Hay una edad en la que enamorarse deja de parecer una aventura y empieza a parecer una imprudencia.
A los veinte años uno se lanza porque cree que el amor resolverá algo. A los sesenta, en cambio, uno duda porque sabe que no resolverá nada. Los problemas seguirán llegando puntuales, las rodillas continuarán protestando en las escaleras y la vida mantendrá esa costumbre de desordenar los planes justo cuando parecen acomodarse. Sin embargo, ocurre algo curioso: precisamente porque ya no esperamos salvaciones, el amor puede convertirse en algo más verdadero.
Volverse a enamorar no es volver a empezar. Es volver a mirar.Mirar a otra persona y descubrir que todavía existen territorios desconocidos. Mirarse a uno mismo y comprobar que no todo quedó escrito. Que debajo de las cicatrices sigue respirando alguien capaz de sorprenderse. Porque el verdadero peligro de los años no es envejecer. Es convencerse de que ya nada nuevo puede ocurrir.
La experiencia tiene mala fama. Se dice que vuelve prudentes. A veces es cierto. Pero también puede volvernos desconfiados, calculadores, excesivamente defensivos. Como esos viejos castillos que levantan muros tan gruesos para protegerse que terminan impidiendo la entrada de la luz.Quizás la viga maestra para esta semana sea recordar que la vida nunca nos pidió garantías. Nos pidió presencia.
Quien se enamora a los sesenta no ignora el riesgo. Lo conoce de memoria. Sabe de despedidas, silencios, desencuentros y promesas que se evaporaron antes del primer invierno. Pero aun así decide abrir una ventana. No porque espere que el viento sea amable, sino porque entiende que una habitación cerrada durante demasiado tiempo termina pareciéndose a una tumba.
Hay una valentía discreta en permitir que alguien vuelva a importarnos. No la valentía estruendosa de los héroes, sino la de quienes, después de haber perdido, todavía son capaces de ofrecer una silla, una conversación, una tarde y, eventualmente, una parte de su alma.Y eso, visto con calma, no tiene nada de romántico.Tiene mucho de sabiduría.












