta semana puede ser una buena ocasión para dejar de convertir los sentimientos en acertijos. La gente ya tiene suficientes problemas como para descifrar los nuestros.Quien merece quedarse no necesita un examen de intuición. Necesita una verdad.Y si esa verdad no encuentra eco, tampoco será una tragedia. A ciertas alturas de la vida, el fracaso de una declaración duele bastante menos que el remordimiento de una emoción escondida.
La madurez, después de todo, no consiste en sentir menos. Consiste en esconder menos.
Tal vez esa sea una buena viga maestra para sostener los próximos días: hablar con la claridad que durante tantos años les exigimos a los demás y que, curiosamente, tan pocas veces nos concedimos a nosotros mismos.













